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Año IX, 15 de diciembre de 2017

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Hugo Latorre Fuenzalida

¿Quién es quién en la política chilena?

Hugo Latorre Fuenzalida | Sábado 17 de junio 2017 18:33 hrs.

 

Chile es un país de marcada separación entre las clases sociales, eso es indesmentible. Basta mirar los barrios de Santiago o de cualquier ciudad del país, basta mirar la segregación educacional, la que queda claramente establecida en los colegios del barrio alto, donde todos son ABC1, y se podría arriesgar a decir que son, más bien, AyB. En las áreas urbanas limítrofes, socialmente hablando, como Ñuñoa, La Reina o la Florida, la segregación queda mucho más evidenciada, porque quedan por ahí nichos urbanos de bajos ingresos que colindan, asquientamente, con los de ingresos medios y altos; También lo va a notar en las jerarquías militares y policiales, en las jerarquías eclesiásticas, etc. En el plano intelectual-vean nuestros premios Nobel- se tiende a escapar de esta lógica, a pesar de los privilegios del adocenado mediocre y de los esfuerzos de sus financistas para endosarlos.

Bueno, nuestra cultura-que no es sólo intelecto- es clasista en extremo. A la gente “linda” le gusta un tipo de arte y a las clases populares otro mucho más estridente y hasta “indecente” o indecoroso (al parecer de los primeros). En lo único que se hermanan es en la afición universal a los drogas, el alcohol, al sexo indiscriminado y al hurto en pequeña o gran escala, porque en Chile quien no roba es un imbécil o un anormal, un extraterrestre. Parafraseando a Cervantes que en uno de sus personajes picarescos expresaba un decir que se hizo popular y campechano: “Lo hace el rey y lo hace el papa, que en ese oficio nadie se escapa”. Este mismo decir (referido a la fisiología digestiva) lo podemos postular para el arte de robar, como también el arte de morir, aunque mueren más pronto y más abundantemente los pobres que los ricos, y sin el “mayor cuidado que ofrece” la riqueza, como decía Quevedo.

Pero el clasismo también queda expuesto en la rutina funcional del sistema: existe una atención de salud para ricos y otra muy diferente para pobres, una justicia para los que pueden pagar un abogado caro y otra para quienes dependen de la defensoría pública (que sirve con desgano a quien les paga su arrendamiento asalariado); existe un transporte para los ricos (las anchas alamedas concesionadas y muy costosas) y un Transantiago, cada día más desbaratado, irregular, costoso y necesariamente evadido.

Nuestra cultura clasista también se refleja en la política, pero lo hace de una forma particular, puesto que los ricos son todos de derecha, la clase media-alta, también lo es, la clase media-media, se reparte entre la derecha y el progresismo moderado, la clase ascendente (antigua clase media baja y ahora profesional de primera generación) y la aspiracional (que es la clase baja que comienza a asomarse a cotas de consumo que antes no tuvo), tienden a abstenerse de votar o repartir su voto en tres tercios (cuando votan): derecha, centro y progresismo contestatario.

Los partidos tienen su clientela bien registrada en sus radares (que no en sus padrones). Saben que en los locales de votación del barrio alto las urnas estarán abarrotadas de votos para los postulantes del conservadorismo. Los progresistas, poco a poco vienen cayendo en la cuenta que las urnas de los sectores populares permanecen casi vacías el día en que se celebra el acto cívico de votar. Esto hace de Chile una “democracia semi-censitaria”, donde el ejercicio se discrimina voluntariamente entre los que ejercen el derecho (elite) y quienes se abstienen de hacerlo (pueblo). La razón es simple: los ricos deben defender políticamente sus ventajas y los pobres desistieron de creer en el voto como recurso de reivindicación social y económica.

¿El por qué dejaron de creer? Bueno, encuentra su respuesta en la historia reciente de la política chilena: ausencia de la cosa pública, impotencia del Estado, corrupción de la política, traición del progresismo y excesiva postergación de las reivindicaciones prometidas y debidas desde el retorno a la democracia; enriquecimiento obsceno de los poderosos, corrupción desvergonzada y no castigada, venalidad, colusión generalizada del empresariado (un país oligopólico en extremo tiene que exhibir una colusión también extrema, no se crea que es sólo en el papel, los pollos o las farmacias). A su vez, el poder político se colude entre sí para engañar al electorado; hacen como que impulsan reformas para luego chingarlas ellos mismos; levantan juntos las manos enlazadas para celebrar una reforma que no será; elevan estridentemente el puño zurdo pero con la derecha meten la mano al bolsillo del pueblo a través de la participación en las concesionarias y en las empresas pinochetistas, que permitieron permanezcan en esas manos cleptomaniacas y criminales, cobrando elevados excedentes, necesarios para financiar su retorcida y torva traición.

¿Por qué creen que ya una vez perdió el poder la Concertación a manos de los enemigos y torturadores del pueblo y, además, liderados por un personaje surgido de los más doloso del espíritu corrupto que anida en dictadura; y por qué creen que ese mismo personaje y esa misma derecha puntea las encuestas en la actualidad (amén de que sospechemos de las encuestas), luego que se le dio una segunda oportunidad a la Nueva Mayoría?

Ya señalamos que en Chile la derecha es quien vota, dándose el lujo de desechar el sistema binominal y reemplazarlo por esta realidad “semi-censitaria”; es decir, contamos con un sistema democrático cojo, bizco y diestro, con un sistema de información que distorsiona la realidad antes que informarla, con una cultura del divertimento neurótico y dopado, con una lógica uniformadora y castrante, con un conservadorismo retro y con una intelectualidad diminuta y anal.

La política preside el cortejo y el pueblo ve pasar el carro de la farándula electoral con mirada hosca e insensible. Las promesas se instalan como ingredientes de un guiso que sólo devorarán los de siempre y que los hambriento olerán desde la distancia que el sistema ha creado para amurallar sus privilegios. En este festival ya no son necesarias las máscaras ideológicas, pues los corruptos actúan sin tapujos y los crédulos seguirán predicando en un desierto de estéril ciudadanía.