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Guerra comercial EEUU-China: los riesgos del proteccionismo

Roberto Meza A.

  Lunes 2 de abril 2018 13:32 hrs. 
chinausa

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El jueves pasado, el presidente de EEUU, Donald Trump, materializó sus advertencias de aplicar una tasa arancelaria del 25% a las importaciones de acero y de 10% a las de aluminio, aunque eximió del impuesto aduanero a una serie de países de Europa y América, dejando en evidencia que la decisión tiene como principal objetivo China, país que, empero, ocupa el 10º lugar como exportador de estos materiales a EEUU.

Beijing, por su parte, que también había advertido con responder a las acciones proteccionistas de Washington, cumplió este lunes con sus advertencias y anunció la imposición de aranceles comerciales a un conjunto de 128 productos estadounidenses, una determinación que aumenta el riesgo de una guerra comercial global. China, a través de un comunicado, anunció la imposición de aranceles del 15 por ciento a 120 productos (entre ellos la fruta) y del 25% para productos porcinos y relacionados procedentes de EE.UU.

Como se sabe, Trump ha justificado la medida porque “la industria del acero y el aluminio en EEUU ha sido devastada por prácticas comerciales extranjeras agresivas” y ha calificado el sector como “vital para la seguridad nacional”, una política fundada en una ley comercial de 1962, muy poco utilizada. En abril de 2017, el Departamento de Comercio realizó una investigación sobre si las importaciones de acero y aluminio “menoscaban la seguridad nacional” y concluyó, a inicios de 2018, que si lo hacía, abriendo las puertas para la aplicación de los citados aranceles por parte del Presidente norteamericano.

Pero el proteccionismo, si bien aparenta resolver problemas a industrias locales, la evidencia empírica internacional muestra que sus efectos suelen ser contradictorios. En efecto, se entiende por tal cuando una industria interna pierde o carece de la capacidad para competir frente a las industrias externas y el Estado decide penalizar a la competencia internacional mediante alzas arancelarias, lo que encarece el producto externo y mejora la posición competitiva de la industria nacional frente a sus consumidores.

Tales medidas suelen ser aplaudidas por diversos sectores pues, al sancionar a las firmas externas, aparentemente, se consigue beneficiar a la industria local y, en consecuencia, a los trabajadores que la integran y a las propias empresas, aumentando artificialmente sus respectivas ganancias. Sin embargo, el costo de esa protección es un alza de los precios que pagan los consumidores y público en general, vía mayor inflación, fenómeno que eleva los niveles de pobreza local y global, castiga la innovación y el proceso conocido como de “destrucción creativa”, que saca de los mercados a los productores menos eficientes.

Con una política proteccionista, que aumenta artificialmente el valor de un determinado producto importado, los consumidores se ven obligados a mover mayor cantidad de sus recursos para adquirir el mismo bien nacional, pero a mayor precio, hecho que, al mismo tiempo, hacer perder empleos competitivos en otros lugares del mundo, generando una caída global de productividad y eficiencia, pues castiga y retiene a quienes producen a costos comparativamente menores.

La diferencia de precios entre productos externos y locales tiene también costo de oportunidad, pues, la política proteccionista obliga al consumidor a gastar una mayor cantidad de dinero para comprar exactamente lo mismo. Ese diferencial de precios podría haberse ahorrado y/o destinado a demandar otros bienes de consumo o de capital para proporcionar mayor bienestar. Un proceso de esta naturaleza afecta, además, los avances tecnológicos que han hecho más eficientes a la competencia castigada arancelariamente. Es decir, políticas proteccionistas no solo perjudican a los consumidores y al empleo competitivo en el corto plazo, sino que impiden el proceso de destrucción creativa que libera recursos para explotar nuevos sectores o vías de conocimiento aún no desarrolladas.

Para EEUU, si bien las medidas fueron aplaudidas por la industria siderúrgica, cuya fuerza laboral ha caído desde unas 650 mil a 140 mil trabajadores desde los años 50 y obligado a cerrar a centenares de compañías del sector, al tiempo que el valor de las acciones de las principales sobrevivientes ha subido, los fabricantes de automóviles norteamericanos, el segundo mayor consumidor de aluminio y acero después de la construcción, han visto la decisión como un serio peligro para su competitividad internacional, con mucho mayor valor agregado.

En la práctica, un creciente proteccionismo y desglobalización que aísle a las economías en sus propios espacios mantiene a sectores productivos nacionales ineficientes, aumenta la inflación debido a una producción a mayor costo, reduce la capacidad de distribuir los excesos de demanda y oferta de una economía a otra, provocando inflación en unos y deflación en otros países especializados y/o exportadores de materias primas como Chile.

Históricamente, en EEUU, los presidentes Lyndon Johnson, Richard Nixon, Jimmy Carter y Ronald Reagan aplicaron cuotas -límites de importación- o precios mínimos sobre el acero, pero los estudios económicos han concluido que las medidas hicieron poco o nada para detener el declive de la industria. La administración de George W. Bush también impuso aranceles de hasta el 30% sobre las importaciones de acero en 2002 con un plazo de revisión de tres años, pero la Organización Mundial del Comercio (OMC) intervino en su contra, a la vez que se evidenció que era una política ineficaz para el boom de la construcción que vivía EEUU en esos años.

El Departamento de Comercio, por su parte, aplica regularmente cuotas compensatorias selectivas sobre productos siderúrgicos específicos que considera se benefician de subsidios injustos, razón por la que actualmente hay más de un centenar de acciones comerciales en vigor.

El uso por parte de Trump de una ley de seguridad nacional para poner en marcha las tarifas es inusual, aunque Reagan utilizó la misma norma para propósitos más limitados. La ley otorga al presidente total discrecionalidad sobre cómo y por cuánto tiempo aplicará los aranceles, a diferencia de otras acciones comerciales que se basan en condiciones económicas y están sujetas a revisión periódica. Pero, de acuerdo a algunos estudios, estas políticas le cuestan a la economía estadounidense hasta 200 mil empleos por el incremento de los costos de producción.

En conclusión, no obstante las críticas de las que ha sido objeto, la globalización ha permitido sacar de la pobreza a millones de personas, especialmente en China e India. Gracias a este proceso de comercio global abierto, por primera vez en la historia, en 2015 la extrema pobreza mundial cayó por debajo del 10 por ciento. Una escalada proteccionista con efectos sobre la globalización pondría en riesgo estos y otros logros.

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