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Año XII, 8 de abril de 2020

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Óscar Landerretche: “Me siento a medio camino entre la Concertación y el Frente Amplio”

El economista y profesor de la Facultad de Economía y Negocios de nuestra casa de estudios analiza su domicilio político y las razones de su incipiente carrera presidencial. Como eje, plantea el rol estratégico del Estado y los pactos con privados para avanzar hacia el desarrollo.

Claudia Carvajal G.

  Domingo 11 de agosto 2019 9:06 hrs. 





La idea de Óscar Landerretche de intentar una carrera presidencial nació casi improvisadamente, pero en las últimas semanas su nombre se ha repetido en la discusión nacional. El diputado Gabriel Boric calificó la candidatura del ex presidente de Codelco como un “invento de la élite”, dichos que fueron respaldados por el diputado socialista Marcelo Díaz. Por otra parte, el senador Carlos Montes, también del PS, manifestó que es proclive a que el partido presente “un candidato más joven que los que hemos presentado hasta ahora”.

El mismo Landerretche reconoce que la idea está aún en ciernes. Que está tanteando el terreno, viendo si hay suficiente agua en la piscina para iniciar seriamente su candidatura. También entrega sus coordenadas políticas y habla del Chile que le gustaría gobernar.

Académico y economista: ¿Por qué aventurarse con una posible carrera presidencial?

En mi trabajo en la academia estoy relacionado con la política. Cuando volví desde el doctorado, para hacer mi carrera en la Facultad de Economía de la Universidad de Chile, mi primera tarea fue fundar el magíster de Políticas Públicas y siempre he estado muy preocupado de fomentar aquella parte del quehacer de la facultad relacionado con la política pública, con enfrentar los problemas de la realidad. Al igual que mis colegas, pienso que una parte importante de la actividad académica tiene que ver con la ciencia y la investigación y eso está muy bien, pero si exageramos la nota y hacemos cosas demasiado abstractas, que no tienen que ver con los problemas concretos de la gente en Chile, nos deslegitimamos como universidad pública y como académicos.

También fui jefe programático de campañas de Michelle Bachelet (en su primera postulación) y (Eduardo) Frei y siempre he estado con esa inquietud. Tuve una experiencia fuerte en los últimos cuatro o cinco años, me pidieron que fuera presidente de Codelco, y ahí aprendí mucho sobre cuán mal está la política en Chile, cuán desviada y depreciada está la discusión pública y cómo eso se está convirtiendo en un impedimento para que Chile siga los siguientes pasos que debe dar para llegar a ser el país desarrollado, igualitario, justo y moderno que todos queremos que sea.

Cuando lancé mi último libro Chacota, en la vorágine de entrevistas que di para promoverlo, apareció frecuentemente una pregunta sobre mis teorías y denuncias sobre la política y la depreciación de las instituciones: ¿por qué no haces algo al respecto? Entonces pensé que tenían razón, uno debería estar disponible para eso y allí surgió la idea de explorar esa posibilidad, lo que ello significa.

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Codelco fue galardonada, bajo su conducción, como la mejor empresa pública a nivel mundial. ¿Está la idea de trasladar lo hecho en Codelco hacia Chile?

Una parte de esta idea de ser candidato es improvisada y, en el tiempo que ha venido después, con el entusiasmo generado, la gente que le ha parecido bien, el poco rechazo que provoca y los respaldos públicos, tuve la necesidad de racionalizar y decir qué es lo que yo haría. Eso es, básicamente, plasmar a un nivel de país lo hecho en Codelco… pero, ¿qué hicimos allí?

Lo primero fue establecer una política que se hiciera cargo de algo que se instaló en la ciudadanía: que el resultado de la nacionalización del cobre que se hizo en los años setenta se había convertido en una caja pagadora de la política. La razón por la que eso me importa tanto es que cuando me pusieron a cargo de Codelco, me pusieron a cargo del legado de Salvador Allende. Fui el primer socialista a cargo de Codelco y el hecho de que una empresa pública se desprestigiara por corrupción y por clientelismo deslegitimaba la existencia de las empresas públicas y el rol estratégico empresarial del Estado. Para mí, era absolutamente esencial recuperar la idea de que las empresas públicas sí se pueden manejar bien, mejor que las privadas incluso, y que esa conducción se puede hacer resguardando el interés de la ciudadanía, no de los políticos que lo usan para colocar a su parientes, amigos, a quienes los ayudaron en campaña. Eso era absolutamente esencial.

