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Carla Brega

Empleo por cuenta propia y el mito del emprendimiento

Carla Brega | Miércoles 26 de octubre 2016 11:17 hrs.


Entrada de una estación de metro en Santiago Centro, seis de la tarde. Una joven vende chocolates para cubrir los gastos de su hijo y aportar económicamente en su casa. Sentada en una orilla, conversa con un jubilado que vende vasos de fruta picada –preparados en casa por su esposa- para complementar los insuficientes ingresos que recibe como pensionado. Más allá se venden ropa usada y llaveros. Es que se acerca fin de año, y el empleo por cuenta propia es el rey de la temporada estival, especialmente en la rama del comercio.

Es cierto que el empleo independiente es heterogéneo y engloba distintas condiciones de trabajo y vida, no obstante, existe una diferencia fundamental entre empleadores y trabajadores por cuenta propia.  La actividad independiente de los primeros se orienta a la recuperación del capital invertido en su negocio y la maximización de sus ganancias –empleando mano de obra-; mientras, por otro lado, las actividades de los trabajadores por cuenta propia se dirigen principalmente al sustento del hogar o bien al consumo familiar. Como describe la nueva Encuesta Nacional de Empleo NENE, los trabajadores por cuenta propia son aquellas personas que se auto-emplean o ejercen independientemente una profesión u oficio, pero que no cuentan con ningún empleado a su servicio. En palabras simples, podemos designar cuentapropistas a aquellos trabajadores y trabajadoras que auto-explotan su fuerza de trabajo.

En el trimestre diciembre-febrero 2015, temporada alta de trabajo cuentapropista, la NENE contabilizó más de 1,6 millones de trabajadores por cuenta propia. En el último trimestre disponible (julio-agosto 2016), el número ya sobrepasa los 1,7 millones, por lo que se podría esperar un número aún mayor en los meses de verano.  Para hacerse una idea de su magnitud, de los más de 1,1 millones de empleos creados en los últimos seis años y fracción, el 35,2% (la mayoría) corresponde a trabajo por cuenta propia (372.223 nuevos empleos).

El cuentapropismo ha tenido una importante incidencia en la contención del aumento coyuntural del desempleo, y esto es parte de lo que algunos se han empeñado en llamar “resiliencia” del mercado del laboral en un período de desaceleración económica. Sin embargo, el trabajo por cuenta propia aparece más bien como una característica propia del mercado del trabajo chileno y, lejos de tratarse de virtuosos emprendimientos personales, se acerca más a decisiones motivadas por una circunstancia adversa en donde se necesita asegurar un ingreso mínimo para la reproducción (subsistencia) propia y la de la familia en caso de tenerla (es decir, un ingreso destinado a consumo y no a la maximización). Por estas características, los cuentapropistas terminan por asimilarse a los trabajadores asalariados, más que al perfil de emprendedores que se les pretende atribuir. En ese sentido, si hay alguien “resiliente” son las personas y colectividades que en tanto agentes se resisten a la tendencia estructural negativa de una desaceleración económica y un mercado del trabajo que, de forma intrínseca, amplifica la desigualdad de la distribución de ingresos y promueve y agudiza la explotación y auto-explotación de los trabajadores y trabajadoras.

Entre los cuentapropistas encontramos desde profesionales y agricultores independientes hasta vendedores callejeros y trabajadores en domicilio (sobre todo en rubros como textil o alimentación). De acuerdo a los datos recientemente liberados de la encuesta CASEN 2015, el empleo por cuenta propia corresponde a un 19,2% de la estructura ocupacional del país, y de los más de 1,45 millones de cuentapropistas consignados, el 41,7% son mujeres. A su vez, casi el 50% de los trabajadores por cuenta propia tiene entre 45 y 65 años, mientras que el 10% tiene más de 65 años, es decir, sobre la edad legal de jubilación. En promedio, las horas habituales de trabajo son 38,4 semanales, pero también es un área que se ve afectada por el subempleo: querer trabajar más horas y no poder hacerlo. A lo anterior se suma la informalidad del trabajo, que deja a la gran mayoría de los casos sin protección social alguna, como cotizaciones previsionales o de salud.

