Diario y Radio Universidad Chile

Año XIV, 2 de diciembre de 2022

Escritorio

Francisco, Charlie Hebdó y Carlos Peña

Columna de opinión por Rodrigo de Castro
Miércoles 21 de enero 2015 18:24 hrs.


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En noviembre de 1961, Michael Rockefeller, bisnieto del fundador de la Standard Oil Company y antropólogo de profesión, desapareció en la selva tropical del suroeste  de Nueva Guinea. Si bien nunca fueron aclaradas las circunstancias de su muerte, se especuló que fue asesinado y luego devorado por una aislada tribu de aborígenes, cazadores de cabezas y caníbales, objeto de su investigación etnográfica. Probablemente fue sacrificado, porque sin saberlo violó un tabú que, según la creencia local, merecía tal castigo. Pudo haber sido por una causa, a nuestros ojos tan inocua y absurda como, por ejemplo, caminar por sobre una línea imaginaria entre un árbol y otro, transgresión que despertaba la ira de los espíritus malignos del bosque y ponía en grave peligro la sobrevivencia del clan. ¿En tales circunstancias, la muerte de Rockefeller justificaba una expedición punitiva de parte de las autoridades coloniales holandesas, bajo cuya jurisdicción se encontraba el territorio donde ocurrió el presunto crimen? ¿Tenía sentido emprender una acuciosa investigación judicial para capturar a los responsables, trasladarlos a la capital provincial, y  juzgarlos bajo el Código Penal holandés?

Una respuesta a estas interrogantes, por cierto complejas, fue proporcionada cien años antes, en 1861, por el gobernador británico de las Islas Malvinas y por la Sociedad Misionera de la Patagonia, la institución anglicana que desde 1830 infructuosamente buscaba cristianizar a los yaganes o yamanas, el grupo étnico – hoy extinto – que poblaba las islas y fiordos del sur de Tierra del Fuego hasta el Cabo de Hornos. Durante esos treinta años, más de una expedición misionera anglicana fue masacrada por los yamanas; y la última matanza había ocurrido en noviembre de 1859. Según el relato del único sobreviviente de ese incidente, el cocinero Alfred Cole, el asesinato de los otros ocho misioneros británicos fue instigado nada menos que por Jemmy Button. Como muchos sabrán, Jemmy Button no fue un yagán cualquiera. Junto a otros dos adolecentes, fue secuestrado por el capitán Robert Fitzroy en 1830, y llevado a Inglaterra. En menos de dos años fue “civilizado” y presentado a la corte del rey Guillermo IV, donde, elegantemente vestido, se expresó en un impecable inglés y se comportó como un perfecto gentleman. El propio Fitzroy llevó a su creatura de regreso a la Patagonia austral en el famoso viaje del “Beagle”, esta vez en compañía de Charles Darwin. Veintiséis años más tarde, el ya cuarentón ex joven prodigio de Fitzroy y sus cómplices yaganes, acusados de asesinato, fueron trasladados a las Malvinas para ser juzgados. Sin embargo, no obstante las sólidas declaraciones acusatorias del cocinero Cole y los incoherentes e ininteligibles balbuceos de Jemmy Button en su defensa (los anglicanos aún no aprendían la lengua yamana y el acusado había prácticamente olvidado el inglés), la Sociedad  Misionera de la Patagonia logró disuadir al gobernador de las Malvinas de enviar una expedición punitiva contra los yaganes y, en cambio, lo convenció de que permitiera el regreso de Jemmy Button y los suyos al archipiélago fueguino, libres de polvo y paja. En este caso, insólito para aquellos tiempos, no solo intervino una sabia y magnánima petición de clemencia de parte de los misioneros sino que, se presume, fue invocado como atenuante la inimputabilidad de quienes actuaron según sus propios códigos ético-culturales, por más contrarios que fueran a los de la Inglaterra victoriana. Se trató, tal vez, de la primera aplicación práctica del concepto de relativismo cultural, hoy uno de los pilares en que se asienta el pensamiento postmoderno.