También debíamos rebajar los costos y lo hicimos. Pasamos de tener una compañía cuyos costos de producción eran más caros que los privados, a ser más baratos que ellos. Teníamos que sanear la deuda de Codelco, paralizamos la inflación de deuda que se había producido. Con la ayuda de Nelson Pizarro, ordenamos los proyectos estratégicos de Codelco. ¡Había que hacer la pega real, de gestión!. Al mismo tiempo, había que legitimar a la compañía y lo que hicimos fue poner una “muralla china” contra el clientelismo. Me convertí en el Doctor No, como el de James Bond, porque me llamaban y decía que no. Intentaba ser amable, de explicar a quienes me pedían favores de nombramiento, o que influyera sobre un contrato, por qué eso no era correcto y por qué no lo iba a hacer. Sinceramente, traté de ser siempre respetuoso y quienes vieron mi gestión se darán cuenta que lo que nunca hice fue denunciar a las personas por esto. Y no lo voy a hacer, porque mi objetivo era cambiar comportamiento y no generar escándalo.

Ese proceso fue muy duro, costoso, conllevó hacerme muchos enemigos y pasé muchos malos ratos, pero creo que estuvo bien hecho y el premio que nos dieron los ingleses es una demostración de ello. Creo que la pega estuvo bien hecha y que si tuviera que encabezar un proyecto para todo el país, lo mismo que hicimos en Codelco lo haríamos en el resto del Estado, en el ministerio de OO.PP., en el Ejército, en Carabineros, en los municipios, en el Bancoestado, en la Corfo.

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Lo que tenemos que hacer, especialmente los que somos de izquierda, es reformar nuestras prácticas y el Estado para que los ciudadanos vuelvan a creer que cuando les decimos que hay que recuperar un rol estratégico del Estado e incluso hacerlo crecer, lo estamos haciendo por las razones correctas, porque creemos que eso es importante para el desarrollo del país y para la equidad y no para conseguir más plata y más pega para nuestros amigos y familiares.

Todo el mundo sabe que este problema está en la ciudadanía, en la cabeza y en el alma de nuestros propios votantes, no entiendo por qué no lo hemos querido abordar. Si voy a tener un rol de liderazgo, lo voy a abordar.

La derogación de la Ley del Cobre ha llevado a algunas voces a señalar que abre la puerta a una eventual privatización de Codelco. ¿Qué opina de eso?

No creo que tenga nada que ver lo uno con lo otro, la ley era un anacronismo. Si uno reconstruye la historia, ni siquiera viene del gobierno militar, viene de antes. Es un resabio de la Guerra Fría, de las leyes de amarre, de la transición, etc. Hice un esfuerzo genuino por intentar que fuera derogada durante el periodo que estuve en Codelco y no tuve el apoyo para hacerlo, pese a que creía que sí era posible, porque tuve conversaciones con la gente de derecha en el Parlamento y sí se podía. Retrocedí hacia una reforma que eliminó las partes más dañinas para Codelco: había ciertos aspectos técnicos acerca de cómo se cobraba la plata que hacían mucho daño financiero a Codelco, por ejemplo, que se pagara los montos a las FF.AA. aunque hubiera pérdidas. Eso se eliminó, pero no pude dar el paso para la derogación porque no era prioridad en ese momento. Admito que uno de mis fracasos fue no haber convencido a mi coalición, a mi Gobierno, que sí se podía. Sin embargo, creo que se crearon las condiciones para lo que después hizo el gobierno de Piñera. Quedó listo, la pelota estaba picando en la entrada del área y si hay algo que sabe hacer el Presidente Piñera es aprovechar las oportunidades.

Entonces la derogación de la Ley Reservada del Cobre es culpa del gobierno anterior…

Efectivamente, eso sí que es culpa del gobierno anterior. Como decía, Piñera sabe aprovechar las oportunidades. Una parte de mí siente alegría que haya resultado finalmente, pero por otra me da rabia que no lo hayamos hecho nosotros mismos y así capitalizar políticamente eso para el gobierno de Michelle Bachelet.

En cuanto a que la derogación de la ley pueda abrir el camino de la privatización, no tiene ni pies ni cabeza. Al revés, Codelco está impedido de lo que es natural: la internacionalización. Que Codelco tenga inversiones fuera de Chile, que generen recursos a Chile, inevitablemente por su prestigio y lo que sabe de minería, está destinada a convertirse en una multinacional multimetales estatal chilena. Eso es inevitable, es el futuro de Codelco, de los trabajadores y profesionales de la minería en Chile, que es ofrecerle al mundo nuestro conocimiento en minería y nuestra capacidad. Vía Codelco e incluso a través de las empresas contratistas, puede ser una manera de internacionalizarse acompañando a Codelco a Perú, Ecuador, Argentina o incluso más lejos. Para eso, lo primero era eliminar Codelco como parte del aparato militar chileno, pues mientras se mantuviera en ese ámbito, representaba un problema para los países vecinos.

