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Año XII, 28 de noviembre de 2020

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Maximiliano Salinas Campos

¡Adiós al general Baquedano!

Maximiliano Salinas Campos | Martes 20 de octubre 2020 14:25 hrs.


“¿Por qué aprovechando el desorden de una huelga, no los tiran, dejando allí un letrero que diga: ‘Con permiso del héroe (cuando hay héroe) y por decoro de él’? […] ¿O por qué a lo menos no se inserta en un diario en cuadro de INRI permanente dedicado a la autoridad una mofa variada o insistente: ‘El monumento tal ofende a los ojos urbanos’ […]?”
Gabriela Mistral, Monumentos, 1935

 

Difícilmente ha habido una estatua más atormentada que la del general Manuel Baquedano González, el militar de la Guerra del Pacífico, o del Salitre, como dicen algunos, icono de las innumerables gestas bélicas del siglo XIX. Baquedano participó en la batalla de Yungay contra la Confederación Perú-boliviana, en la batalla de Loncomilla en la Guerra civil de 1851, y en la ocupación militar de la Araucanía en 1869. Su estatua fue instalada durante la dictadura de Carlos Ibáñez. Origen nada prestigioso. A Gabriela Mistral esto de estatuas de héroes militares y civiles le hizo decir en 1935: “Ya va siendo tiempo de que entiendan ministerios y maestros que la decoración completa de una escuela no puede hacerse a base de las puras cabezotas solemnes de nuestros héroes civiles y militares […]. Me lo sé de años: la galería de próceres hastía a los niños a la larga y también a la corta” (Gabriela Mistral, Carta para muchos. España, 1933-1935, Santiago, 2015). Sin comentarios. Los próceres hastían, hasta a los niños. Las estatuas cumplen, por lo menos, ciclos. Las estatuas públicas de Luis XIV fueron destruidas en Francia en 1792. Las estatuas de la Reina Victoria fueron retiradas tras la independencia de la India en 1947. En 1966 la estatua a Nelson en Dublín fue volada por el IRA en 1966 (Peter Burke, Visto y no visto. El uso de la imagen como documento histórico, 2001). Ni qué decir de las estatuas chilenas afectadas por el estallido social de 2019. Cristóbal Colón, Pedro de Valdivia, entre otros, rodaron por el suelo en Santiago y provincias. ¡Un signo inevitable de los tiempos!

El general Manuel Baquedano no sólo se hizo famoso por la Guerra del Pacífico o del Salitre. Tras las sanguinarias batallas de Concón y Placilla de 1891 el presidente José Manuel Balmaceda le solicitó en su calidad de ‘presidente provisional’ del país el resguardo del orden público de la ciudad de Santiago. Sea lo que fuere, el general Baquedano no se destacó por ello. El saqueo de la ciudad instigado por el pijerío y el clero enemigos de Balmaceda fue un escenario de venganza y violencia indescriptibles. Lo que menos hubo fue resguardo del orden público. Los balmacedistas no le guardaron especial afecto al general. Una pintura del artista italiano Juan Mochi retrata al general a caballo en el campo de batalla con la mirada en el horizonte, ajeno al cuerpo de un peruano que yace herido o moribundo en el suelo.

Al parecer el general Baquedano vive sus horas postreras en la antigua Plaza Italia, icono histórico de la división entre dos ciudades, la de los ricos y la de los pobres. Ante tantas tinturas y aporreos parece que es mejor que el general ‘Baquedando’ -como lo llamaba la prensa satírica de su tiempo- vuelva a sus cuarteles, que regrese a los recintos del Ejército. La misma Guerra del Pacífico no fue, por supuesto, nada pacífica. Chile se arrogó el destino histórico de aplastar al Perú. En 1879 decía El Mercurio de Valparaíso: “[Es] preciso que la venganza sea tan terrible como el insulto; que los degenerados descendientes de los incas reciban el castigo que merecen”. Y reiteraba en 1880: “Para tener paz con el Perú es indispensable reducirlo a completa impotencia por el espacio de cincuenta años por lo menos.” (Pascual Ahumada, Guerra del Pacífico, 1884-1892).

Estamos presenciando un cambio de época.

En medio de convulsiones y trastornos madura una conciencia histórica justa, fraterna, respetuosa del conjunto de la humanidad. Especialmente entre nosotros americanos. Gabriela Mistral, que vivió las malquerencias y sinsabores de la Guerra del Pacífico, tuvo una posición contraria a las campañas militares en el país vecino. No le hizo ninguna gracia la toma de Lima por el ejército chileno, encabezada por el general Baquedano. Se lo hizo saber a sus propios superiores del ministerio de educación, o de Instrucción como se llamaba entonces, que blasonaban de epopeyas castrenses. Lo recordó con dignidad en 1934: “No hay alumna mía que me haya oído un solo juicio contra el Perú, ni siquiera la repetición de los de mis textos oficiales de historia. Alguna vez, en discusiones de esas que se pasan del patético al trágico, perdí un amigo muy querido, por haberle dicho, como respuesta a su regodeo en héroes de su familia que tomaron Lima: ‘Yo tengo la honra de saber que no fue sangre de uno solo de los míos a hacer las jornadas de Lima’. Ese hombre era mi jefe en el ministerio, el subsecretario de instrucción; salió de mi colegio sin darme la mano y pasó a ser mi enemigo, y lo es hasta hoy.” (Carta a F. García Calderón y G. Zaldumbide, Madrid, 1934, Otto Morales, Gabriela Mistral. Su prosa y poesía en Colombia, Bogotá, 2002).

Con esa dignidad de Gabriela Mistral podemos descubrir nuestra propia dignidad histórica.