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A 50 años del Golpe y todavía empujados a olvidar

Columna de opinión por Gonzalo Bacigalupe
Sábado 1 de julio 2023 10:33 hrs.


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Cada año en esta época enseño un curso de postgrado acerca del trauma, el diagnóstico y su tratamiento psicológico. Parte del programa aborda el trauma colectivo, aquel que emerge de desastres, asesinatos colectivos, y de la violación a los derechos humanos, entre otros. Es un curso complejo porque las experiencias traumáticas personales y familiares, el abuso físico, la negligencia, y la violación sexual, son experiencias comunes y generalizadas en el mundo. Sin embargo, el trauma colectivo como la migración forzada, el tráfico de personas, y el terrorismo de estado es siempre una cuestión que nos lleva a las responsabilidades históricas que los estados tienen para con su ciudadanía. Miramos las experiencias en varios países incluyendo la chilena. La evidencia científica y clínica en relación con el impacto que estos traumas colectivos tienen sobre la salud física y psicológica de las personas es detallada, extensiva e indesmentible.

A 50 años del golpe de estado, la tarea de traer a la memoria es compleja, es difícil hablar de las atrocidades cometidas en contra de miles que perdieron su vida, ejecutados, desaparecidos, torturados, exilados, amedrentados, separados forzosamente, traficados en adopción ilegales, encerrados en campos de concentración, y una ciudadanía que vivió bajo la tutela de la represión por más de 17 años. Una de las formas en que se manifiesta el trauma, parte de las lecturas introductorias en mi curso, es el intento de olvidar, de no hablar, de intentar dejar atrás el recuerdo de los eventos traumáticos. Entre la valentía de las familias que siempre lucharon por avanzar hacia la verdad, por saber dónde están sus familiares desaparecidos hay también miles de familias donde esas historias traumáticas las guarda una persona casi con vergüenza, como si hablar de ello fuera la mejor manera de proteger a los que te rodean y a ti mismo. Dejar que esa historia viva solo en el individuo no es al azar, es una respuesta frente a la incapacidad que como sociedad tenemos de integrar ese evento como parte de nuestra experiencia como colectivo país.

Ese olvido intenta de modo inefectivo controlar el volver a sentir el dolor y la vergüenza. Este fenómeno no es excepcional. Queremos no volver a sentir aquello que nos dañó tanto, aquello que transformó nuestra vida y la de los que estaban alrededor para siempre. Ese olvido lo gatilla el dolor de revivirlo y en el caso del trauma colectivo la institucionalidad fomenta ese mecanismo para no asumir responsabilidad resistiéndose a caminar hacia una estrategia de reparación. Pero el olvido es una estrategia muy pobre para sanar. Para efectivamente hacer frente al trauma hay que integrarlo en la memoria, encontrar seguridad en que el otro y otra te reconozcan y te validen, solo después puedes resignificarlo y encontrar alguna manera de sanar, de recordar sin estar a merced del dolor.

En esa validación y el manejo de la memoria a 50 años del golpe, le dieron la tarea de ser representante de la presidencia en la conmemoración a, una persona que parece no entender que significa empatizar a cabalidad con el trauma colectivo. El progresismo pop que demuestra Patricio Fernández Chadwick pareciera tener ninguna conexión emocional con los que vivimos conscientemente y sin pañales durante ese periodo o aquellos que aún esperamos saber dónde están nuestras amistades, colegas, y familiares. Sugerir que el golpe militar era necesario y después sugerir que la brutalidad no lo era solo contribuye al negacionismo tan arraigado en nuestra sociedad. Nadie no tiene temor de abrir esas cajas de memoria, pero imaginen Uds. lo difícil que es para las familias y amistades de quienes perdimos seres queridos y que aún no sabemos dónde están. No hay dos lecturas, es una. Esa validación después de cinco décadas aún no está.

Ese dolor, el de la tortura, el haber estado bajo la merced de una metralleta en una comisaría, el haber visto partir a alguien que nunca más volvió, es algo que necesita reparación, e insisto, mucha validación, sin dudas, sin peros, sin justificaciones, sino vuelves a herir. Para efectivamente hacer frente al dolor, hay que integrar la memoria, encontrar seguridad en que quienes te rodean reconozcan y te validen, solo después puedes resignificarlo y encontrar alguna manera de sanar, de recordar sin estar a merced del dolor.

La herida en Chile aún está abierta. Nuevamente nos quedamos a solas con la conmemoración del trágico golpe militar. También están solas las familias de quienes sufrieron la represión durante la revuelta de 1989, varios de los cuales después de ser víctimas de daño ocular se han suicidado. Una empatía sin peros y sin relativismos es imprescindible. Sin memoria y sin justicia no se puede construir un país con una ciudadanía que confíe. Como también aprendimos en las lecturas y trabajo con pacientes que sufren el trauma, cuando no existe esa validación, la historia se repite y el trauma nos vuelve a visitar.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.