Habla de agrandar el Estado y eso, necesariamente, implica un cambio constitucional…

Sí, pero aunque no lo agrandaras, igual hay que hacer un cambio constitucional. Incluso con su tamaño actual, las tareas que debe abordar el Estado para generar el tránsito hacia la nueva fase de desarrollo y que Chile logre ser un país rico, próspero, igualitario, limpio, etc., son distintas de lo que tenía que hacer antes. Es insoslayable que el Estado debe tener un rol estratégico en lo que viene. Si uno lo compara internacionalmente, podría decir que Chile es un país de clase media, acomodada incluso, lo que en el mundo se conoce como país emergente: no es un país pobre, sino que ha crecido y está ahí, expectante para lograr el desarrollo. Los países que fueron como nosotros y lograron el desarrollo, como Irlanda, Finlandia, Corea, Singapur, Turquía y otros, siempre lo hicieron con alianzas de desarrollo, con pactos entre el Estado y los empresarios, con los grandes grupos económicos, los sindicatos y las comunidades, para hacer apuestas productivas de desarrollo hacia sectores de punta, en que todas las partes ganan y todos gastan.

Para articular esos pactos, el Estado juega un rol estratégico que intenciona ese siguiente paso de desarrollo. Algunos países eran democracias, otros eran dictaduras, tenían distintos modelos políticos y apostaron a distintos sectores económicos. Por lo tanto, si hacemos esto, será a la chilena. Si hacemos apuestas productivas tenemos que apostar a la revolución electrosolar, porque tenemos Atacama, tenemos cobre y litio. También en el sector de alimentos y turismo, que además tiene una virtud particular: genera empleos que son difíciles de sustituir por robots. Las apuestas en Chile serán distintas, la manera de llegar a los acuerdos será distinta, pero es el mismo modelo de pactos de desarrollo en que el Estado genera la certidumbre que ciertos empresarios necesitan. Incluso podemos ofrecer infraestructura e instituciones de educación que generen el capital humano que se necesita, pero ellos deben hacer propuestas productivas de avanzada que nos lleven a la punta tecnológica, que agreguen valor, generen empleo y limpien nuestra economía. Básicamente: si usted apuesta por mí, yo apuesto por usted.

Por otro lado, lo que la ciudadanía quiere es que este proceso de desarrollo sea coherente con el desarrollo de nuestra democracia y sociedad, que la economía que queremos no compita con el país que queremos. Ese es el pacto que hay que hacer. Los empresarios que no estén dispuestos y pretendan seguir bajo la lógica del rol subsidiario del Estado no recibirían las garantías. Es un pacto más específico, más intencionado y que requiere una conversación política entre izquierda y derecha que sea más sincera y menos amarga.

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¿Dónde se ubica el precandidato Landerretche? ¿Más cercano al Frente Amplio, más cercano a la Concertación?

Yo creo que soy una combinación de las dos cosas. Hubo una época en que consideré irme al Frente Amplio, cuando estaban partiendo, pero soy de familia socialista, así que el PS es más que un partido. Cuando pienso en el partido no pienso en los dirigentes de hoy, sino en los dirigentes muertos, amigos de mi padre. Es más que un partido político, es parte de mi historia.

Me siento como a medio camino entre la Concertación y el Frente Amplio, le rescato muchas cosas a la Concertación y, con el paso del tiempo, valoro la tremenda coalición y los avances que se hicieron. También reconozco que hubo cosas en las que fueron demasiado conservadores, se asustaron demasiado con los poderes fácticos, con los empresarios, y creo que se podría haber avanzado más rápido. Evidentemente fue la coalición más exitosa de la historia, de eso no hay ninguna duda.

Rescato también el impulso libertario y a veces revolucionario que hay en el FA, aunque hay algunas versiones de eso que son utópicas, excesivas y poco realistas incluso, un poco frívolas. Pero hay otra parte que tiene vocación de poder, que quiere cambiar el país y no solo representar amarguras e injusticias, sino realmente lograr los cambios y me siento cercanos en espíritu a ellos.

También me siento cercano al mundo liberal que estuvo en la Concertación, incluso algunos liberales que vienen desde la derecha, transitando hacia una visión liberal igualitaria. Honestamente, ese es el lugar tradicional del PS chileno, porque siempre fue un partido de izquierda libertario en el que confluían anarquistas, socialdemócratas, críticos del estalinismo, lo que pasa es que en la Guerra Fría nos enredamos un poquito. Considero que esta combinación que he llamado socialista democrática y liberal es una tradición que viene desde la Revolución Francesa, así que no estoy innovando ideológicamente, pero esta visión ha estado ausente en el último tiempo y yo quisiera representarla.

Usted caracteriza Chile, mirado en el plano internacional, como un país de clase media. Al jubilarse, una persona de clase media pasa rápidamente a estar sobre la línea de pobreza o derechamente entra en la pobreza. Como economista y posible candidato, ¿cuáles son sus propuestas en materia de pensiones?

