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Karen Bascuñán

Sobre Calamina, de Gladys González

La piel expuesta de la ciudad

Karen Bascuñán | Jueves 28 de mayo 2015 10:29 hrs.


Al entrar desde la portada de Calamina (La Calabaza del Diablo, 2014) a sus poemas, imagino el ejercicio de tomar con cuidado una calamina que separa el espacio privado del espacio público, dejando hendiduras a través de las cuales observar lo que sucede afuera, o viceversa: en la intimidad de una habitación. En la ruta de estos poemas, observar el silencio y el frío de la experiencia cotidiana y los recuerdos.

Los quince poemas de la última publicación de Gladys González refieren a un movimiento, sus detenciones y permanencias por territorios -como la bahía o la carretera-, y espacios como las habitaciones, el hospital, los lugares desde los cuales tener perspectiva, y las significaciones que nos propone esta circulación. Fotografía de Valparaíso en trozos y panorámicas, imágenes de reflexiones susurradas, sutiles y, en gran parte, dolorosas.

Esta bahía de Calamina podría ser otra, pero al leer este poemario es difícil no entrar en nuestros propios recuerdos, para reconocer Valparaíso. González nos lleva a escucharlo desde la intimidad y el silencio, un lugar introspectivo de quien habita este borde costero, ciudad puerto icónica en nuestro imaginario; donde aquello que hace agua es cubierto frecuentemente con el manto de las postales coloridas que ya conocemos. Calamina hace aparecer a los habitantes de los bordes, la intensidad profunda de la tristeza y la soledad, las prácticas resistentes cotidianas, la radicalidad de los vagabundos, las ruinas. Especialmente, las ruinas.

Cada espacio se significa desde el singular itinerario con que nuestra propia vida lo simboliza. Los muros, las rejas, las capas de piel de la ciudad las recordamos desde nuestra experiencia subjetiva, no necesariamente compartida. Habitar un espacio implica ir más allá de la primera capa-piel de la ciudad, entrelazarse con la permeabilidad de sus estructuras. Habitar tiene que ver, en parte, con la posibilidad de detenerse y vincularse, y en Calamina escuchamos el vínculo recorriendo la ciudad y los espacios íntimos. La porosidad de Calamina es polar entre el oxido y el brillo, expuesta al sol y la salinidad, a los rayados de una ciudad que dibuja en sus muros su malestar y su creatividad. Pero en Calamina no encontramos los colores de las postales. Encontramos la lluvia y las goteras, la luminosidad silenciosa de la noche, las hileras iluminadas que reconocemos a la distancia, perlas lumínicas que trazan rutas en la oscuridad y despliegan su reflejo en el mar, dando señal de vida en un lugar silencioso cercano, porque cada cual encuentra sus señales de ruta en la ciudad:

 

“los cerros

parecen un parque de diversiones

torcido

interminable

lejano

 

en donde cada ventana

iluminada por el brillo de los televisores

se vuelve cálida

y curiosa

en medio de la calle”  (11)

 

Una mirada que observa el panorama general y se sitúa, entra en la intimidad. En Calamina son espacialidades que se recorren, donde el afuera nos muestra escenas de despojos y desamparo, bordes de formas de vida, como en “Óxido”:

 

“un paisaje

de metales quemados

enredaderas silvestres

hombres solitarios

hurgando en la basura

de casas demolidas” (23)

 

Detenerse a mirar los rincones como un gesto que nos lleva a observar y hacer el ejercicio de traducir los lenguajes que vamos encontrando, especialmente en las ciudades que no son la nuestra. Migrar nos invita a cambiar la mirada y enfocar atentos aquello desconocido, y encontrar también lo compartido. Un vagabundo en el suelo, alguien que habita desde el margen productivo y de los códigos normalizadores, expone en el desastre su cuerpo al borde, nos muestra González. ¿Cuán protegida tenemos la mirada y el cuerpo en la estrecha trama ideológica en la que vivimos? Calamina nos pregunta qué es la familia en la evidencia del abandono, en las formas de vivir que nos enrostra un vagabundo, también.

Pero el cuerpo no es sólo afuera, también reconocemos su materialidad dañada cuando éste pone de manifiesto un borde transgredido, dañado. Y el hospital como espacialidad enlaza con una genealogía familiar, memoria asociada al dolor y la sobrevivencia. Un espacio al que se llega desde un borde, acantilado al que volaron las gaviotas vistas en las sombras de la habitación.

Calamina nos muestra despojos y ruinas en pasajes secretos, jardines sigilosos que avanzan envolviendo la ruina a nuestras espaldas. Leo estos poemas, imagino ruinas envueltas por la hiedra y pienso: no necesariamente es un desastre. Los cuerpos, o el cuerpo de la ruina puede ser envuelta lentamente por otra capa, naciendo una nueva imagen. Y entre los poemas en que hay dolor, desechos y abatimiento, aparecen fotografías que permiten respirar y continuar. La ruina también puede ocupar el lugar de cimiento de lo venidero, es memoria de los espacios que habitamos, de su lugar a través del tiempo, su significado y uso.

El epígrafe de Ximena Rivera, escogido por González, nos sitúa en un foco que reconocemos en tanto transitamos por estos quince poemas; el lugar desde el que se reconoce lo irreparable y como opción se deja de negar y se le observa, se asume. Y ese es un punto de partida. Lo irreparable no implica sólo un daño posterior. Detenernos y observar aquello que nos interpela puede ser el punto de partida para que aquello, al ser transformado en nuestra experiencia y propuesta vital, desaparezca en tanto fantasma y pase a ser parte de nuestros recuerdos, de la memoria. Y algo de esto encontramos en Calamina, en algunos de sus poemas hay tregua, o una detención que encuentra un espacio desde el cual continuar, como en “Maletas”:

 

“una temporada en la bahía

se queda inmóvil en el recuerdo

como una vieja tarjeta de navidad

que suena en un cajón vacío

esperando ser silenciada

cuando el tiempo

acabe esa fantasía” (25)

 

El continuo del movimiento, la experiencia transitoria en la bahía, el no silencio de los objetos guardados y la memoria de éstos en el espacio, fotografía de un período que reclama ser leído, significado. Lo amoroso en Calamina aparece tanto desde el desamor, como desde su presencia en lo epistolar. La palabra escrita, huella de la posibilidad de regresar a un lugar que conserva rastros silenciosos del abandono o la ausencia. Porque en Calamina ¿qué es el amor en esa habitación silenciosa y vacía que recorremos en sus poemas?

González se pregunta por el sentido de la escritura, el silencio de su ejercicio. La escritura como el refugio desde el que se mira lo que no se es, o lo que se desea. Lo que se escribe es lo que intuitivamente emerge:

 

“y lo que escribo

parecen retazos de algo desconocido

que pretendo intuir

dibujando en el vaho de mi reflejo

que va atravesando

en medio de la noche” (16)

 

Al poner en escena la ruina en la bahía, hurga en las palabras y en los espacios, en la permeabilidad de las superficies que habita, en el borde externo de las calaminas de la bahía, y en la intimidad.

 

Título: Calamina                                                                                  Portada Calamina
Autor: Gladys González
Editorial: La Calabaza del Diablo
Año publicación: 2014