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Álvaro Peña: “Lo paso bomba escribiendo brutalidades”

Dicen que es el primer punk chileno porque tocó en The 101ers, la banda que lideró Joe Strummer antes de formar The Clash. Sin embargo, ese es apenas un episodio de una vida plagada de historias, repartidas entre Chile, Alemania e Inglaterra. Aquí cuenta algunas, en primera persona.

Rodrigo Alarcón

  Sábado 29 de abril 2017 10:29 hrs. 
AP


Estoy en Chile presentando un disco, Yellow. Son canciones que yo canto, hay un baterista y un bajo, todo grabado en el momento, no hay pistas. Pusimos un buen micrófono, yo cantaba aquí, el baterista estaba acá, el bajista estaba allá y eso fue todo. Se ha tocado ya en Londres, en Berlín. A los americanos les ha gustado mucho. Es un vinilo amarillo, que se ve como un sol, muy bonito.

Yo nací en Valparaíso, en 1943. Eso me hace más o menos de 74 años. Yo era un exitoso director creativo de Walter Thompson, gané mucha plata ahí, me especialicé en la venta de detergentes a nivel mundial, pero tiré todo por la ventana cuando tenía 30 años y cambié mi vida radicalmente. Dejé esa vida, tiré todo el dinero por la borda, no quería saber más, aunque me pagaban muy bien. Me di cuenta que mientras más tonta la campaña de publicidad, mejor le iba, entonces escribí una canción que se llama “Tonteras”. Por ahí iba la cosa. Me convertí al hinduismo, que fue un cambio muy importante y provechoso en mi vida, porque me puse mucho más tolerante.

Tuve mi primera actuación en Villa Alemana, en 1962, como saxofonista de un grupo que se llamaba Los Dandys. De ahí pasé a un conjunto que se llamaba Los Búmerangs, de la república independiente de Playa Ancha. Después pasé al conjunto que me gustaba más, que fueron Los Challengers. El de aquella época era un Valparaíso lleno de vida. Había un puerto donde los barcos no se quedaban cinco horas, como ahora con la cuestión de los containers que van y vienen, sino que se quedaban cinco días, entonces los tripulantes salían al Barrio Puerto, a la Plaza Echaurren, donde estaban los lugares que ahora son emblemáticos: el American Bar, Los Siete Espejos, que era una casa de lenocinio… nosotros usábamos esa palabra antiguamente. En Los Challengers tocábamos rock and roll, en campeonatos de rock and roll en Viña y en Valparaíso, en Las Tinajas, en la caleta El Membrillo. Ya en ese momento se empieza a vislumbrar lentamente una estructura musical de la gente joven en Valparaíso. Aparecen dos hermanos que marcaron un gran recorrido, los hermanos Vásquez, que tomaban a los conjuntos y ya se hablaba, tal vez, de representantes. Tocábamos una copia de la música de Inglaterra y de Estados Unidos. Los discos los traían los marinos americanos. Todavía se pueden encontrar joyitas en Valparaíso, si uno busca harto en el cachureo. Era un momento muy interesante. Después vino el container, que cambió la figura totalmente.

Una de las cosas más interesantes que vi en mi vida fue a Bill Haley y Sus Cometas, en Viña. Dejamos la cagada. Bill Haley tenía un ojo de vidrio, tenía 45 años y tocaba con un equipo chiquitito, de 60 watts, por donde salía la guitarra y la voz. El gallo del bajo no se escuchaba nada, de ahí sale toda esta cuestión de tocarlo acá abajo (imita el movimiento, tocando casi a ras de piso). Claro, no tenía nada que hacer el pobre. El saxo tocaba totalmente acústico, sin amplificación, pero el ritmo era fabuloso.

Joe Strummer me puso el “Huaso”. Todos en el grupo tenían un nombre. Después Joe Strummer se cabreó de los Cientouneros (The 101ers). Bueno, yo me cabrié antes con él, porque quería hacer mi propia propuesta, una música un poquito más chilena. No quería seguir tocando el famoso rock and roll que había tocado en los años 60 en Valparaíso. Ya lo había archi tocado y, además, era diez años mayor que ellos. Yo dejé la banda, pero después él terminó con la banda completa. Joe Strummer era hijo de un diplomático inglés, no pertenecía por ningún lado al proletariado, entonces se echaba a perder el acento, hablaba como cockney. Eran todos así, yo era el más peliento de todos.

Mi primer instrumento fue la trompeta, tenía una trompeta muy mala que me compró mi papá. Tenía clases con un músico de Viña que me dijo que cambiara inmediatamente la trompeta, porque estaba echando a perder el oído, estaba muy desafinada. Ponga un aviso en el diario, véndala a ojos cerrados, haga lo que quiera, me dijo. Yo puse el aviso en el diario y vino un cabro joven, de mi edad, compró la trompeta y se la llevó. Cuando me deshice de la cuestión esa, mi papá me compró un saxo, porque a él le gustaba la música, no a mi mamá, que siempre estuvo en contra de la música, porque yo era muy mal alumno, pandillero, todo eso. A este profesor lo vi como tres o cuatro semanas después y me dijo: ¡oiga, usted hizo una cosa muy mala, joven! ¿Por qué? Usted vendió la trompeta. ¡Pero si usted me dijo que vendiera la trompeta!, le dije yo. Pero es que este chico me vino a pedir clases a mí, me respondió, jajaja. Lo más curioso es que el que compró la trompeta era Gabriel Parra, de Los Jaivas.