Una de las características fundamentales que establece diferencias entre los trabajadores por cuenta propia es el nivel educacional; CASEN indica que el 84,5% de ellos no es calificado, lo cual incide significativamente en su nivel de ingresos mensual: mientras el 50% de los cuentapropistas calificados gana menos de $450.000 mensuales, el 50% de los no calificados gana menos de $200.000 al mes. Las brechas de género también se hacen presentes: el 50% de las trabajadoras por cuenta propia sin calificación percibe un ingreso inferior a los $150.000 mensuales. En todos los casos, los ingresos son inferiores a los de los asalariados.

La diferencia de calificación resulta también relevante en tanto desde una perspectiva meritocrática –que atribuye la capacidad de movilidad social a características individuales como el esfuerzo, el interés y el nivel de educación- se identifica a todos a los trabajadores por cuenta propia como emprendedores (tanto por las instituciones como por la sociedad en su conjunto). Así, se entiende la condición de cuentapropista como una decisión racional basada en una natural disposición al riesgo y un rechazo a trabajar en una relación de dependencia. La crítica a este punto de vista suele reducirse a que los cuantapropistas calificados (como aquellos profesionales independientes) gozan de autonomía, mientras que los no calificados sólo concentran incertidumbre. Sin embargo, algunas investigaciones destacan que, como podría esperarse, los cuenta-propia calificados también se consideran expuestos a la incertidumbre y los no calificados también perciben cierta autonomía en su trabajo. De esta manera, lo relevante es qué significa esa autonomía.

Para los cuenta propia calificados, la autonomía se asocia en general a una efectiva decisión sobre el desarrollo independiente de actividades calificadas y sus condiciones, mientras que, para los no calificados, ésta reside más bien en la cantidad de horas y el horario de trabajo. En el caso de las cuentapropia no calificadas, tal autonomía se relaciona además con que las obligaciones domésticas y de crianza (que aún recaen mayoritariamente en las mujeres) no se topen con las exigencias de un trabajo formal. A este respecto es notable que –según la NENE julio-agosto 2016-, el 20% de los trabajadores por cuenta propia realiza su trabajo en la calle o vía pública, y el 18,6% las realiza en su propio hogar. De esta manera, el cuentapropismo no calificado aparece más bien como una inserción precaria en el mundo laboral; la opción viable para asegurar un ingreso de subsistencia ante la imposibilidad de acceder al mercado formal de trabajo.

Pese a todo, más allá de la mayor o menor autonomía de la que gozan los trabajadores o del análisis de las posibilidades que brindaría un mercado laboral que además presenta condiciones formales precarizantes (bajos salarios, flexibilidad laboral, facilidad de despido, desincentivo a la organización sindical, pensiones insuficientes al momento de jubilar, etc.), los desafíos más importantes que presenta el trabajo por cuenta propia son de carácter ideológico y político. Y es que la percepción meritocrática, que concibe a cada uno como responsable de su éxito o fracaso, desconociendo las determinantes estructurales de la sociedad, no tiene otra motivación más que distanciar a estos trabajadores cuentapropistas de su identificación de clase con otros trabajadores (los asalariados), individualizándolos y promoviendo su identificación con la figura del emprendedor-empresario. Esto no sólo tiene como consecuencia un no reconocimiento de sí mismo como trabajador, sino que resulta en una sensación de desamparo, marginación y desconocimiento de los derechos laborales individuales y colectivos, situación a la que sólo se puede hacer frente reconociendo a los cuenta propia y su condición de precarizados como un sector relevante para la organización de los trabajadores en su conjunto.

Carla Brega es socióloga – Fundación SOL