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Juan Pablo Cárdenas S.

La triste degradación de la Democracia Cristiana

Juan Pablo Cárdenas S. | Sábado 6 de agosto 2016 12:45 hrs.

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Ya se sabe que el Partido Demócrata Cristiano nunca podrá sacudirse de su postura oficial frente al Golpe Militar de 1973, de la precaria justificación que hicieron sus principales dirigentes respecto de la asonada golpista, como de su pasividad frente a las graves violaciones a los Derechos Humanos cometidas por los militares. Entrevistas y declaraciones de Patricio Aylwin y de Eduardo Frei Montalva hasta varios meses después de aquel  fatídico 11 de septiembre demostraron su complicidad con el movimiento sedicioso y la forma en que justificaron el “pronunciamiento castrense” frente a un mundo realmente atónito por todo lo que sucedía en Chile.

A la propia Internacional Demócrata Cristiana, al pontífice romano y a otros importantes referentes de la época les costó mucho entender la postura de los falangistas chilenos. Más todavía, cuando importantes figuras de esta colectividad habían repudiado el Golpe desde un primer instante,  y dirigentes de la talla de un Bernardo Leighton, Radomiro Tomic y otros prefirieron el exilio voluntario que permanecer en Chile con los partidos políticos disueltos y con los medios de comunicación intervenidos.

Sin embargo, es indudable que los demócrata cristianos partidarios del Golpe, después de algunos meses,  entendieron su enorme error y paulatinamente fueron asumiendo una actitud disidente. Al grado que ellos mismos quedaran, después, en la mejor posición para encarar al Dictador y liderar la oposición con el apoyo de la izquierda y de los partidos o movimientos políticos y sociales una transición “tolerable” por el régimen cívico militar y los Estados Unidos. Potencia, esta,  que había promovido el Golpe, alentado la criminal represión y finalmente se empeñara en la búsqueda de una salida política e institucional que, por supuesto,  no desbaratara  la “obra de la Dictadura” y garantizara fehacientemente que las expresiones marxistas no llegaran al poder.

Hay que admitir que al margen de la actitud de su última directiva y de otros personajes, más temprano que tarde,  la base demócrata cristiana y sus militantes más consecuentes asumieron una actitud de lucha contra la Dictadura y un espíritu unitario con los movimientos juveniles, poblaciones y las organizaciones de los DDHH. Connotados abogados DC se destacaron en la defensa de los perseguidos, mientras que en las federaciones de estudiantes y en las organizaciones sindicales y gremiales,  activos militantes y simpatizantes de este Partido jugaron un papel fundamental en la protesta y denuncia de las aberraciones de Pinochet y sus secuaces. Quizás la principal muestra de aquella recapacitación demócrata cristiana fuera el discurso de Frei Montalva en el teatro Caupolicán, cuando abogara por una Asamblea Constituyente. Posición que, después, lo llevaría a compartir el mismo trágico destino de Salvador Allende.

No cabe duda que con los años, lo que prevaleció como expresión política de este Partido  fue su franco compromiso con la recuperación democrática, la condena al horror pinochetista y su resuelta y leal actitud por consolidar la más amplia unidad con los partidos y movimientos de izquierda. Creemos que en esta actitud lo que gravitó fue el histórico compromiso de esta colectividad con la Revolución en Libertad, el programa de Tomic y la adhesión que sus militantes brindaban a la llamada Doctrina Social de la Iglesia. Así como el ejemplar testimonio de varios pastores cristianos en la defensa de los oprimidos, así como la valorización que el mundo en general hacía de la lucha democrática y antidictatorial.

Solo cuando los viejos dirigentes de este Partido recuperaron el control del mismo, es que la Democracia Cristiana fue desahuciando la unidad política y social del pueblo, lo que coincide con los ingentes recursos ofrecidos por los Estados Unidos a la oposición chilena, siempre y cuando se excluyera de cualquier alianza o salida política al Partido Comunista, como a otras expresiones más radicales. De esta forma, la consolidación de la Alianza Democrática solo con socialistas “renovados”, socialdemócratas, pepedés y otras expresiones menores, fue el preludio de la Concertación de partidos que se hiciera cargo de suceder a Pinochet, pero acatando su legado institucional, su modelo económico social neoliberal y, en un comienzo, dispuesta a hacer justicia “solo en la medida de lo posible”.