Con Los Jaivas éramos muy amigos, hasta que llegó el momento en París, en que se cortó el asunto. Con mi mujer estábamos viviendo en el norte de Francia y fuimos a París a ver a Los Jaivas, porque iban a tocar en el famoso Olympia. Pucha, ¡el Olympia! Llegamos allá y era en el Olympia chico, no en el grande a las 20 horas, sino que en el chico, a las tres de la tarde. Bueno, entramos, estaban todos los fans de Los Jaivas y yo le dije a Claudio, parece: “oye, yo quiero tocar una canción súper buena que tengo, de Valparaíso, y traje un disco también”. Traía Drinking my own sperm, craso error jajaja. Entonces me dijo que tenían el programa completo. Pero una canción, le decía yo. No, que los tiempos, bueno, ya. Después les dije que no teníamos dónde quedarnos y “chuta, nosotros estamos los 16, en dos piezas”, etc. La alemana me dijo inmediatamente: ¿esta es la hospitalidad de los chilenos de la que me habías hablado? Quedé como chaleco de mono. Finalmente, al otro día fuimos donde ellos vivían y estaba el productor de ellos en la EMI. Yo le dije que les llevaba un regalo a Los Jaivas, este disco, que era Drinking my own sperm. El gallo miró el disco: ¡Esto es punk!, me dijo. No sé, le decía yo. “No, no, no, muchas gracias por haber venido” y me echó. Tuvimos que dormir en un saco de dormir, ahí supe lo que eran los chinches, una pila de cosas. Fue bastante triste esa historia, porque éramos amigos, yuntas.

Drinking my own sperm me marginó de todos los comunistas, el PC fue el que se portó más mal conmigo. Decían “Álvaro Peña está aquí, puta madre”, empezaban a pedir que mostrara los textos. “¿Pero cómo te voy a estar mostrando textos, si es una canción sobre Valparaíso?”. Quien me dio la pasada fue la minoría étnica mapuche, especialmente la familia Mariqueo, en Londres. Ellos dijeron que les gustaba mucho la voz mía, que era muy bonita música. Pero los comunistas, la gente política… después del disco me dijeron que era homosexual, degenerado, irresponsable, me tiraron todo encima. Entre esa gente también estuvo el amigo Redolés. Me acuerdo que una vez el comité de solidaridad para Chile hizo un acto, en una sala bien grande en Londres, y estaba la señora de Víctor Jara. Yo le dije: “¿me puedes presentar a la señora? Ando con un disco”. ¡El disquito poh! Y todavía lo estoy esperando. Una vez tocamos con Redolés en el Teatro Mauri, me saludó y le dije: todavía te estoy esperando. Trapearon el piso conmigo. Lo más curioso es que Drinking my own sperm fue grabado en un estudio donde el técnico me preguntó de qué país era, yo le dije y me contó que ahí había estado una señora con unas cintas de un chileno. ¿Cómo se llamaba? “Yara”, me decía. No tengo idea, quién será “Yara”, pensaba yo. Claro, la pronunciación inglesa: Jara, en inglés.

¿Qué es el error musical? Solamente existe cuando hay un parámetro que seguir, una ley. Ahí se produce el error musical. Es parecido a lo del pecado. A los músicos que tocan conmigo siempre les digo: ustedes no están cometiendo errores ni nada. Esta música está en bruto, yo se las paso a ustedes, que la toman, la moldean a su idiosincrasia y la tocan conmigo. Yo solo les doy un parámetro de armonía. Cada vez las canciones mías se están haciendo más minimal. Una de las mejores canciones en ese disco amarillo es “La piedra en el zapato”, que tiene solamente tres notas, no tiene ni acordes.

Nunca aprendí a tocar el piano. Para tocar el piano en Alemania hay que inventarse un cuento muy, muy bueno, porque estos gallos inventaron toda la cuestión, así que hay que llevar una contrapartida. Entonces se me ocurrió la idea de ponerme guantes, porque me equivocaba mucho. Después los alemanes decían: qué extraordinario, este hombre comete el error justo en el momento adecuado jajaja. Los ingleses encontraban que era una cuestión extraordinaria. Eso sí, los Cientouneros (The 101ers) me dijeron que era un suicidio musical. Bueno, hasta ahora me mantiene vivo.

¿Qué mensaje quiero transmitir? Yo trato de hacer los menos mensajes posibles. Es como me sale. Por eso esta música es media difícil de vender. ¿En qué categoría la pones? ¿Es punk? No, no es tanto punk. ¿Es de vanguardia? Hasta por ahí, un poquito. ¿Es folclore? Podría llamarse, qué se yo. Pero también tienes baladas, como “Amor de martes”: te amo los martes y no los miércoles. No calzan dentro de Drinking my own sperm. No sé, pero yo la paso bomba escribiendo brutalidades.

*Este artículo es un extracto de la conversación que Álvaro Peña sostuvo el pasado miércoles 26 de abril, en La Tienda Nacional, con el público presente en el lugar.