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Goles y sangre: el Estadio Nacional según los Antifascistas de Los de Abajo

Los “Antifas” de Los de Abajo dicen haber trascendido al sentimiento y radicalizado posturas respecto de la discriminación, la homofobia o la causa mapuche. Un grupo de ellos es parte de un programa de la Corporación Estadio Nacional Memoria Nacional y realizan visitas guiadas a otros barristas de su equipo. ¿Puede este segmento resignificar su historia, luchar contra el fascismo, y a la vez seguir siendo hinchas?

Eduardo Andrade

  Domingo 29 de septiembre 2019 10:32 hrs. 
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Cuando le pregunto a Raúl por la barra del equipo contrario su rostro cambia. Es inevitable llegar hasta este punto. Estamos en un estadio; sin embargo, aunque lo parezca, él no es un futbolista y no carga con respuestas aprendidas. Raúl sobrepasa el metro ochenta y me ha pedido que le cambie el nombre para esta historia.

Dice: “No sé cuáles son sus convicciones; se entiende que nos encontremos en la calle, pero evitamos el roce”.

No es por morbo que le pregunto a un hincha antifascista de Los de Abajo por la facción equivalente en la Garra Blanca. La primera corresponde a los hinchas de Universidad de Chile, la segunda a los de Colo Colo. Solo entre ambos, según la encuestadora Adimark, concentran el 70 por ciento de la fanaticada futbolera del país, razón suficiente para entender que el uno depende del otro. Además, se me ha advertido que, si pienso incluir alguna voz del rival en este texto, debería consultarlo primero con la barra, o con Raúl en este caso que, aunque me ha asegurado que en Los de Abajo ya no existen los cabecillas, esta noche, en el Estadio Nacional, parece ser quien lleva la batuta.

No sé cómo ellos resignificarán la historia desde acá. Claro, es la historia del pueblo, pero no sé cómo la ligarán desde su club”, sentencia Raúl y es lo último que dirá sobre tema.

Falta menos de una semana para que en Chile se conmemore un aniversario más del golpe de Estado y esta noche, Raúl y una centena de hinchas de Los de Abajo, tienen planeado recorrer el Estadio Nacional de una manera diferente a la que suelen hacerlo cada quince días. A principios de los 2000, un grupo de ex detenidos políticos solicitaron algunos espacios de este complejo de casi 64 hectáreas para convertirlo en el sitio de memoria que es hoy. Así, durante ya casi dos décadas y de forma voluntaria, los llamados “monitores” realizan aquí visitas guiadas y dirigidas a todo público. Todo a nombre de la Corporación Estadio Nacional Memoria Nacional.

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Pero los recorridos para barristas aún no superan los tres años de antigüedad. Angélica Espinoza, profesora de historia y educadora de la corporación desde el año 2015, confiesa que la primera facción antifascista que se acercó a ellos fue la de la Garra Blanca. Después, en 2017, llegaron Los de Abajo,  y a ella le tocó estar a cargo de ese recorrido. Esta dice ser su experiencia:

“Tenía un mal concepto de los barristas. Ahí hago un mea culpa porque gané una gran lección en ese primer recorrido. Me di cuenta que eran personas no como yo imaginaba. Mi prejuicio se derrumbó por completo”.

Un hincha es también una construcción que de casual no tiene nada. El profesor del Instituto de la Comunicación e Imagen de la Universidad de Chile, Eduardo Santa Cruz, es famoso, entre otras cosas, por sus investigaciones sobre fútbol y cultura. Para él, en el caso chileno, la formación de un hincha -de una hinchada- estuvo estrechamente ligada a la privatización del fútbol. La lógica o la consigna empresarial fue así: los socios piensan mucho, critican y joden; los hinchas, en cambio, están para sentir, no para pensar. “La irracionalidad es su baluarte, y con ello asociaron identidades. Fue terrible”, me dijo Santa Cruz.

Contrario a eso, lo que Angélica Espinoza encontró a casi treinta años de la fundación de dos de las barras más grandes del país, fue un grupo de hinchas con una postura política marcada y crítica, que en octubre del año 2018 se reconfirmó a través de un pedido, esta vez, de la facción antifascista de Los de Abajo: querían convertirse en monitores. Eran más de 50 voluntarios, una cifra récord que iba por más, barristas que querían hacer recorridos históricos para otros barristas. “Resignificar”, diría Raúl, recuperar eso que el fútbol mercantil les arrebató sin preguntar.

