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EE.UU.-Rusia: lo que esconde la guerra en Siria

El eventual derrocamiento de Bashar el Assad puede abrir camino al interés occidental por apoderarse del petróleo de la región, pero además de las principales rutas de los hidrocarburos hacia Europa. Por el lado de Rusia, Tartus es el único acceso que esa potencia tiene al Mar Mediterráneo.

Patricio López

  Sábado 3 de octubre 2015 20:37 hrs. 
siria

​La irrupción de Rusia en una zona que la coalición Estados Unidos –Europa pretendía como propia, evidencia, de manera cruda, que la guerra civil siria entre las fuerzas de Bashar El Assad y las distintas facciones rebeldes es apenas la capa visible de una trama que, llevada hasta el fondo,involucra a otras regiones donde están concentrados los poderes del mundo.

​Porque, hay que precisar ante ciertos enfoques mediáticos, que Rusia no es el primero sino el décimo país en bombardear Siria este año. Antes, Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá, Francia, Australia, Turquía, Israel, Emiratos Árabes Unidos y Jordania ya lo hicieron, aunque como parte de una alianza con propósitos totalmente distintos a los rusos.

​¿Qué es lo distintivo en este caso? Primero, la posición en combate respecto al régimen de Bashar el Assad. Mientras la coalición occidental afirma estar combatiendo al Estado Islámico, el gobierno ruso ha reconocido que su acción no se restringe a esos grupos, sino que incluye a otras formaciones islámicas radicales, como el Frente Al Nusra, muy cercana al ISIS, que participa en la guerra civil siria en el bando opositor. Esta ofensiva militar amplia ha resultado inaceptable para las potencias occidentales, que en un comunicado conjunto le han exigido a Putin que los ataques de Rusia solo se remitan al Estado Islámico.

​La inconsecuencia que la Coalición Occidental aprecia en Moscú es vista desde allá de la siguiente manera: si Estados Unidos y Europa dicen querer combatir el terrorismo ¿por qué lo enfrentan en Irak y lo apoyan al lado, en Siria? ¿será que en realidad no es eso lo que les interesa?

​Rusia ha contestado, en esa lógica, que si el objetivo de derrotar al ISIS es común, entonces debe producirse una coordinación entre todos los países que adhieran a él. Junto con recomendar a Estados Unidos que retire sus fuerzas de las zonas de los ataques aéreos rusos, les hizo un llamado a integrarse al Centro de Información en Bagdag, Irak, donde se produce el intercambio de datos de inteligencia militar entre Irak, Siria, Irán y Rusia.

​No es casual la lista de los países que integran esta otra coordinación. Es relativamente evidente que una de las consecuencias, sino la principal, de la intervención de Occidente en Oriente Medio fue generar vacíos de poder que facilitaron el surgimiento de fuerzas mucho más inestables que las que había antes. Es decir, el Estado Islámico es consecuencia de los derrocamientos en Irak, Afganistán y Libia. Frente a ello, los únicos dos gobiernos fuertes de la región que pueden actuar para parar al ISIS son dos antiguos régimenes satanizados por las potencias occidentales: Irán y Siria.

​Tenemos entonces que Europa, la región del mundo que muestra más dificultades políticas e institucionales para acoger la inmigración, es la co-responsable de las catástrofes que han agudizado los desplazamientos. En Medio Oriente, la inestabilidad luego de la intervención en Libia y la guerra en Siria, cuyas consecuencias son dramáticas también en Irak, ha llevado a la huida de seres humanos por cifras de seis dígitos, mientras en África, las desastrosas acciones y omisiones post-coloniales han ayudado a agravar los conflictos en Sudán del Sur, República Centroafricana y otros países.

​Interrelacionadamente, los alzamientos populares que se produjeron contra estos gobiernos fuertes, y que fueron bautizados desde la mirada de los deseos de las potencias occidentales como “primavera árabe”, han ido evolucionando a una situación bastante peor que la que originalmente se pretendió enfrentar: debilidad estatal, caos territorial, surgimiento de grupos religiosos fundamentalistas, desplazamiento de personas y crisis migratorias que han llegado hasta Europa, aunque el problema más grave sigue produciéndose con los que huyen dentro de los propios territorios en conflicto.

​Estamos entonces, en apariencia, hablando del combate al Estado Islámico, para referirnos en realidad a muchos puntos conectados en el mapa, partes de una cuestión geopolítica mayor, pero que tienen como capital a Siria.

​Este país está, por lo tanto, el centro de las acciones de múltiples actores, pero éste no es un fenómeno reciente. En su territorio nació una de las primeras civilizaciones sobre la tierra y su capital, Damasco, es la más antigua del mundo, además de ser una de las ciudades santas del Islam. A lo largo de siglos de fluctuante historia, Siria ha tenido olas de distinta procedencia cultural: griega, romana, aramea, bizantina e islámica, entre otras. Y es que, tal como Bizancio-Constantinopla-Estambul, Siria ha sido el umbral que separa a Oriente y Europa. Por agregar una sola situación que demuestra su importancia, en su territorio aún persiste una de las lenguas semitas de mayor importancia en el mundo y que se supone era la que hablaba Jesús, el Arameo.

​Hoy, el eventual derrocamiento de Bashar el Assad puede abrir camino al interés occidental por apoderarse del petróleo de la región, pero además de las principales rutas de los hidrocarburos hacia Europa. Por el lado de Rusia, es muy importante mencionar la base naval de esa nación en el puerto sirio de Tartus, que es el único acceso que esa potencia tiene al Mar Mediterráneo. En ese lugar, la dotación rusa se ha cuadruplicado en los últimos meses, hasta llegar a más de 2 mil efectivos. Además Moscú piensa que una eventual caída del presidente sirio puede contagiar a otros países limítrofes al norte y desde ahí hasta las repúblicas rusas del Cáucaso. Por último, los intereses comerciales y económicos entre Rusia y Siria son de vital importancia para Moscú.

​La Guerra contra el Terrorismo, como puede verse, es entre otras cosas un conveniente envoltorio.