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“Mi lucha”, la historia del libro que marcó el siglo XX

El periodista alemán Sven Felix Kellerhoff, nos entrega una completa investigación ampliamente documentada que derriba mitos y desmonta el polémico libro del jerarca Nazi en el que expondría su programa y su biografía apócrifa de la que, hasta 1944, se imprimieron unos doce millones y medio de ejemplares.

Felipe Reyes

  Lunes 25 de abril 2016 15:47 hrs. 
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En 1924, Hitler cumplía condena en la cárcel bávara Landsberg por el fallido intento de golpe de Estado ejecutado un año antes, conocido como Putsch de Múnich o Putsch de la Cervecería, realizado por miembros del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP) y por el que fueron procesados y condenados Adolf Hitler y Rudolf Hess, entre otros dirigentes nazis. Y en ese encierro de “privilegiadas instalaciones” se dedicó escribir en su vieja máquina Meteor – la que luego se cambiaría por una Remington – el primer volumen (“con muchas erratas y errores”) de Mi Lucha (Mein Kampf).

Y es esa riqueza de detalles lo que nos entrega el periodista alemán Sven Felix Kellerhoff (Stuttgart, 1971) en su libro Mi Lucha, la historia del libro que marcó el siglo XX. Una completa investigación, ampliamente documentada, que desmonta el polémico libro del jerarca Nazi en el que expondría su programa y su biografía apócrifa.

Kellerhoff derriba el mito que señalaba que Hitler le dictaba a su colega Rudolf Hess su triste obra. Lo que sí hizo Hess, afirma el autor, fue escuchar la lectura de los capítulos y, una vez en libertad, revisar las pruebas de imprenta, pues la publicación no podía demorarse mucho debido a la difusión realizada con folletos publicitarios y nuncios publicados en medios escritos, lo que significó que hasta tres mil simpatizantes de Hitler encargaran y pagaran por adelantando un ejemplar del libro. Así, una vez concluida la primera parte, el 18 julio de 1925 llega a librerías Mi Lucha, publicado por Eher, la editorial del partido, con un tiraje inicial de 10 mil ejemplares.

La segunda parte Hitler la dictó y redactó una secretaria durante 1926 en una cabaña en las montañas de Berchtesgaden. El resto es historia conocida. Hoy, Mi Lucha se puede leer en internet, en diferentes idiomas, es posible encontrarlo en librerías de segunda mano, pero hoy pocos, apunta Kellerhoff, pueden juzgarlo por haberlo leído.

En su libro, Hitler deja claro dos aspectos: su antisemitismo radical, con fantasías de aniquilación, y su sensación de estar llamado a asegurar un futuro al pueblo alemán a través de la conquista del Este de Europa (el llamado “espacio vital”), lo que se conseguiría tras lograr el anhelado (aunque nada realista) entendimiento con Gran Bretaña, frente a Francia, su eterno adversario.

Kellerhoff revela que Hitler, para “provocar un determinado efecto en su público”, miente y “falsea conscientemente la realidad” según su conveniencia. Habla de una infancia y juventud “en brazos de la diosa miseria”, a lo que el líder nazi atribuye la “inflexibilidad” de su carácter y su “voluntad para resistir”; pero en realidad su familia, aunque modesta, no era “en ningún caso pobre”. El joven Hitler hereda dinero y patrimonio al morir su madre  – ya viuda – de cáncer, pero entre 1909 y 1910 se lo gasta todo en “visitas a las óperas y cafés” de Viena, ganándose la fama entre sus parientes de “tipo sin oficio ni beneficio, que evitaba cualquier trabajo con el que ganarse el pan”. “Él mismo se busca la miseria”, afirma el historiador. Y duerme en albergues sociales, pintando mediocres postales para venderlas. “No tuve más amigas que la preocupación y la miseria –llora Hitler –, ni más compañera que un hambre eternamente atroz”.