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Después de dos o tres muletillas el primer monitor de nuestro grupo se traba. “No sé qué más les puedo decir”, repite y en el silencio nocturno se escuchan los autos a través de la avenida Grecia y el agua golpeando suave al cemento alrededor de una pintura de Guillermo Núñez. Se lee: “Una agonía como huella”. Un grupo de deportistas pasa trotando indiferente por el costado. “El agua es como una limpieza”, atina a decir el monitor. Todos aplauden, somos casi 30 en este grupo y aún quedan tres más.

La hinchada antifascista de Los de Abajo tiene no más de 20 años de formación. “Antes era un sentimiento”, dice Raúl, pero el vínculo entre política y la hinchada del club es superior a aquella data. Es más, para Eduardo Santa Cruz, esto incluye también a la Garra Blanca por una coincidencia. Ambas barras, según el investigador, emergieron en medio de la dictadura y en una época donde las graderías se convirtieron en un lugar de protesta contra el régimen.

Así, por ejemplo, un gol se podía festejar al ritmo de “y va a caer, y va caer, la dictadura va a caer”, un estribillo que el mismo Raúl aseguró es original de la hinchada Los de Abajo, cuando de antifascistas tenían todo, menos el nombre.

Hoy, sin embargo, las facciones antifascistas han reivindicado y radicalizado posturas en contra de la discriminación, la homofobia, la causa mapuche, el feminismo y hasta los conflictos del medio oriente. La última gran aparición de estas, antes de las actividades previas al 11 de septiembre, fue en la marcha antiinmigrantes anunciada para inicios de agosto y en la que, mientras el Gobierno a través de la intendencia la prohibía sin otorgar una postura frente a su contenido, los “antifas” de las barras bravas acudieron igual a lo que llaman “el choque”, porque “al fascismo no se le discute, se le destruye”.

Sin embargo, “ellos antes de ser antifascistas son hinchas”, me dijo Angélica Espinoza y, entonces, habría algo a lo que si pudiesen destruir también lo harían sin pensarlo. ¿Cómo creer, así, en una hinchada en la que nadie puede ser juzgado por su condición social, sexual, racial, pero sí por una camiseta? El argentino Ricardo Piglia escribió alguna vez que un escritor es alguien que traiciona lo que lee, y pienso en ese oficio y su nexo con el hincha, la gradería, la paciencia, la vigilia, el instante esperado, el gol, y la traición también, la traición a lo que uno cree.

“Estos grupos son absolutamente contradictorios en sí mismos, son victimarios, pero víctimas del desarrollo de un tipo de fútbol mercantilizado, que los sitúa en un lugar reduccionista del punto de vista del desarrollo humano”, me dijo Santa Cruz.

Cuando atravesamos las escotillas -con las paredes rayadas con calendarios y nombres de empresas y fábricas como tribus-, cuando cruzamos el túnel hacia el memorial de la Escotilla 8 -la misma en donde David Pizarro homenajeó el año pasado a los caídos en dictadura-, cuando miramos las luces tintineantes de la avenida Grecia frente a la pista atlética, pienso en los muros con el mecanismo de construcción que alguna vez tuvieron los cassettes, sus registros de tiempo y de sonido en el concreto.

Una monitora expone el ejemplo un hincha de la U que estuvo en uno de los camerinos de hombres debajo de la tribuna Andes, pero por allí pasaron 40 mil más y en 56 días. El exterminio no distinguió clubes, esos líos tuvieron su partido aparte.

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Le pregunté a Angélica Espinoza por cuál creía que era el vínculo más importante entre la U de Chile y la política.

“Más allá de este espacio (se refiere al estadio), creo que el vínculo más importante es que Salvador Allende era hincha de la U”, me dijo sin dudar.

