Diario y Radio Universidad Chile

Año XV, 1 de junio de 2023

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La procesión de Dionisos

Columna de opinión por Maximiliano Salinas Campos
Jueves 17 de septiembre 2020 10:13 hrs.


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“Donde la Flor María 

es Dieciocho de septiembre 

toditos los santos días”

(Cueca).

Las Fiestas Patrias en medio de nosotros. Escasos pueblos en la historia humana más buenos para celebrar que los pueblos de Chile. Todo se celebra, la vida se celebra, la vida se defiende y se celebra. En el siglo XVI Alonso de Ercilla en La Araucana destaca el espíritu festivo, con comidas y bebidas, de los pueblos indígenas. Dispuestos a luchar contra Pedro de Valdivia, el codicioso y descuidado invasor Pedro de Valdivia, se reúnen en una fiesta: “Mostrando en verse juntos gran contento / después de razonar en su venida / se comenzó la espléndida comida”. “Que atizaban la cólera encendida / con el calor del vino y la comida”. Derrotado y muerto Pedro de Valdivia, los mapuches organizan espléndidas fiestas para celebrar el triunfo de la tierra: “Gran multitud de gente concurriendo / se forma un general ayuntamiento / de mozos, viejos, niños y mujeres / partícipes en todos los placeres”. “Y dentro de aquel círculo y asiento / cercado de una amena y gran floresta / en memoria y honor del vencimiento / celebran de beber la alegre fiesta / el vino así aumentó el atrevimiento”. Lautaro fue el más celebrado por todos. “Por él las fiestas fueron alargadas / ejercitando siempre nuevos juegos / de saltos, luchas, pruebas nunca usadas / danzas de noche en torno de los fuegos” (La Araucana, Cantos II y III).

El pueblo mapuche, pues, festivo como pocos. Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán lo pudo constatar años después a comienzos del siglo XVII. El joven chillanejo comprobó en su cuerpo y en su alma la larga duración de los festejos, las comidas y las bebidas, las chichas y chichitas con que se festejaba el mundo ancestral de Chile. El pueblo mestizo, con las influencias festejantes del Mediterráneo y de África, no hizo otra cosa que sumarse a ese universo milenario. Un “perpetuo Carnaval” era la vida del sur de Chile como describiera el celebrado autor costumbrista del siglo XIX Pedro Ruiz Aldea. “Entre ponerle y no ponerle” estaba claro lo que había que hacer, dijo otro gran escritor del siglo XX (Fernando Alegría, ¡Viva Chile M…!, 1965).

La celebración del fin, al fin, del dominio colonial español, y de cualquier otro que se le parezca, no pudo sino convertirse en una prolongada y reiterada fiesta mestiza. Fue el “Dieciocho”, campo de flores bordado en honor del escandaloso Dionisos. A la elite siempre se le escapó esta fiesta de las manos. El “Dieciocho” popular poco y nada tuvo que ver con la contenida y engolada ceremonia de los ricos en el centro de Santiago el 18 de septiembre de 1810, más preocupados de las desgracias del amado rey Fernando VII que del término del yugo colonial. El proyecto más humanista y revolucionario de la historia contemporánea se hizo con “vino tinto y empanadas”, como dijo Salvador Allende. El lema, que concitaba el espíritu colectivo de la ansiada emancipación económica de Chile, en favor de los pobres de la tierra, lo recordó no sin entusiasmo el cardenal Raúl Silva Henríquez en sus memorias. El lema estaba dirigido a la imaginación popular, pensando sin querer en esos mapuches festivos, joviales y libertarios del siglo XVI.

¿Cómo celebramos este año el “Dieciocho”?

Para un gobierno históricamente más cerca del régimen colonial del “reino de Chile” que de la gente de la tierra, más absorbido por los problemas de la administración que de la emancipación política, el “Dieciocho” popular se le presenta como un rompecabezas más. ¡Por supuesto! ¿Cómo hacer para que no se celebre? ¿Cómo conciliar el consumo capitalista con la política sanitaria? ¿La libertad de vender y comprar con los imperativos categóricos de la salud pública? El lema “Fondéate en casa” no se sabe realmente qué es. Los tiranos locales del pasado fondeaban a sus enemigos políticos en el fondo del mar. ¿A quién se le habrá ocurrido la palabrita? El “Dieciocho” es un espíritu, es la alegría irreprimible de la subversión anticolonial. Se celebra donde sea, como sea. Es cosa de andar “endieciochado”. Al fin de cuentas, no hay que reglamentar nada. No hace falta un instructivo policial con las limitaciones permitidas de desplazamiento. La procesión de Dionisos va por dentro.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.