Se estarán preguntando qué tienen que ver los dos casos presentados arriba con Charlie Hebdó, con el Papa Francisco y con el profesor Carlos Peña. ¡Mucho! Al menos eso es lo que pretendo señalar en estas líneas. Veamos… En su columna en El Mercurio del domingo pasado, el rector de la UDP critica el desacertado comentario del Papa respecto al último atentado terrorista de París: “Si el doctor Gasbarri dice una mala palabra de mi mamá, puede esperarse un puñetazo. ¡Es normal!” (…) “No se puede provocar”, dijo el Papa, “no se puede insultar la fe de los demás. No puede uno burlarse de la fe. No se puede”.  Luego de citar esa frase, Peña agrega: “Según Francisco, la libertad de expresión ‘tiene un límite’”.

De esta última afirmación se puede deducir que para Carlos Peña la libertad de expresión no tiene límites. Sería un derecho absoluto y universal, indispensable para la buena salud de la cultura democrática y la sociedad democrática. El rector de la UDP apunta a un presunto principio universal que los millones de franceses que salieron la semana pasada a protestar en las calles creen que vale la pena defender con la propia vida. Porque el eslogan “Yo soy Charlie Hebdó” conlleva el sobreentendido de que quienes lo apoyan también estarían dispuestos, como los redactores de la revista satírica, a morir en defensa de la libertad de expresión. Sin embargo, me pregunto si el director de Charlie Hebdó habría dado el visto bueno a la publicación de las viñetas satíricas sobre el profeta Mahoma sabiendo de antemano que al hacerlo firmaba su sentencia de muerte y la de su equipo periodístico. Espero que no, porque de lo contrario estaríamos frente un fenómeno, a mi juicio, extremadamente grave y preocupante: nada menos que la búsqueda voluntaria del martirio. Porque en este caso, los editores de Charlie Hebdó sacrificaron su vida no porque en el paraíso los esperaban cien vírgenes, sino porque defendían un principio (la libertad de expresión) que no es más que un presunto bien supremo, una suerte de objeto de fe, un fetiche alimentado por quizá cuál misterioso mecanismo o pulsión del inconsciente. Mirados bajo este prisma, no veo gran diferencia entre los que marchaban en París en pro de la libertad de prensa y los que protestaban en contra de la última publicación de Charlie Hebdó en Paquistán, El Líbano o Chechenia. Otra cosa es manifestar nuestro rechazo rotundo al acto terrorista de París y estar en contra del brutal asesinato de la redacción de Charlie Hebdó. No confundamos las cosas.

Recuerdo haber asistido, en los primeros años Noventa, a una conferencia dada en la Usach por el periodista argentino Jorge Lanata, entonces héroe del periodismo de denuncia, fundador y director del mítico diario Página 12. Una vez terminada su exposición, alguien en el público le preguntó hasta dónde podía llegar la libertad de expresión. “Hasta el punto”, dijo, “que si tengo una noticia que sé que provocará de inmediato un golpe de Estado, yo igual la publico”. La frase me quedó dando vueltas. No obstante su innegable poder seductor, sobre todo para la vanidad de un periodista, tras pensarlo dos veces me pareció de una imbecilidad e irresponsabilidad bestiales.

A propósito de libertad de expresión y de frases para el bronce, me viene en mente aquella atribuida a Voltaire, que dice: “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero sacrificaré mi vida por tu derecho a expresarlo”. Nuevamente estamos frente a una bobada del porte de un buque. Porque, seamos francos, ¿quién ha dado su vida en defensa de creencias que no sean las propias? Que yo sepa o recuerde, ¡nadie!

La libertad de expresión es siempre relativa. Porque incluso en los EE.UU,  país donde es más amplia debido a la aplicación de la Primera Enmienda, nada puede hacer un periodista, salvo pudrirse en la cárcel, frente a la invocación por parte de una agencia gubernamental de la razón de Estado o la seguridad nacional. Para no hablar de la publicación no autorizada del desnudo de una cantante o actriz de Hollywood. En la inmensa mayoría de las democracias aludidas por el profesor Peña hay leyes que, por diferentes razones, limitan la libertad de expresión. Muchas de ellas, por lo general penalizan la calumnia, defienden la dignidad de las personas y también resguardan la identidad de menores, sean víctimas de algún abuso o perpetuadores. Uno puede estar o no de acuerdo con estas leyes, pero forman parte del marco legal que se han dado las sociedades democráticas que el rector Peña defiende.