En el plano internacional, Chile tiene un PIB per cápita que lo coloca en la categoría media en el ránking internacional. No estoy diciendo que no hay pobres en Chile. Es cierto también que, debido al progreso del país, ciertos sectores lograron la categoría clase media, que en el fondo significa ser grupos socio económicos que, mientras no se jubilen, como tú dices, son autovalentes, logran tener casa, auto, educar a los hijos y llegar a un cierto estatus que les da cierta libertad económica, pero a veces es bastante vulnerable y expuestos a shocks. Hay un estudio que publicó Clarisa Hardy que señala que un 40 o 50 por ciento de la población está expuesta a esa posibilidad de volver a la pobreza. Respecto del tema de pensiones se mezclan muchas cosas y se enreda el panorama. Una manera útil es separar la discusión en tres tópicos distintos y cada uno es bien complicado.

Una discusión tiene que ver con el régimen de cuentas individuales y su administración. Partiendo de la base que tengamos un componente de cuentas individuales con ahorro forzoso, porque las personas no ahorran voluntariamente lo que debiera y eso es la base de esto. Esas cuentas son administradas por las AFP y ese modelo es cuestionable.

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Foto @Agencia Uno

Hay otros modelos, como el canadiense, en que la recaudación la hace un ente público. No hay mucho valor agregado en la labor que hacen las AFP al competir por quien recauda montos que deben ser depositados obligatoriamente, no tiene sentido eso. Volviendo a la idea que sea un ente público el que recauda, su labor debiera ser licitar a privados como las AFP, para que cierta parte de esa plata recaudada sea invertida en cosas que generen rentabilidad con distintos niveles de riesgo. Mi idea no es eliminar el sector privado, sino que cambiar su rol hacia donde lo tiene que hacer, que no es la recaudación de un impuesto que es obligatorio. También creo que sería ideal que hubiera una AFP pública que funcionara por defecto. Es decir, que cuando se ingresa al mercado laboral, se empiece a cotizar inmediatamente en una AFP pública.

Un segundo tema es cuánto cotizamos, porque tengamos un sistema totalmente público o totalmente privado, igual estamos ahorrando solo el diez por ciento. En los países desarrollados el promedio es 17 ó 18 por ciento y ellos consideran que es poco, dado el aumento en la expectativa de vida. Quizás la tasa debería estar en 20 o incluso más. Estamos muy lejos de la tasa de cotización y ahorro que podría generar una pensión buena. Incluso para alguien que no tiene lagunas previsionales y un salario razonable, ese monto parece insuficiente. Esta es la pregunta que se intenta resolver con el proyecto actual, que empezó su discusión en el gobierno anterior: al tratarse de un ahorro obligatorio que la gente no quiere hacer, en el fondo, es un impuesto y al aumentarlo se encarece la contratación de trabajadores. Entonces hay que hacer una transición cuidadosa, lo que no es simple.

Finalmente, el tercer ámbito es el de las pensiones para las que todo esto es muy tarde: los que ya jubilaron y los que están muy cerca de jubilar. Que se arregle todo lo anterior no les afecta a ellos, porque además son personas que vivieron en una época en que Chile era mucho más inestable, con más desempleo y salarios más bajos. Incluso con un sistema ideal no habrían tenido tantos ahorros ni tan buenas pensiones.

En el caso de los trabajadores que llegan con poco fondos, porque Chile es desigual y hay gente que fue pobre mucho tiempo, para no replicar en el sistema previsional la desigualdad de nuestra economía, inevitablemente debemos fortalecer el pilar solidario que se hizo durante el primer gobierno de Michelle Bachelet. Eso significa cobrar impuestos, ojalá a los ricos, un impuesto a la renta más progresivo que el actual; generar transferencias hacia los pensionados más pobres o de clase media más baja y complementar las cuentas de aquellos que ya es muy tarde.

Hay un cuarto tema que está por sobre todo esto y sería bueno que se diga de frente: la verdadera razón política por la que en la izquierda aparece el eslogan de No + AFP, que no tiene que ver con una visión técnica sobre estos temas, sino con un problema de fondo. En la práctica, un impuesto gigantesco del diez por ciento ha servido para recaudar plata que queda en manos de grandes grupos empresariales que sí han tenido un color político particular e incluso han sido parte del sistema de financiamiento de la política, directamente o a través de nombramientos de políticos en el directorio cuando ya están fuera del gobierno o el Parlamento.

No es cierto que la objeción a las AFP sea solamente técnica, sino que tiene que ver con que ellas han servido como parte de la estructura política de este país. Por eso es tan importante traer de vuelta una entidad pública que recauda y licita o la AFP pública, que es la opción preferente. Se necesita que esos privados tengan el derecho de competir por los fondos de las personas, pero no debemos obligar a todos los chilenos a estar contribuyendo a concentrar poder en Chile.