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Año XVI, 21 de mayo de 2024


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La Araucanía que ni vemos ni mentamos

Columna de opinión por Maximiliano Salinas Campos
Martes 4 de agosto 2020 15:39 hrs.


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“Hay poca naturaleza, poquísima atmósfera, tierra y agua en la poesía chilena. […]. Hemos tenido paganías pero no paganismo y de allí nos vino seguramente nuestra vieja sequía emocional.”

Gabriela Mistral, Carta para muchos [julio 1934], Santiago, 2014, 210.

Hace cien años Gabriela Mistral definió a Chile. En 1922: “Con lo del viaje de [José] Vasconcelos a Chile, mi país ultraconservador, se alarmó de mi estada en México, junto a él, por las ideas contra el militarismo y en favor de la cuestión agraria que dio.” (Mistral, Antología mayor, ¿1922?, 104). El destacado intelectual de la Revolución mexicana había venido a Chile a hablar de las esperanzas históricas de los indígenas de su país. Los conservadores se burlaron de él y de la poeta que acompañó a Vasconcelos en México: “Hace poco el diputado conservador Tizzoni atacó el libro de Lectura de Guzmán sólo para reírse de una poesía mía en…la Cámara” (Mistral, Antología mayor, 1923, 105). El país ultraconservador. ¿Seguimos iguales? ¿Qué ocurrió en los últimos cien años? El conservador sostiene imperturbable el gesto colonial, el ademán inconfundible del privilegio. El derecho del más fuerte. “[La] fuerza también me parece salvadora, aun cuando en Chile posee aspectos de brutalidad y de ‘matonaje’ que me repugnan” (Mistral, Antología mayor: 1926, 145).

El conservador puede terminar deshaciendo los logros más entrañables de la historia. En 1941 dice Gabriela Mistral: “[Me] pasma ese matrimonio de chilenos de nota conservadora y de aventureros nazistoides. […]. Yo no sé sino ahora qué inmensidad de gente había allá adentro para la cual la idea de patria, de independencia, de decoro, de tradición republicana, en buenas cuentas, no les importa nada y que están prontos para tirar por la borda ese conjunto de cosas santas” (Vuestra Gabriela, 1995, 67-68). La tirada por la borda fue tres décadas después, en 1973. El conservadurismo triunfante entonces aún continúa con el descrédito machacón de sus adversarios. Un exsenador y ex presidente de Renovación Nacional caracterizó hace poco a la izquierda histórica de Chile por su identidad golpista. ¡Cómo no ver la viga en el ojo propio!

¿Cómo salir del pasado, del pasadizo conservador?

Lo primero, indispensable, es despejar la mirada, deponer los territorios del privilegio. Inspirarse en el entorno común y corriente que brinda la amplitud y la sencillez de la Tierra. Salir del arrebato citadino y ciudadano: “La capital nuestra, el Santiago ayancado y descastado que tenemos, ignora bastante la lengua que habla el campo de Chile.” (Mistral, Carta a mi biógrafo: 1934). Necesitamos volver los ojos a los pueblos originarios. Durante treinta años Porfirio Díaz, militar y presidente, ignoró la poderosa raíz indígena en México. “Admiro de México sobre todo el indio: una raza dulce, laboriosa, frugal, pasta espléndida que han olvidado y desdeñado criminalmente los hombres de don Porfirio Díaz.” (Mistral, Antología mayor: ¿1922?, 103).

El país conservador por desidia colonial menospreció sin compasión lo indígena. Le sonó a primitivo, inservible, rudimentario. Un célebre Chicago boy, ¡palabra ayancada!, casi imitando el porfiriato mexicano, dijo que antes que llegara el neoliberalismo Chile vivía en rucas. ¡Admirable metáfora! Los pueblos indígenas no están en el pasado. Al contrario, vienen del futuro. “Nómbrala tú, di conmigo: / brava-gente-araucana. / Sigue diciendo: cayeron. / Di más: volverán mañana.” (Mistral, Poema de Chile). “Hemos tenido paganías, pero no paganismo y de allí nos vino seguramente nuestra vieja sequía emocional.” (Mistral, Carta para muchos, 1934). Precisamos dejar los jarritos del ‘Occidente cristiano’, ideología oficial del golpismo de 1973, reedición anacrónica del racismo castellano del siglo XVI. “Un cristianismo a base de un jarrito chico de cultura cristiana y de caridad es muy inválido para salvar” (Mistral, Antología mayor: 1947, 440). El cautiverio colonial nos resecó por dentro y por fuera. El país conservador desertificó nuestra geografía exuberante y nuestra historia innumerable. ¿Seguiremos tutelando la ausencia del Espíritu que vigoriza al conjunto de la humanidad con la multiplicidad de sus paganismos, sus creencias culturales y religiosas?

La piedad colonial garantizó supuestamente la omnipotencia del Dios padre único, católico. Con él se construyeron las artes y las letras de una sociedad chiquita, la filosofía de un mundo incompleto. Todos imitando al divino artífice: presidentes, obispos, patrones, alcaldes, profesores, mujeres engañadas y engañosas. ¿Cuán real fue aquello? ¿Cuán aparente fue? ¿No fue un mundo apenas, a duras penas, constituido desde los artilugios finalmente capitalinos, hace apenas cinco siglos? ¿Sin el concurso extenso, cálido y vasto de la Tierra? Los Mapuche, hermanos mayores nuestros, parientes lejanos y cercanos, creen y confían en un universo más extenso, armonioso y vasto, a imagen y semejanza de la diversidad y la entereza de la Tierra. La totalidad natural y social recoge la paridad de generaciones y de géneros. La Tierra es, al mismo tiempo, joven y adulta, lozana y anciana, hombre y mujer. Ngünechen, cuidador celestial del existir humano y cósmico, expresa por lo mismo estas mismas identidades familiares. ¿No se funda así una convivencia más íntegra y generosa que la aporreada por el país conservador? Todavía más, es posible que estas creencias ancestrales hagan sentido a un pueblo que sólo respondió resignadamente a los códigos externos del espíritu colonial: “Una reiterada observación durante nueve años, me hace pensar que, sicológicamente, uno de los pueblos inconfundiblemente indios es el chileno. Sus apariencias externas pueden despistar, pero las psíquicas y sociales no” (Luis Alberto Sánchez, Examen espectral de América Latina, 1962, 72). Sin advertirlo, enemiga de la Tierra antigua y nueva, la pereza conservadora prolonga la verdadera sequía más larga de nuestra historia: “Vamos pasando, pasando / la vieja Araucanía / que ni vemos ni mentamos. / […] / Nómbrala tú, di conmigo: / brava-gente-araucana. / Sigue diciendo: cayeron. / Di más: volverán mañana.” (Gabriela Mistral, Poema de Chile).

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.