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El último y más democrático acto del presidente Allende

Columna de opinión por Marcos Roitman
Sábado 16 de septiembre 2023 15:20 hrs.


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Hay un punto de partida que parece mantenerse: Salvador Allende y su gobierno no jugaron limpio. Querían instrumentalizar la democracia para llevar a Chile hacia la dictadura del proletariado. Hoy, para distanciarse de la derecha, que sigue responsabilizando a la Unidad Popular del Golpe de Estado, la socialdemocracia inventa una nueva explicación. La Unidad Popular no es responsable del Golpe de estado civil-militar (Sic), versión actualizada propuesta por Manuel Antonio Garretón. Sin embargo, mantiene incólume la tesis del carácter maniqueo de la democracia que prevalecía en su interior. Una nueva mentira que agregar a las construidas para negar la posibilidad de un cambio social de corte anticapitalista. Pero esto no es nuevo. Ya en 1974, Ralph Miliband, en un excelente artículo: El golpe de Estado en Chile, desmontaba dicha tesis. Con citas de Maurice Duverger, Robert Dahl o el historiador Hugh Thomas, sobre el proceso chileno quien sentenciaba. “…nos dicen que Allende estaba influenciado por figuras como Marx o Lenin (…) más que por Mill, Tawney o Aneurin Bevan, o cualquier otro socialista democrático europeo –concluyendo- el golpe de estado en Chile de ninguna manera puede considerarse una derrota para el socialismo democrático, sino para el socialismo marxista”. Ahí confluyen, a 50 años, los ideólogos de transición chilena y los actuales defensores del gobierno del Frente Amplio.

Sin embargo, no hubo en Chile gobierno más democrático, que apeló a la paz, a la no violencia y la hizo efectiva como el encabezado por el presidente Salvador Allende. Tan es así, que los responsables del golpe de estado civil-militar, tuvieron que inventar el plan Z, para declarar el Estado de Guerra y proceder al genocidio, bajo la bandera de exterminar el cáncer marxista de raíz. Pero el 11 de septiembre quedó al descubierto quienes defendían la democracia y quienes fueron sus verdugos.

Una vez iniciado el golpe de Estado, la decisión de Salvador Allende de permanecer en el palacio presidencial corroboró su convicción democrática. Sabía las consecuencias de entregar el poder a la junta militar. Pinochet estaba histérico, los audios revelados por la periodista Patricia Verdugo en Interferencia Secreta lo atestiguan. Estas eran sus palabras dirigidas al Vicealmirante Carvajal al no conseguir la dimisión: “hay que lanzar un bando diciendo que no existe gobierno. El gobierno es el gobierno militar. En consecuencia la gente tiene que atenerse a lo que diga el gobierno militar. Porque hay gente que no quiere entregar sus puestos”. Pinochet utilizo todo tipo de argucias para que el presidente le traspasara los poderes. El general Ernesto Baeza Michelsen hizo de intermediario, a lo cual el presidente respondió con una frase de época: “dígale que no sea maricón y venga a buscarme personalmente”.

Los golpistas no daban crédito a la determinación de Allende de permanecer en La Moneda, defender la Constitución y el mandato que el pueblo chileno le hubiese entregado el 4 de septiembre de 1970. Para los planificadores del golpe civil-militar no entraba en sus planes dicho escenario, convencidos que las declaraciones realizadas en diversas ocasiones, afirmando que “solo acribillándolo a balazos saldría de La Moneda” era una bravuconería imposible de sostener llegado el momento. Los cobardes creen que todos son de su condición.

El asalto y bombardeo al palacio de La Moneda fue la respuesta de quienes, a pesar de tener la fuerza de las armas, no lograron que Allende claudicara de los principios democráticos. Los golpistas se quitaron las caretas mostrando su rostro, asesinos, a la par que verdugos de la democracia. Por consiguiente, el golpe de Estado quedó huérfano de legitimad jurídica, la legitimidad política se sobreentiende nunca la tuvo. La Junta Militar sólo pudo gobernar mediante bandos militares hasta redactar su constitución, vigente desde 1980. En este sentido, el golpe civil militar no conseguiría argumentos legales para considerarse heredero de un gobierno al cual derrocaba “constitucionalmente”. En términos jurídicos, el golpe de estado civil-militar fue una derrota estratégica para sus hacedores. Fracaso y derrota corroborada por la resolución de la Corte Británica de octubre de 1998, que concedía la extradición de Augusto Pinochet a España para ser juzgado por crímenes de lesa humanidad. Genocidio, terrorismo y violación de los derechos humanos. En este sentido, uno de los argumentos fue el poder espurio sobre los cuales se levantó el orden impuesto por la junta de gobierno. Transcurrieron 25 años desde el golpe de Estado, pero la respuesta de Salvador Allende, a los golpistas, mostró su fuerza en los tribunales de justicia. Consciente de su resolución de salvaguardar los valores democráticos a costa de su propia vida, se convirtió en un acto cargado de dignidad y defensa de la democracia.

La única forma de los golpistas de legitimar, al menos, cara a la sociedad internacional, el golpe, era lograr un traspaso de poderes, mediante la renuncia del ejecutivo. Así ofrecieron un exilio al presidente y la salvaguarda de su familia a cambio de su renuncia. Pero el ofrecimiento era la pantomima de los generales traidores. La conversación mantenida entre Pinochet y el vicealmirante Carvajal dejó a la claras su felonía.

“-Pinochet: Rendición incondicional, nada de parlamentar. Carvajal: Bien Conforme. Rendición incondicional y se le toma preso, ofreciéndole nada más respetar su vida, digamos. Pinochet: la vida y se le…su integridad física y en seguida se la va a despachar para otra parte. Carvajal: conforme…o sea que se mantiene el ofrecimiento de sacarlo del país. Pinochet: se mantiene el ofrecimiento de sacarlo del país…pero el avión se cae, viejo, cuando vaya volando. Carvajal: conforme, ja, ja, ja, (se ríe). Vamos a procurar que prospere el parlamento.”

El conocimiento de Salvador Allende de las circunstancias históricas por las cuales atravesaba la democracia chilena, respondía a la convicción que le acompaño durante toda su vida. Su apego a la democracia. Fue esta, lo que le llevó a entender que su decisión de permanecer en La Moneda y no dimitir, era la única manera de conseguir que los responsables del golpe civil-militar acabasen juzgados. El cumplimiento de su palabra fue el último acto democrático del presidente Salvador Allende. Una lección para cobardes y traidores.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.