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Más que canciones: la primera década del punk chileno

Un nuevo libro del musicólogo Jorge Canales analiza la llegada del género a Chile y sus transformaciones hasta mediados de los ‘90, con el auge de grupos como Los Miserables y Fiskales Ad-Hok.

Rodrigo Alarcón L.

  Viernes 20 de septiembre 2019 10:31 hrs. 
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En junio de 1986, la sede que el Sindicato de Taxistas tenía en la intersección de las calles El Aguilucho y Holanda, en la comuna de Ñuñoa, acogió lo que entonces se bautizó como el Primer Festival Punk. Niños Mutantes, Zapatillas Rotas, Pinochet Boys, Dadá, Índice de Desempleo, Corruption Girls y Picunche fueron anunciados para un espectáculo al que asistieron unas 150 personas, que también se encontraron con artistas pintando mientras sonaban ruidosas guitarras. 

Ese concierto es el hito inicial de Punk chileno. 10 años de autogestión, libro que el profesor de Historia y musicólogo Jorge Canales Cabrera (Santiago, 1981) acaba de publicar a través de las editoriales Camino y No Patria, en alianza con el sello Corporación Fonográfica Autónoma (CFA).

El volumen es fruto de una investigación sobre el punk en distintos países de Sudamérica y aborda desde los albores del género, en plena década de los ’80, hasta el giro ocurrido a mediados de la década siguiente, con el florecimiento de las primeras etiquetas independientes. 

En ese recorrido -de 197 páginas- aparecen nombres representativos como Fiskales Ad-Hok, Los Peores de Chile, Los Miserables y BBS Paranoicos, pero también otros menos advertidos: Orgasmo, surgidos en uno de los colegios más exclusivos de Santiago; Antonio Narváez, baterista chileno de los 101ers, la banda donde también tocaban Álvaro Peña y Joe Strummer; o Los Vinchukas, que antecedieron a Los Prisioneros y tenían a The Clash como uno de sus principales referentes.

Todo, en medio de un contexto de dictadura donde el punk se convirtió en un factor que trascendía lo estrictamente musical: “El año 78 ó 79 empiezan a llegar los primeros hijos de exiliados y tienen una vinculación interesante con Clotario Blest”, ejemplifica Canales, apuntando a un lazo poco estudiado sobre aquella época.

“Aparecieron en sus marchas pacifistas, traduciendo canciones de los Ramones y los Sex Pistols y repartiéndolas en pequeños panfletos. También concurrían a reuniones en casa de don Clotario, entonces surge de forma bastante alejada de lo que es la música en sí, como un fenómeno cultural más que como la guitarra, el bajo y la batería”, detalla.

El libro se basa en fuentes de distintos formatos, pero sobre todo en los recuerdos y declaraciones de músicos y personas ligadas al circuito del punk. También contiene una colección de fotografías y afiches, un CD con 13 canciones y una serie de códigos QR que permiten ver videos y escuchar archivos de audio relacionados. Así, por ejemplo, junto con un retrato de TV Star -el fallecido vocalista de Dadá- se puede encontrar una fotografía de Pinochet Boys musicalizando Medea, melodrama pop, obra que Vicente Ruiz montó en 1985 en El Trolley.

“Todos estos músicos tenían vinculación en los ‘80 con vanguardias artísticas, con la plástica, la pintura, el teatro”, puntualiza Canales. “Es interesante, porque el punk siempre se desarrolla desde un margen bien aislado, como un nicho cerrado, pero en los ‘80 no fue así. A lo mejor tiene que ver con el momento político y social que vivía el país, donde la represión era muy fuerte y había que formar lazos”.

“Hay colectivos de pintura, como Contingencia Sicodélica de la Universidad de Chile, que se autodefinen como un grupo de pintura punk. Está Vicente Ruiz, que tiene a los Pinochet Boys musicalizando esa obra o al vocalista de Dadá participando. También parece la Galería Bucci, donde se presentan obras visuales con grupos de punk o new wave teloneando”, detalla. 

Pinochet Boys, Emociones Clandestinas, incluso Los Prisioneros, son grupos musicalmente diversos y no se acercan tanto al sonido “clásico” del punk o a referentes como Ramones… 

Hay una actitud, una identificación de muchos de ellos con el género, pero efectivamente no hay un sonido así. Creo que eso se da por las influencias extranjeras. Si comparas las bandas punk argentinas con las chilenas, la construcción discursiva es absolutamente diferente, acá es mucho más político y el sonido es más diverso. Es una teoría por desarrollar, pero creo que si uno hace una encuesta sobre bandas de cabecera, The Clash estaría en primer lugar acá, y es un grupo que se escapa y es más diverso. Si haces lo mismo al otro lado de la cordillera, Ramones son como los Rolling Stones. Puede haber algo por ahí.

Más que lo estrictamente musical, ¿entonces es la autogestión lo que define el punk chileno?

La autogestión es un punto central del libro. En los ‘80 era bastante normal encontrar ese tipo de gestión desde lo autónomo por el tipo de sistema político. No ibas a pedir fondos al gobierno y tampoco había mucha industria, salvo para el pop. En los ’90 aparecen sellos discográficos grandes, como BMG y EMI, y subsidiarias como Culebra o Bizarro mientras por otro lado está Alerce, donde aparecen las primeras bandas, pero hay un desencuentro importante. Todos los grupos que se ligan a grandes discográficas hacen un disco y terminan peleados, entonces luego aparece la idea de autogestionar sellos como Masapunk o CFA. Hazlo tú mismo.

¿Por qué quisiste enfatizar la memoria y los relatos de los músicos?

Porque había un sentir un poco más próximo a lo que pasó. Por la edad que tenía, yo no frecuenté esos espacios, entonces sentí que la descripción de las escenas, de lugares como Taller Sol o Serrano, era más cercana desde la mirada de la gente que fue parte. Quise mostrar el clima que se vivía en esos espacios pequeños. 

Más allá de la década que estudiaste, ¿por qué crees que el punk se arraigó tanto en Chile?

Creo que va más allá de la música. Hay una cultura que rodea la palabra, así como pasa también con el hip hop. Tiene que ver con lo estético y las vestimentas también. Hay ferias punk donde hay distribuidoras de libros que desarrollan una línea editorial en torno a esto. Hay una identificación con la contracultura, con el underground, que va más allá de la música. 

En lo musical, tal vez es lo más sencillo agarrar una guitarra, un bajo y una batería. No necesitas estar en una academia que te enseñe a tocar un instrumento de manera prolija. Igual pasa con el hip hop, donde necesitas un computador en la casa y le das. Así se forma una cultura que va más allá de la música y va mutando, pero se prolonga en el tiempo.

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Páginas punk

Punk chileno. 10 años de autogestión, de Jorge Canales, será presentado a las 18 horas del domingo 29 de septiembre a las afueras del Centro Cultural Tallersol (Portales 2615, esquina Cueto, Santiago). 

Será comentado por Emiliano Aguayo, Jonathan Lukonovic y Dennis Dañobeitía, junto a presentaciones de las bandas Raja Pelá y Vuino y Muerte. También habrá una muestra de distribuidoras y editoriales independientes.