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Año XVI, 24 de junio de 2024


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Yo soy de aquí, y soy de allá. Yo soy palestina

Columna de opinión por Sheryn Barham
Jueves 18 de mayo 2023 11:52 hrs.


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¿De dónde eres? La respuesta normalmente es fácil pero no siempre lo es para nosotros, palestinos y palestinas de la diáspora, ya que ocasionalmente nuestra respuesta – nuestra identidad – es cuestionada por terceros. Parece que además de la ardua lucha contra la despalestinización de nuestro territorio y la eliminación de todo vestigio de nuestra existencia, nos vemos envueltos en conversaciones en las que debemos explicar, defender e inclusive fundamentar la validez de nuestra identidad…nuestra palestinidad.

En muchos casos quienes interpelan nuestro acervo identitario, lo hacen desde la curiosidad y el desconocimiento. Y es entonces cuando, con enorme emotividad y orgullo, relatamos nuestra historia y hablamos sobre la realidad de nuestro pueblo y la de nuestros antepasados. Pero hay quienes la interpelan desde una postura ofensiva y es allí cuando, con respeto y mucha dignidad, se hace necesario defender nuestra identidad. Sea cual sea el caso, es fundamental dilucidar la situación de la diáspora palestina en un camino hacia la rectificación, el reconocimiento y la reivindicación.

Empecemos por recordar que Palestina permanece, desde hace 56 años, bajo la ocupación ilegal por parte de un tercer país. Esto, a su vez, se traduce en que al día de hoy al menos la mitad de la población palestina – más de 7 millones – vive fuera del territorio ancestral. De ellos, más de 6.5 millones son refugiados y quienes, a pesar de tener legalmente garantizado por la ley internacional su derecho de retorno a los hogares y a la patria de los que fueron forzosamente expulsados en 1948 y 1967, no pueden ni siquiera visitarla. ¿Por qué? Porque el país que nos ocupa controla en su totalidad las fronteras palestinas, gestionando todo aquello que entra y/o sale.

Luego estamos los hijos de padre o madre palestinos nacidos en el extranjero. En base a nuestro ordenamiento legislativo somos palestinos y tenemos derecho a reclamar la nacionalidad; lamentablemente en la práctica, ese derecho también se ve vulnerado. A fin de poder formalizar la solicitud de nacionalidad, todo hijo/hija de palestina/palestino debe viajar al país antes de cumplir los 14 años de edad y obtener su número de identidad nacional, un número que, dicho sea de paso, es otorgado previa aprobación de la Potencia Ocupante. Pero no todos tienen la posibilidad de hacer un viaje a la lejana Palestina antes de los 14 años: es un viaje largo, costoso e inclusive emocionalmente desafiante: no todos estamos hechos para tolerar varias horas de interrogatorios aleatorios a manos de soldados israelíes altamente armados y mal predispuestos, ni soportar humillaciones con el objetivo de amedrentarte y evitar que quieras “volver por más”.

Esa es la realidad de palestinos hijos/hijas de aquellos nacidos en la zona de Cisjordania. Para los hijos de los palestinos nacidos en Jerusalén el proceso es aún más engorroso. Ellos deben viajar a Palestina al menos cada dos años antes de ser declarados por el Ocupante “presentes ausentes” y poder despojarles así de sus papeles en una intentona de quitarles su identidad y, por ende, sus derechos y hasta sus bienes. Y por supuesto, están aquellos palestinos hijos de la población gazatí. Si bien pueden tener un proceso de obtención de nacionalidad un poco menos complicado, la lista de desafíos que enfrentan al querer visitar familiares o aspirar vivir en Gaza es considerablemente extensa.

Para quienes carecemos de un número de identificación nacional pero que anhelamos establecernos en Palestina, adentrarnos en nuestra cultura, costumbres, idioma y vivir en un entorno familiar, podemos optar por dos vías alternativas:

1. La primera es solicitar la “reunificación familiar”, un proceso que debe contar con la aprobación de las autoridades israelíes y que puede llegar a tardar inclusive décadas…si es que sucede.

2. La otra opción es entrar a Palestina a través de un visado provisto por la Potencia Ocupante, y quedarte en Palestina (¡tu país!) de forma ilegal. Este proceso es sumamente costoso y agobiante ya que implica el acudir a varios abogados, decenas de consultas y desvivirte por la búsqueda de una ventana de oportunidad para obtener la reunificación familiar. Eso sí, en el larguísimo interín no puedes salir de Palestina y, la mayoría de las veces, tampoco de tu ciudad y las zonas aledañas a fin de evitar encontrarte con uno de los más de 600 checkpoints (puestos de control militar) y barricadas israelíes. En ese caso, eres deportado de Palestina sin la posibilidad de volver (al menos no mientras la ocupación se mantenga).

Como verán, nuestro vecino país y a su vez nuestra Potencia Ocupante hace todo lo que está a su alcance por obtener la mayor cantidad de territorio palestino con la menor cantidad de palestinos posible. Es por ello que, además de continuar expandiendo sus asentamientos y transfiriendo población extranjera al Territorio Palestino Ocupado mientras desplaza a la población autóctona palestina, en abierta violación de la IV Convención de Ginebra, se empeña en impedir que palestinos refugiados ejerzan su derecho al retorno; y que quienes nacimos fuera podamos obtener un número de identidad que avale, legalmente, nuestra nacionalidad, libre entrada y permanencia en Palestina.

Mi identidad, señores, así como la de miles de palestinos que nacimos en el extranjero, no viene dada ni por un número de identidad ni por un pasaporte. Nuestra identidad está intrínsicamente ligada a nuestro origen, nuestro sentido de pertenencia, herencia cultural y, por qué no decirlo, al enorme orgullo de pertenecer a un pueblo que tiene una amplia riqueza histórico-religiosa-cultural y que ha sido cuna de civilizaciones. Palestina es hogar de los samaritanos, la minoría religiosa más antigua al día de hoy. Somos literalmente la cuna que vio nacer a Jesús y, por supuesto, albergamos la Ciudad Santa de Jerusalén y su crisol de comunidades religiosas. Es sumamente importante que todos los palestinos honremos y compartamos nuestra historia y realidad por el simple hecho de que todas las nacionalidades, orígenes e identidades gozan de valor y merecen respeto por igual.

Entonces, recapitulando: ¿De dónde soy? Soy de aquí, y también de allá. Yo soy palestina.

*Sheryn Barham, diplomática palestina nacida en la diáspora.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.