Desde el primer gobierno concertacionista, entonces, es que la Democracia Cristiana, socialistas y otros empezaron a desperfilarse ideológicamente, al extremo que hoy –después de 26 años- rige la Constitución de 1980 solo con algunos retoques, tal cual el modelo ultracapitalista que se expresa tan contundentemente en nuestra profunda brecha de desigualdad social, la continuidad de las AFPs,  las restricciones sindicales y laborales y otros disparates que ahora logran generalizar el descontento nacional.

Quizás sea por el “peso de la historia” que, dentro del oficialismo,  la Democracia Cristiana constantemente ha debido soportar el desdén de sus aliados en el gobierno y el Congreso Nacional, cuando en realidad muchas veces es en los socialistas o figuras del PPD donde es posible descubrir las peores defecciones ideológicas. No hay duda que en el encantamiento, por ejemplo, con las ideas neoliberales, son los ex miembros de la Unidad Popular  los que parecen más cooptados, mientras que muchos DC se muestran como los más airados frente al sistema previsional que nos rige y la vergüenza del salario mínimo que sigue siendo indigno y poco ético. Es este sentido, hasta los comunistas han aceptado sin mayores remilgos los paupérrimos reajustes salariales de actual gobierno. Y como consta, también,  han sido los más rabiosos ex mapucistas los primeros en reciclarse en prósperos administradores empresariales  o en altos miembros de los directorios de las sociedades anónimas. Así como las candidaturas de la propia Bachelet, de un postulante socialista al Senado y el propio PPD recibieran descaradas y millonarias erogaciones del yerno de Pinochet, Julio Ponce Lerou.

Ello nos lleva a pensar que, salvo en algunos temas considerados “valóricos”, en que el acervo religioso es insoslayable  no ha habido diferencias en el proceder de todos los integrantes de la Concertación y hoy de la Nueva Mayoría. Cuando es público y notorio que a nivel de la CUT, de los colegios profesionales y otras entidades civiles el papel de los demócrata cristianos suele ser más rupturista, como en la promoción de algunas reformas económico sociales. Lo que de todas maneras dista mucho de las posiciones que este partido tuvo en el pasado respecto de la educación, el papel rector del Estado, la promoción de los derechos sindicales y el desarrollo de una economía solidaria. Es decir cuando muchos demócrata cristianos asumían con orgullo, también, ser un partido “revolucionario”.

De esta manera,  parece torpe y poco visionario que un puñado de nombres y apellidos de la DC se empeñen tanto en marcar sus diferencias con sus aliados,  en un signo elocuente de su deseo de asumir el camino propio y hegemónico,  o confluir en una alianza más cómoda con la derecha y los poderosos empresarios. En este sentido, estamos ciertos que este empeño tiene relación con los intereses de algunas familias de este partido con tan sólidos vínculos, por ejemplo,  con la industria pesquera,  los establecimientos educacionales que lucran,  las empresas mineras, algunas clínicas privadas, isapres y otras. Es decir, su proceder daría cuenta más bien de su paulatina corrupción personal, a la que hay que sumarle el subsecuente viraje ideológico. Mientras que el grueso de sus militantes y simpatizantes siguen formando parte de la clase media y de los sectores más pobres del país. Sufriendo los rigores del sistema, muy por el contrario de lo viven sus cabecillas políticos.

Sin embargo, varios intentos desde dentro de la DC por desplazar a su cúpula dirigente y recuperar las ideas de su vanguardista pasado se estrellan con una su poderosa maquinaria que, incluso, no ha trepidado en organizar un fraude como el del “Carmengate” para aferrarse a los cargos directivos del Partido y a los privilegios que les ofrece el poder compartido con sus viejos adversarios políticos.

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