Casi como una suerte de leyenda, Angélica sabe y entiende la metáfora. Allende, por un lado, con un proyecto deportivo para el club cortado con la llegada de la dictadura; y Pinochet, por el otro, y uno de los principales trapos que Los de Abajo restriegan en la cara de sus rivales en cada partido: el Monumental, el estadio de Colo Colo, como un regalo de la dictadura.

La respuesta que Los de Abajo reciben de vuelta es que el estadio Monumental fue construido gracias a las cuotas de sus socios, mientras que el club universitario no cuenta, hasta el día de hoy, con una cancha propia. Sin embargo, cuando conversé con Nora, otra barrista de la hinchada antifascista y que también prefirió ocultar su nombre, me dijo que su casa era esa -el Nacional- y que el recorrido que estaban haciendo les confirmaba más que el declive de su club vino de la mano con el nuevo régimen.

A nosotros nos arrebataron cada uno de los sueños que teníamos cuando Pinochet llegó al poder. Teníamos comprado el terreno, ese terreno hoy es de los milicos. Entonces, esta también es una forma de lucha”, aseguró Nora.

Quizás por eso es que cuando la hinchada le propuso a la Corporación del Estadio capacitarse para los recorridos, superaron como nunca la cantidad de voluntarios. Quizás por eso, según Angélica Espinoza, aquella fue la única capacitación que empezó y terminó con la misma cantidad de participantes. Quizás por eso, como dice Raúl, la radicalización de sus posturas y hasta la justificación de la violencia.

“La violencia en Chile está totalmente justificada y la vamos a seguir justificando porque creemos que el sistema es violento y nosotros también vamos a ser violentos con el sistema”.

El día del recorrido por el memorial del Estadio Nacional, Ignacio Márquez, un profesor de inglés fanático de la U, leyó frente a toda la hinchada un texto suyo que relataba historia ficcionada de un hincha cuyo padre fue asesinado en el Nacional y que, desde entonces, él decidió no volver a entrar allí.

Márquez, que tiene publicado un libro de cuentos sobre la Chile titulado ‘Más allá de la muerte’, me dirá luego de esa noche, que comparte hasta en un ochenta por ciento las posturas de la hinchada antifascista de Los de Abajo, pero que ese 20 restante tiene que ver justamente con la radicalización de algunas posturas.

Pero antes que ‘antifas’, los que oyeron el texto de Márquez aquella noche, eran hinchas, y el hincha se emociona con los goles y con la añoranza de las glorias descritas en su lectura. Glorias del azar casi siempre, glorias del fútbol.

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Cuando Gustavo Lorenzetti marcó el segundo, apretó el puño y lo agitó”, repitió Márquez y con eso, cualquier hincha de la U le entregaría la atención entera. La historia es conocida y termina con el club dando la vuelta olímpica en el mismísimo Estadio Nacional, alguna vez bañado de sangre, y levantando la Copa Sudamericana.

“Fue en ese momento cuando Nataniel Rodríguez se encontró a sí mismo llorando y alzando los brazos y la mirada al cielo, para traspasar la muerte y encontrar y abrazar a su padre, que cayó en ese lugar terrible desde donde ahora la U de Chile, la Chile, le estaba haciendo gritar y llorar de alegría”, concluye el texto.

La historia no ha vuelto a repetirse desde entonces y por lo menos, a nivel de clubes, la maldición parece engordar de nuevo.

“La U está usurpada actualmente”, me dijo Raúl. “Nosotros no somos un club en este momento, somos una sociedad anónima. No tenemos derecho a voz, a voto, a nada dentro del club”.

Si es así, ¿con qué posibilidades se queda la hinchada de volver a soñar con un nuevo festín de goles, con una hazaña, con una Sudamericana? Pero Raúl y cada miembro que compone el segmento antifascista de Los de Abajo tienen además otro sueño de cabecera: convertir a toda la hinchada a un manifiesto antifascista tal como sucede en clubes europeos como el Rayo Vallecano, en España, o el Livorno, en Italia.

“Nos dicen los eternos soñadores y en soñar no hay engaño”, repitió Raúl convencido. “Creemos que podemos hacer que la hinchada siga convirtiéndose en una barra con una postura. Si somos capaces de que los gobiernos creen leyes en contra de nosotros, entonces tenemos un poder muy fuerte”, sentenció.

 

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