El autor, también busca sus no citadas fuentes, como el clásico antisemita Los protocolos de los sabios de Sión o los “inspiradores” textos del no menos antisemita Henry Ford – del que el führer tenía un retrato en su oficina –, además de repasar el impacto que causó en Hitler las teorías de la “Higiene racial” de Erwin Baur, Eugene Fisher y Fritz Lenz contenidas en el libro Manual de herencia humana e higiene racial, de la que toma citas prácticamente literales, y al igual que hace algunos años atrás lo hiciera el periodista chileno Juan Cristóbal Peña en su libro La secreta vida literaria de Augusto Pinochet (2013), Kellerhoff utiliza el mismo procedimiento de comparar pasajes de la obra de Hitler con sus ocultas referencias, poniendo en evidencia “los prestamos” de textos e ideas ajenas. Además refuta su supuesta heroica y épica experiencia en la primera guerra mundial, donde en realidad solo participó en un combate. Leyendo Mi Lucha queda “la impresión de que ha vivido el horror de las batallas durante cuatro años”, afirma Kellerhoff.

Esta investigación también busca los orígenes de su odio a los judíos, a quienes culpa de la derrota alemana en la gran guerra. Según Kellerhoff, fue entre mayo y septiembre de 1919 cuando se convirtió en antisemita convencido dejando por primera vez constancia escrita. No una década antes, como afirma Hitler, falseando la realidad. Nadie recuerda en Viena ni en la guerra esa hostilidad, incluso tuvo un par de amigos judíos y judío era el alférez Hugo Gutmann, que intercedió para que le dieran la Cruz de Hierro. “Confesarlo habría sido humillante”, señala el periodista alemán en su libro.

De esta forma, una vez publicada Mi Lucha, fueron pocos los que lograron advertir lo que venía: la guerra y el posterior Holocausto. The New York Times, por ejemplo, publicó en 1933 una crítica favorable del libro de este “hombre extraordinario”, que “hace mucho por Alemania”, patriota, unificador del país y defensor del derecho a la propiedad, según escribía James W. Gerard, ex embajador en Alemania, quien solo se desmarcaba del Führer por su feroz antisemitismo. Algunos años después, en 1940, George Orwell es uno de los pocos que advierte la tragedia en New English Weekly al reseñar una nueva edición en inglés. Hitler, avisaba Orwell, en sus escritos estaba anunciando “un horrible imperio descerebrado” que se extendería de forma violenta hasta Afganistán. El autor de 1984 se preguntaba perplejo cómo el jefe nazi había sido capaz de imponer a sus compatriotas “esa visión monstruosa”. Otro crítico de la época, que firmaba su nota como Schneider, reconoció el “instinto” de Hitler para manejar a las masas con su “fanatismo permanentemente renovado”, y confiaba en 1934 “en la capacidad del pueblo alemán para detectar el callejón sin salida en el que se estaba metiendo”. Como bien concluye Kellerhoff, la historia diría otra cosa.

Sven Felix Kellerhoff

Sven Felix Kellerhoff

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Kellerhoff calcula que Mi Lucha le dejó a Hitler al menos un millón de marcos  al año por derechos de autor (la moneda alemana de entonces, y por aquella época el sueldo promedio en el país era de 120 marcos), y da cuenta de sus artimañas con la Agencia Tributaria de Múnich para evadir impuestos. La entidad fiscal ya había puesto sus ojos en el líder nazi, quien con el anticipo del libro se compró un Mercedes Benz de lujo. Aunque se había vendido bien, no fue hasta 1933, cuando llegó a canciller de Alemania, que el libro se convirtió en best-seller, multiplicando ediciones (de lujo, popular, en papel biblia para que los soldados lo llevaran en la mochila). Entonces la editorial Eher publicó un folleto publicitario titulado “el libro de los alemanes”, para dar cuenta de los cuatro millones de ejemplares de Mi Lucha impresos en Alemania. Dicho folleto contenía un texto de autor no identificado que se refería las traducciones aparecidas en Europa – y reproducía algunas portadas –  las que ayudarían “a que los pueblos comprendan al pueblo alemán, que con tanto esfuerzo lucha por su libertad”. Sin embargo, el libro no era obligatorio en las escuelas (sí en las Juventudes Hitlerianas), pero se convirtió en el regalo de matrimonio de algunos registros civiles alemanes. Hasta 1945, se calcula que se imprimieron unos doce millones y medio de ejemplares de Mi Lucha, y el número total de ejemplares -legales, ilegales y electrónicos- a la fecha resulta incalculable.

Mi lucha, la historia del libro que marcó el siglo XX
Sven Felix Kellerhoff
Editorial Crítica, 345 páginas.