Quede claro. Aquí no pretendo defender al Papa. No creo que me necesite. Tampoco me representa. No soy católico, ni menos cristiano o musulmán. Formo parte, probablemente como el rector Peña, de ese 22 por ciento de chilenos que según las últimas encuestas de opinión se declaran ateos, agnósticos o no profesan religión alguna. En otras palabras, soy un infiel, un escéptico o un true unbeliever, como diría Peña. Incorregible sí, pero nunca tanto como para estar dispuesto a morir bajo el tormento de la Santa Inquisición por no retractarme. Pertenezco a la familia de los Galileo Galilei, no tengo parentesco alguno con los fanáticos secuaces de Giordano Bruno.

Dije más arriba que la frase citada del Papa Francisco era desacertada, no porque le pone límites a la libertad de expresión, como sostiene Peña, sino porque de ella se puede inferir que el atentado contra la redacción de Charlie Hebdó se justifica. En palabras burdas: “quien se la busca, la paga”. Sin embargo, me resulta difícil pensar que fue eso lo que Bergoglio quiso expresar. Más bien quiero creer que intentó colocarnos en el mundo real o, si prefieren, probó despertarnos con una ducha de cruda realidad. Porque si en el mundo real le sacas la madre a alguien, lo más probable es que de verdad te den un puñetazo. Y esa es la pura y santa verdad. Si no me equivoco, las palabras de Francisco fueron más bien un llamado a la prudencia. Que la formulación haya sido torpe y poco afortunada: sí, estoy de acuerdo.

Volviendo a la columna de Carlos Peña, nuestro rector se muestra sorprendido porque Francisco defiende la fe de los creyentes de las burlas de los no creyentes. ¿Pero acaso no es eso lo que los Papas hacen?

Si aceptamos el principio del respeto a las creencias fundamentales, arguye Peña, cualquier sujeto puede levantar su propio sistema de creencias y restringir nuestra libertad. “La cultura democrática se enmudecería, y la larga tradición occidental de crítica y sátira de las creencias inverificables desaparecería”, dice. ¿Pero cuáles son − me pregunto − para Carlos Peña las creencias verificables, es decir las certezas que nosotros, los no creyentes, podemos ofrecer a los creyentes?  ¿Acaso nos está hablando de la Ciencia? El rector de la UDP es un intelectual sofisticado. No lo veo vestido con los añejos y arrugados atuendos de un positivista decimonónico, ni con los de un ingenuo hijo de la Ilustración que coloca a la Ciencia y a la Humanidad sobre un altar como objetos de adoración. Sabe que las teorías científicas tienen un valor meramente probabilístico y que están permanentemente abiertas a modificaciones ante el surgimiento de datos o experiencias nuevas. Es algo que solemos olvidar, puesto que demasiados exponentes de la cultura occidental, globalizadores por antonomasia, tienden siempre a considerarlas como firmemente establecidas, al punto que rápidamente pasan a formar parte del bagaje metafísico de su tiempo, y de ahí solo hay un pequeño paso para que se transformen en dogmas. La teoría del Big Bang es un muy buen ejemplo de este tipo de fenómenos. Estamos hablando de una teoría cosmológica que todavía no cumple cien años desde su formulación. Sin embargo, para la inmensa mayoría de los occidentales hoy es un dogma, tanto es así que al Vaticano le ha venido como un anillo al dedo. El problema es que desde hace ya un par de décadas esta representación de nuestro Universo y de su origen hace agua por todas partes. Para seguir sosteniéndola, los astrofísicos confiesan que solo conocemos el 4 por ciento del Universo; el 96 por ciento restante estaría constituido por “materia oscura” y “energía oscura”, algo que desconocemos. Es decir, no tenemos la más pálida idea de lo que hay allá afuera. Y mejor no hablemos de la física cuántica o de lo que sucede con las leyes físicas dentro de un agujero negro, y menos aún de los misteriosos laberintos de nuestra psiquis.

Seamos un poco más humildes. Una cosa es ser no creyentes y partidarios de un Estado laico que defienda la libertad de culto, y otra es ser proselitistas de un laicismo de estampa fundamentalista. ¿Acaso la nuestra es una cruzada más? Porque no podemos sostener, como lo hace Carlos Peña en El Mercurio, que gracias a nuestra “sorna de los otros” (es decir, a mofarnos de los creyentes) nosotros, los no creyentes, hemos logrado defender a las mujeres de ser subordinadas, a la homosexualidad de ser considerada un error social, a salvar al consumo de quienes lo consideran un error, etcétera, etcétera. Según el rector de la UDP,  el respeto de la fe de los demás nos obligaría a enmudecer y, por lo tanto,  la ablación del clítoris de las niñas en algunas regiones de África no tendría detractores. Como si la única forma de lucha, de defensa de nuestros puntos de vista y de expresarnos fueran la sorna, la sátira y el humor (“la forma más feroz, más fecunda y más pacífica de crítica que la cultura humana ha inventado”, según la definición que nos da Peña).

