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Año XIV, 30 de junio de 2022

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¿Chile, a merced de los algoritmos?

Columna de opinión por Paulina Segovia Candia
Jueves 16 de diciembre 2021 13:35 hrs.


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Una ojeada rápida a las redes sociales nos muestra un nivel de odio, violencia y desinformación que habría aumentado enormemente en Chile, más aún en periodo electoral.

Nuestro país está lejos de ser un caso aislado. Muy por el contrario, se trata de un fenómeno global. En Estados Unidos, uno de los gigantes tecnológicos ha sido nuevamente puesto en la mira por un informe filtrado por la ex ingeniera y científica de datos de Facebook, Frances Hauge. La especialista expone que los algoritmos nos presentan un determinado contenido según qué tan atractivo sea para los usuarios. Y el contenido de odio, violencia y desinformación incita el sentimiento de rabia y éste, a su vez, capta más nuestra atención y nos mantiene más involucrados con esa red social en comparación con publicaciones que nos reporten otro tipo de emociones como alegría o felicidad. En su reciente testimonio ante el Senado de Estados Unidos declaró, “Facebook daña a la infancia, siembra la división y socava la democracia en la búsqueda de un crecimiento vertiginoso y “ganancias astronómicas”.

Ahora bien, los niveles de violencia y desinformación que se observan en los medios sociales es un tema ampliamente debatido a nivel mundial y su estudio científico es aún preliminar. Por una parte, existe evidencia que apoya el supuesto predominante de que las redes sociales y sus algoritmos son uno de los principales impulsores de la polarización en la sociedad, así como también puede exacerbar la injusticia y las inequidades. Por otro lado, Maria Nordbrandt concluye que la direccionalidad es la opuesta. Es el nivel de polarización afectiva lo que afecta el uso posterior de las redes sociales.

Frente a un fenómeno que todavía se estudia, lo que sabemos con cierta certeza es que, por un lado, la mayoría de las tecnologías de comunicación pertenecen a empresas privadas y que ellas diseñan los algoritmos para aumentar sus rentas. Y por otro lado, sabemos que las noticias falsas y campañas de odio existen y son utilizadas como herramienta política tal como fue el caso, por ejemplo, de la elección de Donald Trump en Estados Unidos y Jair Bolsonaro, en Brasil. El ascenso del partido político Vox, en España, se ha visto acompañado por las mismas prácticas.  Vemos también cómo en Chile ha ido tomando fuerza a medida que se acerca el fin de la campaña electoral. El candidato de Apruebo Dignidad, Gabriel Boric, así como sus adherentes, han tenido que salir a desmentir innumerables fotos e información manipulada por el candidato del gobierno, José Antonio Kast, y sus seguidores.

Como plantea el teórico e investigador de los medios holandés, Geert Lovink, los usuarios de las redes sociales no tenemos influencia alguna en estos algoritmos. A su vez, Bak-Coleman et al., plantean que “la llegada de las redes sociales transfirió el poder de filtrar y seleccionar los contenidos desde los editores profesionales a todos nosotros, ya que desempeñamos una función editorial cuando compartimos información con nuestros amigos y, por tanto, determinamos lo que ven.”

Así, cabe por tanto preguntarse, ¿somos acaso veletas al viento influidas por completo por el contenido con que estas plataformas nos bombardean?, ¿o somos personas con libre albedrío y discernimiento para decidir con qué tipo de contenido interactuamos y, eventualmente compartimos? Algunas preguntas anteceden a otras: ¿de qué forma participaremos en la segunda vuelta presidencial de este 19 de diciembre?, ¿estaremos a merced de los algoritmos replicando la violencia y mentiras en las redes o seremos editores y editoras críticas contribuyendo a un proceso electoral veraz y sincero? Yo voto por la verdad, intentando contribuir a una sociedad digital democrática, informada y libre de mentiras.
 

La autora es Ms. Ingeniería y Gestión Ambiental, experta Hay Mujeres y cofundadora de Científicamente Mujeres.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.