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Los misterios de la Colección Wittgenstein

El Museo Nacional de Bellas Artes resguarda 15 obras europeas que llegaron a su acervo en el fragor de la Segunda Guerra Mundial. Una historia en la que se cruzan príncipes, herederos y autorías que han debido confirmarse a lo largo de más de 70 años y en las que se incluyen maestros como Jacob Jordaens, Cornelis de Vos o Pieter Fransz de Grebber.

Paulina Andrade / MNBA

  Sábado 30 de abril 2016 12:20 hrs. 
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Uno de sus descendientes, que actualmente vive en Alemania, intenta ordenar los hechos así: fue un tío del Príncipe Christian-Heinrich, August zu Sayn Wittgenstein-Hohenstein (también príncipe) quien adquirió una serie de pinturas en los años veinte en Berlín. Al estallar la Segunda Guerra Mundial, este último envió una caja con las obras y otros objetos de valor (entre las que se incluía una serie de piezas de plata) a Chile, transporte que fue organizado por Christian‑Heinrich y su familia, que tenía lazos con nuestro país.

Algunos años después, los objetos y las antigüedades regresaron a su hogar original, en Schwarzenau (Alemania), mientras que las pinturas, varias de ellas de gran formato, debieron permanecer en Chile. En 1959, la llamada Colección Wittgenstein se presentó en el Museo Nacional de Bellas Artes en la forma de una exposición “de grandes maestros de las escuelas italianas, holandesas, y flamencas de los siglos XVI y XVII de la colección del Príncipe Wittgenstein“.

Un año más tarde, el representante del noble coleccionista, Wolf von Gersdorff, ofreció al Museo adquirir las pinturas, a través de una carta oficial. El alto precio (30.000 escudos de la época) resultó inalcanzable para la institución, por lo que la compra se desestimó. Pero un movimiento inesperado de un privado sellaría el destino de las obras: fueron adquiridas por la Braden Copper Company, empresa estadounidense que administró la mina El Teniente hasta 1967, y que en 1962 donó las pinturas al Museo.

En las décadas de los 50 y 60, las pinturas fueron atribuidas a algunos de los más importantes maestros del arte europeo de los siglos XVII y XVIII, como los italianos Guido Reni (1575-1642) y Pietro Negri (1628-1679), o el flamenco Jacob Jordaens (1593-1678). Investigaciones posteriores confirmaron algunas de estas autorías, y cambiaron otras. A Reni, por ejemplo, se le atribuyó durante muchos años La fortuna, obra de carácter alegórico que retoma uno de los temas predilectos de los pintores italianos del Renacimiento: la señora del mar, temida por los navegantes y retratada por Horacio en las Odas.

La fortuna.

La fortuna.

Uno de los intentos más serios por reconstruir la historia de las obras de Wittgenstein tuvo lugar entre 1991 y 1992, cuando se  llevó a cabo un proyecto de investigación sobre la colección de pintura extranjera del Museo, que incluyó correspondencia con historiadores del arte y especialistas de museos europeos y estadounidenses. En este contexto, el ex director del Museo del Prado, Alfonso Pérez Sánchez, inspeccionó La fortuna durante una visita a Santiago en 1992, concluyendo que la obra no era italiana, sino flamenca de fines del siglo XVI. No obstante, su autor es aún desconocido y todavía motivo de investigación para el Departamento de Colecciones del MNBA.

Poco a poco, y en base a respuestas como la anterior, fue posible conectar algunas de las obras con escuelas locales o con los círculos de aquellos artistas. No obstante, la autoría de cuatro de ellas, realizadas durante el siglo XVII —incluyendo a la ya mencionada La fortuna—, permanece sin confirmar. En el caso de Cristo y la samaritana  y Descanso en la huida a Egipto, han sido atribuidas a Jordaens, discípulo de Rubens y uno de los grandes maestros del barroco flamenco.

La llegada de estas obras al país se dio en un contexto de masivos envíos de obras de arte desde Europa —y principalmente desde Alemania— al continente americano. Un último recurso para salvaguardar un patrimonio artístico cuyo destino, en medio del conflicto bélico, era más que incierto.

En el Museo Nacional de Bellas Artes actualmente se investiga otro caso emblemático: el del ciudadano judío alemán Max Roesberg, quien llegó al sur de Chile en 1939 con una valiosa colección de grabados, dibujos y acuarelas alemanas de los años veinte a cuestas. Diez años después, Roesberg donó al Museo Nacional de Bellas Artes cerca de 120 de sus piezas, las que fueron ingresadas a la colección extranjera de la institución.

La búsqueda continúa

En el marco de la preparación de la nueva exposición permanente del Museo Nacional de Bellas Artes, (en)clave Masculino (inaugurada en enero de este año), el Departamento de Colecciones del Museo reactivó en 2014 la investigación sobre las obras de la colección del príncipe Christian-Heinrich que pertenecen a su acervo. Las labores incluyen el contacto regular con los herederos de Wittgenstein, con miras a obtener cualquier información sobre la adquisición, los viajes, anteriores propietarios y procedencia de las piezas.

Actualmente, el MNBA exhibe seis obras de esta colección, en distintas secciones de la muestra (en)clave Masculino. Una forma de acercar al público este patrimonio, pero también de contextualizarlo como parte importante de la formación de los artistas y pintores chilenos durante los siglos XIX y XX. Las obras de Wittgenstein que llegaron a Chile en la década del 40 representan, ante todo, un puñado de lo más preciado del arte occidental del Renacimiento y el Barroco, que antes de eso se había apreciado básicamente en libros y otros impresos. Su incorporación a la muestra también obedece a una reflexión crítica sobre la influencia del arte canónico en cierto descuido por los contextos locales y la reproducción de modelos de género por parte de la academia chilena.

José y la mujer de Putifar.

José y la mujer de Putifar.

Muerte de Lucrecia.

Muerte de Lucrecia.

Baco y Venus

Baco y Venus

Pan y Siringe.

Pan y Siringe.

Hércules matando a los niños.

Hércules matando a los niños.

Hablamos de las obras Baco y Venus, de Jacob Jordaens, Pan y Siringe, de Jacopo Jacomo Palma, il Giovane (ca. 1548-1628); José y la mujer de Putifar, de Francesco Solimena (1657-1747), Hércules matando a los niños, atribuida al pintor barroco Alessandro Turchi (1578-1649), El juicio final, de Cornelis de Vos (ca. 1584-1651) y, finalmente, otra de las piezas misteriosas: La muerte de Lucrecia (siglo XVII), perteneciente a la Escuela Boloñesa y que representa otro de tópicos recurrentes de la época: el suicidio de la noble romana Lucrecia, en el año 510 A. C., luego de la violación sufrida a manos de otro patricio, Sexto Tarquino.

En la versión que resguarda el Museo Nacional de Bellas Artes, es el hombre quien sostiene el puñal, dando a entender que el ultraje representó para la mujer la usurpación inmediata de su vida. Pero para la Lucrecia de autor desconocido de esta historia, esta podría estar recomenzando.