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Opinión:

Los casinos y la mafia

Una cosa es ser empleado de un supermercado donde los obligan a usar pañales para no abandonar la caja, como asimismo, ser ovejero de un explotador casi criminal como José Meléndez y otra tener otra opción donde caerse muerto como sucedió con Cugat.

André Jouffé

  Lunes 22 de septiembre 2014 13:22 hrs. 
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Debemos excluir de entrada que la presente situación tiene lugar en Chile. Es el extracto de una entrevista de María Merida, una temida periodista española, que entre los años 70 y 90 paseó su libreta y grabadora por celebridades políticas, de la cultura y del espectáculo y que fueron reproducidas por importantes medios del mundo.

Una de ellas, al showman Xavier Cugat (Francisco de Asís Javier), nacido en Gerona, criado en Cuba y que llegó a Nueva York a los doce años, solito, con un violín en mano. Formó grandes orquestas, contrajo matrimonio con mujeres esplendidas, tuvo como amantes y/o esposas a Carmen Miranda, Abbe Lane, Charo Baeza, Susan Hayworth y Lana Turner. Atribuye que lanzó a la fama a Dean Martin, Jerry Lewis y Frank Sinatra. Reconoce que Rodolfo Valentino le abrió para su carrera triunfal al otorgarle un rol al lado de Pola Negri y Greta Garbo.

Los shows de Cugat fueron célebres hasta hace unos 30 años cuando la edad se lo comió. El introdujo el mambo y chachachá en los Estados Unidos y su show con Charo inauguró el famoso casino Caesar Palace de Las Vegas.
Lo sorprendió una buena vejez; murió a los 90, pues pese a estar rodeado de viciosos, nunca fue alcohólico, ni drogadicto, tampoco fumaba. Sólo mujeriego.

Pero el tema de esta columna encamina hacia otros rumbos. Merida le pregunta a Cugat sobre sus lazos con la mafia, los mismos que tuvo Sinatra.

Exaltado contestó: “Los casinos de Las Vegas pertenecen a la mafia, y solo en un conglomerado como en esta ciudad, pueden pagar los millonarios sueldos que cobran los artistas, yo incluido.

Pero el hecho de que nosotros los artistas trabajemos para ellos, porque nos contratan, no significa que pertenezcamos a la mafia.

Trabajé en un casino de Al Capone durante cinco años y él firmaba los cheques. Lo mismo puedo decir de Lou Castello. Pero de eso a que me vean pegando martillazos a las viejas en la cabeza o disparando metralletas, va a un abismo. Entre otras cosas, además, porque ninguno de esos jefes de la mafia usa personalmente la metralleta. Para eso tienen sus hombres.

Contra pregunta Mérida: ¿Entonces de alguna manera trabaja para la mafia?

“Todos trabajamos para la mafia, pero le repito, no soy mas que un músico. Y si no quiere perder una pierna, cíñase a lo que le digo.´
-Esto lo tomo como una amenaza. Bueno, pero usted que ha conocido a tantos jefes mafiosos, ¿Cómo son el trato?

Excelentes personas, además hacen obras de caridad
-¿A pesar de todo les teme?
-No tengo por qué temerles, porque no pertenezco a su organización. Mire, los mafiosos se matan entre ellos. Es como un ejército que tiene un general y oficiales en diferentes ciudades.

Cugat tuvo 23 perros. Nunca hijos porque se preocupaba de lanzar a sus mujeres a la fama para que luego se hicieran ricas y lo engañaran. Pero lo asumía sin dolor. Charo, una mujer de Murcia que tenia 18 cuando el frisaba los sesenta, fue su ultima mujer y esposa. El show se llamaba CUGAT y Charo. Años después confesaría estar dispuesto a dar un mundo por un show aunque fuese anunciado como CHARO y Cugat,

Ponemos este tema de que muchos saben para quienes trabajan y sienten que no son cómplices de las atrocidades de sus capos.

Una cosa es ser empleado de un supermercado donde los obligan a usar pañales para no abandonar la caja, como asimismo, ser ovejero de un explotador casi criminal como José Meléndez y otra tener otra opción donde caerse muerto como sucedió con Cugat.

Pues consciente de que un Luciano, Castello o Capone firmaban sus cheques, hace del músico un mafioso en grado menor, pero mafioso al fin pues recibió dineros de origen ilícito y quizás sangriento. Opciones laborales con su show y su talento, tuvo muchas para haberse sacudido de la Cosa Nostra.

Pero, al giro de la ruleta del Caesar, que encubría con su ruido la ráfaga de una metralleta disparada sobre un deudor, resultaba mejor rentado en relación a un trabajo limpio.

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