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Año XIV, 7 de diciembre de 2022

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Revoluciones por minuto

Columna de opinión por Argos Jeria
Lunes 12 de octubre 2009 20:08 hrs.


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La tecnología avanza hacia más portabilidad y mas almacenabilidad, pero la compresión parece inducir pérdida de sonidos. Lo importante es que la música y sus creadores siguen siendo imprescindibles en la búsqueda del Bello Sino.


Las formas de reproducción de la música ha variado enormemente en los últimos 60 años. Alcancé a conocer – como reliquia – la vitrola, aparato diseñado a fines del siglo diecinueve para que un disco pregrabado en un surco desarrollado en espiral girase sobre una plataforma para que una gruesa aguja posada sobre él lo recorriese sin moverse, transmitiendo el sonido hacia un cono parlante. Por razones que ignoro, los primeros discos – muy frágiles – giraban a 78 revoluciones por minuto (rpm).  Si bien el diseño básico se mantuvo, el sistema evolucionó pronto en varias direcciones: el mecanismo de giro accionado manualmente – la manivela – fue reemplazado por energía eléctrica, el pesado brazo con púa de metal cedió paso otros livianísimos, los discos se hicieron más flexibles y livianos y su formato varió en diámetro y velocidad. El nombre del reproductor se hizo genérico: tocadiscos.

El primer tocadiscos que vi lo llevó mi padre desde Santiago al norte del país, donde vivíamos. Era un pick-up, que permitía apilar discos para reproducirlos en serie de manera automática. También trajo varios discos de formato pequeño que giraban a 45 rpm con dos canciones por lado. Entre ellos recuerdo los de Eddie Fisher, Bill Halley, Nat King Cole, Dean Martin, Kay Starr, Les Paul y Mary Ford y algunos discos infantiles. Los discos 45 se establecieron pronto como los más populares y terminaron con una canción por cara; si traían más se les llamaba extended-play. Aparecieron los discos de larga duración, los long play o LP – de mayor diámetro – que traían entre cinco y siete canciones por lado con unos 35 minutos de música; su mayor tamaño indujo una forma de arte muy atractiva: las carátulas. También me permitieron detectar el efecto del lucro sobre el diseño musical, como la conversión que las casas editoras norteamericanas hacían de los discos Parlophone de los Beatles, disminuyendo de siete a cinco el número de canciones por lado para sacar (y vender) más LP. Hago notar que los dos lados indujeron formas de referirse a las canciones de manera hoy incomprensible; por ejemplo, Good Day Sunshine era la primera canción de la cara B del LP Revolver. Hoy es la octava en el CD.  

En paralelo al desarrollo de los discos hoy conocidos como vinilos, la cinta reel-to-reel, difícil de manejar y usada más bien para grabar, tuvo su propia evolución hacia el hoy olvidado 8-track y luego la popular cassette. Como muchos, usé las cassette para crear mis propios compilados, en particular para mi viejo programa Con los Ojos del 60, evitando el riesgo de rayados y dedos grasosos en los LP originales. Pero nunca me gustó ese formato, tan útil por lo transportable, pero fea, con ruidos y de corta vida útil, aunque luego apareciesen las de cromo y otras de mayor calidad reproductiva. Si bien LP y Cassette convivieron, siempre me pareció que los LP eran mas sexy; he mantenido mis vinilos pero no mis cintas, salvo excepciones.

A mediados de los 80 surgió una nueva tecnología: el rayo de luz que lee digitalmente el sonido. El CD luce como un pequeño LP, lo que ha permitido mantener la estética, pero no hay contacto entre el lector y la fuente, como en el caso de agujas y surcos en el vinilo o de cinta y cabezales en las cintas; por eso duran más. Aunque siempre se hace notar que el CD suprimiría frecuencias altas que el vinilo capturaría bien, nunca he logrado detectar la diferencia. En este siglo XXI el MP3, el FLAC y otros formatos digitales de fácil transmisión vía internet han ido reemplazando al CD, lo que ha provocado el cierre de cadenas importantes de música en varias ciudades del mundo, como Virgin y Tower Records, en Nueva York, San Francisco y Londres. También cerró mi pequeña y querida Mr. CD en Londres, aunque se han mantenido HMV y las legendarias tiendas de música de primera y segunda mano como Amoeba en San Francisco y Gibert Joseph en París. La tecnología avanza hacia más portabilidad y mas almacenabilidad, pero la compresión parece inducir pérdida de sonidos. Lo importante es que la música y sus creadores siguen siendo imprescindibles en la búsqueda del Bello Sino.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.