Diario y Radio U Chile

Año XI, 19 de octubre de 2019

Escritorio

Crónica:

El Cañaveral 1, el Cañaveral 2

Como vivimos tiempos de economías libres, social de mercado o como quieran llamarse, pero siempre en desmedro de los necesitados y todo tiene que autofinanciarse, además que museos de la Memoria y de Salvador Allende ya existen, Isabel optó por convertir el misterioso Cañaveral en un maravilloso centro de eventos. De hecho todos coinciden que es paradisiaco. Nada evoca que ahí convivieron por largas temporadas Salvador Allende y Miria Contreras, ninguna foto, ni siquiera un aire de ese pasado de hace cuarenta y tantos años.

Andrés Jouffé

  Martes 9 de diciembre 2014 15:43 hrs. 
derechos humanos

En los años 1971 a 1973 el Cañaveral, una parcela en El Arrayán, sector alto de Santiago, constituía una conjunción de varias cosas: allí coincidían Salvador Allende con Miria Contreras, su pareja extra matrimonial de más larga duración; era lugar de reunión del GAP (Grupo de amigos del Presidente, léase guardia personal); centro de encuentros políticos de la alta dirigencia de la Unidad Popular: Dicen que una especie de arsenal lo cual nunca fue comprobado, sede para entrevistas exclusivas como la concedida en este bello lugar junto al río Mapocho a Regis Debray.

En esa oportunidad Allende expresó ideas y propuestas que iban más lejos de la realidad política programada y derecha profitó para hacerlo pebre.

El lugar, se apreciaba desde el exterior como una casa grande y simple, con matas de aspecto justamente de cañaveral; escuchábamos la música de las aguas, de vez en cuando el silencio era interrumpido por el raudo ingreso y salida de los Fiat 125 azules de los GAP, pero en general el audio provenía del viento entre los eucaliptos, el agua y el misterio.

Entonces era un complejo de tres casas edificadas en los 1940 de características alpinas de unos 300 metros ubicados al lado del Río Mapocho con una vista privilegiada al cauce. La casona cuenta con 32 hectáreas de jardines y cerro con grandes árboles (eucaliptos). Se llega a través de dos vías; la principal en el kilómetro 5 de la carretera a Farellones, mientras que la otra es por un camino secundario, Las Hijuelas, proveniente de la avenida Pastor Fernández.

Poca gente tenía acceso allí. Se tejían los más increíbles comentarios y especulaciones; algunas fantasiosas, otras perversas, otras digas de terror. Pero la cosa no era tan así.

Luego de que el Gobierno Militar lo convirtiera en un Hogar de Niños que resultó un fracaso, la propiedad volvió a sus propietarios, en este caso a la hija única de Miria Contreras, Isabel Ropert Contreras, no sin pasar por muchos trámites. La hija de la Payita, dama emparentada con los pintores Pablo y Cuca Burchard. Burchard Engeling era un impresionista de corte intimista. Isabel supo amalgamar esta vena artística familiar con el estilo caribeño casi “naive” adquirido en su larga permanencia en el exilio cubano con el aditamento del paraje natural del entorno de El Arrayán.

Como vivimos tiempos de economías libres, social de mercado o como quieran llamarse, pero siempre en desmedro de los necesitados y todo tiene que autofinanciarse, además que museos de la Memoria y de Salvador Allende ya existen, Isabel optó por convertir el misterioso Cañaveral en un maravilloso centro de eventos. De hecho todos coinciden que es paradisiaco.

Nada evoca que ahí convivieron por largas temporadas Salvador Allende y Miria Contreras, ninguna foto, ni siquiera un aire de ese pasado de hace cuarenta y tantos años.

En este centro de eventos, magníficos jardines y toldos acogen a los participantes de fiestas, congresos y matrimonios. La casona misma presta sus pisos brillantes a bailes de todos los ritmos, el catering es de primera en fin, tampoco quiero aparecer como promoviendo el lugar. En lo personal me atengo a la nostalgia, a como se cuarteaban las miradas hacia el interior apenas abrían los portones. Quien entraba, quien salía. Entre los ocupantes de los Fiat 125 azul marino, Carlos Ominami, Pedro Jesús Jorquera y otros Gap de verdad. El escritor Luis Sepúlveda dice haber sido uno de ellos, pero ninguno de la antigua guardia lo recuerda de manera que lo atribuyo a su extraordinario realismo mágico pues a mi me contó que el “11” lo había sorprendido en Puente Alto, ciudad al sur de Santiago, entonces sector casi campestre, a cargo de una fábrica deshidratadora de ciruelas.