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Análisis Político

Golpe blanco en la opacidad vaticana

Columna de opinión por Vivian Lavín
Domingo 17 de febrero 2013 9:41 hrs.


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Benedicto XVI ha tenido la fuerza para dar un paso al lado y dejar que las nuevas generaciones hagan los cambios que él no pudo implementar. Otro de los ejemplos que nuestra añosa clase política no debiera desestimar.


Muy distante del cansino ritmo del febrero chileno, donde la mayoría se encuentra de vacaciones y, por ende, los cerebros muy alejados de la contingencia política y económica universal, fuera de nuestras fronteras geográficas, se ha producido uno de los terremotos noticiosos más inesperados y fascinantes de los últimos 500 años. La renuncia del Papa Benedicto XVI ha sacado a las superficie de las aguas vaticanas la más belicosa y fiera de las disputas de las que se tengan noticia dejando a la intemperie a la institución más antigua de la historia y perplejos a sus mil 200 millones de fieles.

No sólo sorprendió el marco del anuncio del Papa, en medio de una de las habituales audiencias vaticanas, sino que sus razones: una salud que no le permitía ejercer el magisterio. Esta justificación, inaceptable para los que piensan que hay que “morir con la cruz puesta”, fue descrita como de una “desconcertante dignidad”, por el L’Osservatore, periódico oficial de El Vaticano y de un valentía desconocida hasta hoy, para cualquier observador atento a la milenaria historia del catolicismo. De manera que luego de casi ocho años de pontificado, a partir del 28 de febrero a las 20 horas, el Papa Benedicto XVI será nuevamente reconocido como el cardenal Joseph Ratzinger. Este simple cambio de apelativo permite entender las enormes dimensiones del enjambre sísmico que se gestó al interior de una Iglesia demasiado acostumbrada al statu quo y que enaltece a su máxima autoridad al punto de considerarlos “seres angelicales” y sobre los cuales no pesan ni siquiera el pasar de los años, para qué decir el error…las santificaciones, canonizaciones y beatificaciones de sus antecesores son prueba de ello.

Ratzinger, en cambio, un hombre tímido, caracterizado por la ponderación de sus actos y del cual se esperaba una servicio tan conservador como el de su antecesor, ha tenido el coraje para someterse al ataque y enfrentar, aunque sea desde la reclusión vaticana, las quejas en su contra, pero sobre todo, el valor de desencadenar la tormenta más feroz al interior del Vaticano de la que se tenga memoria. Quienes hoy están dedicados a revisar la breve historia del reinado de Benedicto XVI han ido descubriendo, sin embargo, las frases que permiten ahora entender con más elementos de juicio que la batalla que libraba al interior de la ciudad amurallada era a muy dura desde el comienzo. Así es como se han ido releyendo sus dichos, contextualizándolos. Como cuando se refirió hace años a “la suciedad de la Iglesia” y a la afición de sus príncipes de “morderse y devorarse mutuamente”, o cuando ahora dice, sin temor, que “la división desfigura a la Iglesia. Debemos superar las rivalidades”, frases todas que despiertan urticarias en quienes no están acostumbrados a la frontalidad de la crítica. Prueba de ello es el único cardenal chileno que estará presente en el esperado cónclave de marzo próximo, monseñor Francisco Javier Errázuriz, quien desmiente al mismo Papa respecto de que la Iglesia esté dividida.

Entender la trama resulta difícil pero no tanto cuando se cuentan con algunos datos esenciales. Como el denominado Vatileaks, que dejó al descubierto millares de documentos personales del Papa y que, para cualquier persona que sepa leer las claves del caso, demuestran que el impío acto no fue obra exclusiva del individuo acusado y luego, perdonado por el mismo Pontífice. Parece claro que detrás de esta impresionante filtración hay quienes necesitaban saber cada paso de este Hijo de Pedro. Benedicto XVI había demostrado demasiado entusiasmo en perseguir la pedofilia, por ejemplo, o en enrostrarle a los cardenales en un gesto inédito las faltas a sus deberes o en preocuparse respecto de la transparencia de la arcas vaticanas, un corpus tan sagrado como enigmático, salpicado en su integridad por la sombras de la mafia italiana.

A pesar de que Benedicto XVI ha renunciado, cada día sigue sorprendiendo con frases tan diáfanas como certeras que dan cuenta de que si bien su salud no está para emprender los cambios que él cree que la Iglesia necesita, su cabeza sí pudo concebir una jugada magistral. Una suerte de “golpe blanco”, que lo blinda de cualquier intento por acallarlo, porque a estas alturas sería burdo…no es de mala leche imaginar una “muerte repentina” con tanto Borgia en la historia eclesiástica. La inédita medida del prelado, producto de un largo proceso de reflexión, pareciera decir: “Yo me hundo, pero no me voy solo. Lo hago también con mis enemigos ”. De aquí que no sea raro, que una de sus últimas y trascendentales decisiones la haya tomado en relación al llamado “Banco de Dios”. Esto es el Instituto para las Obras de Religión, IOR, donde nombró, como sucesor del malogrado ex presidente, a un compatriota germano que a pesar de que sobre él pesa su vinculación comercial con una empresa que fabrica buques de guerra, también podría ser que en su pragmatismo se apreste a hacer una limpieza profunda en la banca Vaticana, y con ello, aseste otro duro golpe al poder detrás del poder en Roma.

Se trata de un cambio en la gestión de un área demasiado sensible y que debiera ir a la par de las profundas transformaciones que se están gestando en el cada vez más incendiado invierno del hemisferio norte. Allí sus principales economías están a un paso de caer técnicamente en una recesión. De aquí que, a modo de otro “new deal” y como operación de salvataje, el reelecto presidente Barack Obama ha propuesto la creación de la que sería la zona de libre comercio más importante del planeta.

Tanto Obama como el FMI han venido a salpimentar aún más nuestro acontecer noticioso, dándole a nuestros políticos locales la maravillosa oportunidad de que en medio del descanso estival, puedan leer con calma, aprender y entender, por fin, que la enseñanza está también en los fracasos de otros. El presidente estadounidense se lanzó a su segunda magistratura con unos ímpetus progresistas que hasta dan envidia. Ha hablado de aumento del sueldo mínimo para llegar a 9 dólares la hora, apoyo a la clase media e inversión en educación, como prioridades de su nuevo período. Así, el país del norte le viene a recordar al mundo y, particularmente a nosotros, que la equidad es una condición sine qua non para continuar en la senda del desarrollo. Que no se trata sólo de cifras macroeconómicas, sino que en ofrecer una vida digna a quienes en sus existencias no hacen más que trabajar para poder seguir viviendo. Un nuevo catecismo que el mismo Fondo Monetario Internacional ya ha aceptado, al punto de retractarse en forma pública y a viva voz de su consabida propuesta de reducción del gasto social como medida de ajuste considerándola como un fracaso.

Un triunfo del ideario progresista que resulta indispensable adoptar para exigir los cambios en el actual modelo económico que impera en Chile. Ideas que debieran ser parte del discurso y programas de los candidatos presidenciales que a partir de marzo prometen frenética actividad. Una de las tantas lecciones de estos días, como la de Benedicto XVI, que ha tenido la fuerza para dar un paso al lado y dejar que las nuevas generaciones hagan los cambios que él no pudo implementar. Otro de los ejemplos que nuestra añosa clase política no debiera desestimar.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.