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Escritorio

La escuela que merecemos

Columna de opinión por Vivian Lavín A.
Lunes 19 de enero 2015 10:49 hrs.


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La vida del artista en Chile ha cambiado durante las últimas décadas, pero sigue siendo particularmente dura para la mayoría.

Que aún hayan tantas vocaciones artísticas en un país donde el arte y la cultura en general son vistos como algo menor, para la entretención, dice mucho de la esencia del ser humano más que de educación que tenemos. Desde pequeños, lo primero y que más se estimula en el niño y en el niña es el lenguaje, los dibujos, el canto, el baile…entendiendo que se trata de las áreas fundamentales de su desarrollo para su comunicación e integración social.

El problema es que cuando ingresan a la educación formal, lo que tanto les gusta y fue fortalecido por los padres y el grupo familiar desde el inicio, de pronto todo eso pierde importancia frente a los conocimientos que han sido separados por asignaturas. La palabra, que antes era cantos y cuentos, pasa a ser un ramo llamado lenguaje; las historias de dinosaurios, en ciencias naturales y las de corsarios y piratas, en ciencias sociales. La música ya no se relaciona con el lenguaje ni con casi nada. Como si la historia misma no se pudiera entender a través de la música o como si la conciencia ética no se pudiera desarrollar a través de una obra de arte. Pienso, por ejemplo,  en el famoso cuadro del pintor francés  Théodore Géricault titulado La balsa de la Medusa, una obra que impacta en su estética, pero sobre todo en la historia verídica que encierra. Es la historia que conoció Gérocault junto a sus compatriotas un año antes a través del libro titulado Naufragio de la fragata Medusa, que formó parte de la expedición a Senegal en 1816 escrito por dos supervivientes de esta desgracia.

Solo para contextualizar, la Medusa era el buque insignia de una flotilla de barcos enviados por el gobierno francés  a colonizar los territorios africanos recién recuperados por Francia luego del Tratado de Viena. Sin embargo, el 2 de julio de 1816, la fragata encalló. Lo que sucedió allí y lo que relatan los dos únicos sobrevivientes fue la criminal negligencia del capitán y la tripulación quienes además de haber sido los causantes del naufragio por su impericia, privilegiaron sus vías antes que las de los civiles que iban a bordo, de modo que la tripulación se salvó en su mayoría quedando solo estas dos voces para contarlo. En la Francia de 1816 esto fue conocido y discutido por la opinión pública. De modo que, y ahora volviendo a la enseñanza actual y la manera cómo a partir de un simple cuadro como La balsa de la Medusa se puede hablar de valores morales, ética aplicada, colonización, incluso geografía y por cierto, historia, entre otras áreas del saber.

El problema entonces, radica en que la escuela hoy en nuestro país se preocupa más de insertar conocimientos en los cerebros de los pequeños, más que formarlos en la comprensión del mundo, de quienes los rodean y por cierto, de sí mismos.

El Ministerio de Educación de Chile acaba de publicar en su sitio web el documento Imagina tu escuela, y corresponde a una invitación a pensar en esa escuela que aspiramos. Un ejercicio de ensoñación, pero que desafía a pensar más en la “escuela que merecemos”, no en algo inalcanzable y que viene como regalo del cielo.

Esa escuela debiera tener a los niños y jóvenes en el centro y, a los profesores, padres, madres y familias como sujetos que están integrados al proceso educativo. Veo a los abuelos leyendo a los menores o contándoles sus experiencias de vida, al tiempo que los niños juegan aprendiendo.

Una escuela que no busque transmitir solo conocimientos sino que la comprensión intelectual y emocional de la historia del hombre y del Universo, sus cuestionamientos permanentes, sus momentos de auge y de caída, sus culturas y creencias. Una escuela donde se funde la historia con la matemática, el arte y la música como distintos aspectos de una misma realidad, donde los libros y el mundo digital conviven de manera respetuosa.

Una escuela que busca desarrollar una conciencia ética en los alumnos, donde los profesores son guías pero que también pueden mostrar sus incertezas y dudas.

Una escuela que valora los procesos y no se centra en los resultados.

Una escuela donde la Biblioteca tenga un rol protagónico como centro de búsqueda de información, un espacio de diálogo y debate permanente, un lugar que acoge y entretiene.

Una escuela que forme a sujetos sensibles y comprometidos, y sí, ojalá a muchos artistas.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.