¿De qué humor nos está hablando? ¿De otro absoluto universal? ¿Lo que es cómico en Santiago tiene que necesariamente serlo en Mombasa? Entiendo que puede haber una enorme variedad de tipos de humor, diferentes unos de otros. Por ejemplo, puede ser sano y provechoso reírnos de nosotros mismos, de nuestra propia cultura, de nuestra estructura social y creencias. Diferente es reírse de los demás, es decir del otro, de la diversidad. Por lo general, detrás de ese tipo de humor se esconden deleznables actitudes discriminatorias. Existen miles de chistes despectivos sobre judíos, negros, gallegos, minusválidos, homosexuales, etc. A todas luces es una falta de criterio, para decirlo de una manera suave, contar un chiste de ciegos frente a un no vidente. De la misma manera hay que tener muy mal criterio para publicar viñetas satíricas acerca del profeta Mahoma en un ex país colonialista como Francia donde vive una minoría musulmana, brutalmente colonizada en su tiempo por los franceses, y que hoy es en general discriminada y explotada (seguramente la señora Marine Le Pen y su padre no están de acuerdo con esta aseveración). Peor aún si Francia está en guerra con Al Qaeda y el Estado Islámico: una guerra, a mi juicio, necesaria (no digo “justa”, porque ninguna guerra es justa). En estas circunstancias, la bravuconada de Charlie Hebdó, así como el espectáculo mediático montado con las marchas y el número especial de la revista en respuesta a la masacre, es aún más preocupante porque con su inconmensurable arrogancia (sí, digámoslo con todas sus palabras) Occidente demuestra una vez más su indiferencia y supina ignorancia respecto de lo que ocurre en el resto del mundo: me refiero, en este caso, a las contradicciones internas de los más de mil quinientos millones de musulmanes. En vez de aislar a los fundamentalistas salafitas y su brutal intento por conquistar el Califato de Bagdad, al defender las ofensas a la figura de su profeta no solo juntamos a sunitas con shiítas, cosa que no ha ocurrido en mil quinientos años, sino que debilitamos fuertemente a los que profesan la no violencia, es decir a la inmensa mayoría del Islam.

Pero tal vez lo que más inquieta de la columna del rector de la UDP, es la autocomplacencia y el etnocentrismo que se lee entre líneas. Espero estar equivocado. Pero de sus palabras infiero que no solo nosotros, los no creyentes, somos mejores que los creyentes, sino que Occidente es mejor o muy superior que todas las otras formas de cultura y organizaciones sociales con que malamente convivimos en este planeta. Los horrores perpetrados por Occidente (y en Occidente) durante los dos últimos siglos parecen no habernos enseñado nada. El progreso de la ciencia y la tecnología no nos ha hecho mejores personas. Todo lo contrario, ha multiplicado de manera exponencial nuestro poder destructivo. Hemos arrasado con las otras culturas y pueblos, condenado a la extinción a miles de especies animales y vegetales, y empujado a la Tierra a un inminente colapso. La lección de las dos conflagraciones mundiales, de las guerras coloniales, de los campos de concentración nazis y de los gulag soviéticos, de Hiroshima y Dresden, es que no hay culturas mejores que otras. Los hombres seguimos siendo, ateos y creyentes, suizos y hotentotes, los animales depredadores que somos, capaces de cometer las peores atrocidades y, al mismo tiempo, igual que muchos otros animales, extraordinarios actos de sacrificio y de altruismo.

P.D. Recomiendo al rector de la UDP, así como a todas las personas y líderes mundiales que se juntaron en París a gritar “Yo soy Charlie Hebdó”, leer o releer con especial atención a dos grandes filósofos, casualmente ambos franceses, escépticos y no creyentes (el primero se hizo pasar por calvinsta; el segundo, se vio obligado a camuflarse de católico). Me refiero a Pierre Bayle y, por supuesto, a Michel de Montaigne.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.