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Año XII, 25 de noviembre de 2020

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Eduardo Andrade

El tiempo perdido

Eduardo Andrade | Domingo 28 de junio 2020 10:47 hrs.

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Leo con atención un texto publicado el domingo en El Mercurio mientras Andrés Montoya agoniza solo en el pasillo de un hospital del norte peruano, conectado a un balón de oxígeno y a la espera de un ventilador artificial. “La doble tragedia de los peruanos en Chile” dice el título, y lo que sigue es casi una premonición perfecta.

El “gringo alto”, como le decíamos en casa, nunca encajó en nuestra foto familiar mestiza y de marcados rasgos andinos. Evidentemente, antes de que la edad empezara a encogerlo de a pocos, era el más alto de los veintitantos con los que me reúno siempre cuando regreso a casa; el más blanco, el más “colorao”. La última vez que hablé con él fue hace un par de semanas en una reunión clandestina que organizó mi familia en casa de mis abuelos después de casi tres meses de confinamiento. Porque sí, pese a las advertencias, a las noticias, a todo, bajaron la guardia. Les ganó la ansiedad, la nostalgia.

Dos domingos antes de fallecer, Andrés Montoya pidió el teléfono con el que realizábamos una video llamada en esa junta y noté que se alejó del comedor para hablar conmigo. Andrés no era el único de mis tíos encandilado con el fútbol, pero sí el único pendiente de la liga local, de los partidos del Alianza y de sus casi siempre desacertadas contrataciones. Compraba y leía religiosamente su periódico deportivo en papel y me comentaba siempre sobre algunas pepitas internacionales que se encontraba allí, sobre todo cuando estas tenían que ver con Chile y con la pandemia últimamente, como sucedió en esa llamada.

No recuerdo que más me dijo ese día ni a quién le pasó el teléfono después. Ese ritual es una tómbola y casi nunca alcanzo a hablar con todos. Son demasiados. Cuando niño solía sentirme afortunado de tener una familia así de grande, que funcionara en bloque, que no te dejará siquiera un día almorzar acompañado solo por el miserable ruido del televisor. Pero era una trampa, entendí. Después de esto, sé que así habrá más despedidas.

Podría tratar de explicar ahora, como ya lo hemos intentado en los grupos familiares de WhatsApp, cómo es que Andrés resultó contagiado. Podría tratar de extrapolar esto y decir también que la ciudad de mis padres agoniza, podría intentar buscar culpables y pensar en los 60 mil soles de garantía (casi 17 mil dólares) que pide una clínica privada en Trujillo para acceder a un ventilador artificial y los 6 mil soles diarios que cuesta su arriendo. Pocos días después de la muerte de Andrés, veo un vídeo viral del Internet en donde Martín Vizcarra interpela a las clínicas y les otorga 48 horas para regularizar sus cobros y amenaza con expropiarlas. Pero en lo único que pienso ahora es en el tiempo, en el tiempo perdido.

He leído en algunos textos -sobre todo cuando inició la pandemia- esa idea de que no hay que pensar este año como un tiempo perdido, sino más bien como un retiro y una ganancia, una pausa necesaria para regresar con fuerza y abrazarnos. Pero este texto no es parte de una propaganda política ni mucho menos pretende dejarte con la energía a tope. Si lo que esperas es eso, detente; quédate solo con la idea de que la vida es injusta, que la pandemia existe y que mata, mata en algunos lugares más que en otros.

Poco después de esa reunión en la que mi familia también acordó juntarse para celebrar el Día del Padre, una de mis primas -la hija de Andrés justamente- me comentó sobre una sensación extraña que había sentido al abrazar a mis abuelos, una sensación que, al escucharla describir, supe que se parecía a algo que los que alguna vez nos fuimos sentimos cuando volvemos, pero de la que casi nunca solemos comentar.

Así que ahora, como también ha sucedido en esos textos de latinos viviendo en Europa y cuyos títulos son algo así como “te escribo del futuro”, intentaré jugar a eso y te hablaré veloz del tiempo y la nostalgia. “La nostalgia es como una enfermedad”, le dijo un sacerdote irlandés a la protagonista de la película Brooklyn (2015). “El tiempo la cura y después otro es contagiado por ella”, remató.

Si algo nos ha dado esta pandemia es quizás la posibilidad de entender que hay debajo del pellejo de la gente como los presos o como los migrantes, porque si hay algo que nos hermana a todos ahora mismo, es que ninguno encontrará la vida tal cual la dejó, por más espejismos aparentes.

Pasará la pandemia un día y muchos saldrán corriendo a abrazar a sus familias intactas, ojalá así sea. Abrazarán a sus hermanos, a sus padres, a sus abuelos y sentirán ese humor conocido y confortable en el que podrían quedarse para siempre en un eterno pero engañoso presente. El tiempo no cura gratis a la nostalgia y deja huellas. Entonces, sentirán la fragilidad de sus huesos como suspendidos en el aire, y sus pieles suaves como un huevo recién cocido a punto de desmoronarse. Entonces, sabrán que envejecieron y que, de ganancia, en esto, no hubo nada. Callarán, entonces, no dirán nada, pero lo sabrán.

*La fotografía de portada es cortesía de Gian Masko Angulo.