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Año XII, 31 de octubre de 2020

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Guillermo Pérez

Las ruinas de la nación

Guillermo Pérez | Martes 29 de septiembre 2020 8:35 hrs.


Todos los años las fiestas patrias traen consigo una serie de reportajes y noticias que intentan desentrañar la identidad nacional. Así, afloran en los medios de comunicación las preguntas respecto de qué significa ser chilenos o cuáles son los rasgos que nos caracterizan como tales. La solidaridad frente a las tragedias, la selección de fútbol, la gastronomía, la poesía, entre otras cosas, son algunas de las respuestas que suelen repetirse.

Que estas reflexiones en torno a la identidad chilena sigan siendo parte del discurso público no deja de ser llamativo, pues ellas entran en contradicción con la desconfianza que ciertos sectores de las élites mantienen respecto de cualquier forma de identificación nacional. Influidos por las ideas cosmopolitas, grupos liberales y progresistas de todo el espectro político suelen mirar con especial recelo el patriotismo y el sentimiento nacional. Según ellos, estas serían manifestaciones de creencias atávicas y retrógradas que no se condicen con las tendencias globales que nos invitan a ser ciudadanos del mundo. De esta forma, las preguntas en torno a la identidad son percibidas nada más que como ejercicios de exclusión que inevitablemente conducen a la discriminación y la xenofobia.

Criticar esta aproximación cosmopolita no significa creer que los sentimientos en torno a la nación sean inocuos, pues basta mirar el siglo XX para darse cuenta de los excesos que estos pueden generar. De hecho, hay quienes distinguen entre el patriotismo y el nacionalismo, señalando que el segundo sería una perversión del primero. Así, el nacionalista pretendería solo el bien de la propia nación, mientras que el patriota reconoce en todas las otras naciones los mismos derechos que reclama para la suya. Siguiendo esta lógica, nuestras élites cosmopolitas han tendido a reducir los sentimientos patrios a una manifestación de puro nacionalismo, como si en ellos no hubiera aspectos positivos que recoger.

Según la filósofa francesa Chantal Delsol, el surgimiento de los populismos se debería precisamente a esta dinámica, pues mientras los sectores privilegiados buscan emancipar a los hombres de sus límites, las masas se mantienen ligadas por un fuerte apego a la nación y sus tradiciones. Para Delsol, las élites cosmopolitas miran con desprecio el arraigo al territorio y consideran a sus defensores como idiotas alienados por la televisión, los matinales, el fútbol y las pasiones irracionales. Esto ha generado una profunda sensación de abandono y resentimiento en los sectores populares, que ha sido aprovechada hábilmente por líderes como Trump y Bolsonaro.

Nuestras élites debieran tomar nota de lo anterior, sobre todo si estamos ad portas de iniciar un proceso constituyente. En este sentido, llama la atención que varios de los que gritan a los cuatro vientos que el país despertó y que en la marcha del 25 de octubre nos abrazamos para no soltarnos más, en muchas ocasiones también suelen despreciar los sentimientos patrios y ven la idea de nación como el resabio de una herencia que urge dejar atrás. Esta es una contradicción que debe resolverse, pues no es posible construir una nueva carta fundamental para una comunidad nacional si la noción misma de comunidad nacional suele ser denigrada precisamente por algunos de los grupos que buscan cambiar la Constitución.

Una discusión constitucional sana y fructífera debiera permitirnos reflexionar sobre estos asuntos, pero no bajo la lógica de desechar toda nuestra herencia cultural para cambiarla por las tendencias de moda. Es esencial, entonces, que en esos debates exista el espacio para mantener las tradiciones y símbolos que le otorgan sentido de pertenencia a aquellos sectores de la población que no hablan el lenguaje cosmopolita y refundacional de ciertas élites. Chile no empieza ni termina con el perro matapacos, también hay quienes creen en cóndores, huemules y copihues.