Diario y Radio Universidad Chile

Año XIV, 8 de diciembre de 2022

Escritorio

Perdimos ¿Seguiremos Perdiendo?

Columna de opinión por Gonzalo Bacigalupe
Martes 27 de septiembre 2022 12:22 hrs.


Compartir en


Leímos muy mal el sentir de la ciudadanía, especialmente aquel gran universo que no va a las urnas si no es obligatorio. Las fuerzas transformadoras fracasamos rotundamente en convencer a las mayorías el aprobar una nueva constitución. Hay muchas dimensiones de nuestro actuar que daban luces sobre el resultado: la lectura optimista y fantasiosa del deseo popular, nuestra ingenuidad de izquierdas en relación con cómo efectivamente se influye en el votante, el oportunismo invariable de las dirigencias políticas, junto a la perenne y bien financiada influencia de medios de comunicación masivos que definen la pauta, e interpretación de sus contenidos reales o no. Ninguna de estas dimensiones ha estado ausente antes, pero se intensificaron y magnificaron para este plebiscito en el cual la decisión fue de un Chile que era invisible.

La derecha sabía que este proceso constituyente era la madre de todas las batallas; se comprometieron con todo y muy efectivamente para rechazar el proceso constituyente y su producto. Para el liderazgo del Apruebo, en cambio, esta elección parecía en algunos momentos un juego ganado, casi que se podía jugar con las reservas del equipo y más tarde se le restó importancia al resultado final, el mensaje era que daba lo mismo si era Apruebo o Rechazo. Con honestidad, la dirigencia política del Apruebo no se la jugó por el triunfo, faltó relato y el deseo genuino de aprobar—quizás sabían que perderíamos y había que ponerse el parche antes de la herida. De hecho, esa dirigencia sigue ahí incólume, como si nada hubiera pasado, eso a pesar de ser en gran parte responsables por no haber liderado la tarea de apoyar los movimientos sociales que dieron comienzo a las demandas por transformaciones ya antes de la revuelta social. En parte, el acuerdo del 2019 no solo salvaba el gobierno de Piñera, sino también cerraba las puertas a un proceso constituyente real. Nuestro fracaso le devuelve a los de siempre el poder. Algo muy similar sucedió en 1989 aunque en esa oportunidad estaban las promesas de una transición alegre. Esto también ha ocurrido en otros procesos constituyentes, los grupos conservadores y fácticos retoman el poder después de procesos constituyentes populares.

Escribo como un independiente de izquierda, testigo del proceso constituyente, pero excandidato en una elección de convencionales donde ya se podía observar quienes silenciosamente iban ganando fuerza para el Rechazo. Soy uno de tantos a los cuales las dirigencias consideran demasiado desordenados para invitar a ser parte de un proyecto de gobierno con partidos en una coalición en construcción. Hay diálogos públicos y otros ¨privados¨, donde se entremezcla lo público con la discusión política en grupos de WhatsApp y en reuniones tarde en la noche. En esos diálogos privados, algunos ya pasada la primera semana de gobierno sosteníamos que la posibilidad de perder era real. Sin duda, también se conversaba privadamente entre un grupo de convencionales. Sin embargo, sugerir el fracaso en la aprobación de la nueva constitución era tabú; se prefirió operar con el deseo de la transformación y ante ello nos autoconvencimos que Chile estaba deseoso de transformaciones sociales significativas.

“El pueblo es sabio” decían los mismos que ahora acusan al pueblo de haber sido engañado, “debemos confiar” decían los mismos que ahora desean que se hundan en la falta de derechos y la desigualdad. Para la ciudadanía que apoyaba aprobar, este era un sueño, pero para las fuerzas del Rechazo, aprobar era el equivalente a una pesadilla. Chile, aunque duela, parece que despertó de modo brutal, como cuando una ciudad se despierta de madrugada azotada por un maremoto.

Esta resistencia a analizar la contingencia política acercándonos a la cruda realidad devela no solo cierta soberbia del éxito electoral transitorio (el plebiscito de entrada, la elección presidencial, y ahora la del plebiscito de salida) como tanto se ha afirmado estos meses. La adscripción binaria a una parte del espectro político transforma todo análisis contradictorio al deseo de algunos y algunas en un enemigo. Esta falta de realismo es aún más profunda cuando se trata de analizar la autodestructiva deriva del mismo proceso constituyente, pero de la falta de compromiso de las fuerzas políticas de izquierda por subirse al carro de la constituyente. A las constituyentes del Rechazo, sus fuerzas políticas y comunicacionales nunca las dejaron solas. La caja de resonancia amplificaba tanto las verdades como las mentiras día a día. Las fuerzas políticas del Apruebo pensaron que esto era un juego terminado y terminaron disociándose del proyecto constitucional.

La desconfianza de las personas por todo lo que parezca público o institucional es ahora casi consenso. Desconfianza alimentada por años de frustración con la incapacidad de la institucionalidad política para responder a demandas ciudadanas apremiantes de grandes mayorías y que se expresó con fuerza en el plebiscito de entrada. Es una desconfianza que las ideologías de la ultraderecha ahora utilizan con efectividad a través de medios sociales personalizados y el apoyo de los medios tradicionales en un entrelazado que ha estado creciendo y solidificándose por al menos una década. La izquierda de la cual me siento parte, por sus ideas progresistas, ecologistas, feministas, de inclusividad, está aún lejos de comprender como la subjetividad de las personas ha cambiado con furia en estas décadas. Los treinta años produjeron un cambio fuerte en nuestra valoración de los bienes comunes, la denigración del espacio colectivo, y una adaptación distópica frente al abandono de las dirigencias que solo piensan en su cuota de poder. Por ello el duelo del Apruebo no es solo de una elección, nos quedamos sin esa definición anclada en el imaginario del pueblo.

Desde el mundo de los movimientos sociales independientes fracasamos rotundamente al no ser capaces de insertarnos en la institucionalidad partidaria que es donde las decisiones acerca del poder ocurren. Los partidos, sin excepción, han sido incapaces de desarrollar una relación productiva con los movimientos sociales transformadores que vaya más allá de la utilización de ciertos personajes para beneficio de estrategias eleccionarias. De hecho, quedamos desplazados de ser parte del gobierno que apoyamos con fuerza para impedir la elección de un ultraconservador. Los partidos, como parecen sospechar muchos, a pesar de ser esenciales en una democracia, parecen ser prioritariamente una agencia de empleos y distribución de favores, un constante quid pro quo. Un problema que aqueja tanto a izquierdas como derechas. Los cuadros profesionales y políticos más capaces no son necesariamente elegidos por ello, hacerlo se percibe como una potencial destrucción de las lealtades necesarias para gobernar. Nada nuevo, la vieja política de siempre, rodearse de personas que te apoyan sin considerar las necesidades de gestión de una compleja realidad. Esto se repitió también en la campaña del Apruebo. Una especie de improvisado malón donde participamos con buenas intenciones mucha gente buena que traía lo que tenía a la mesa, pero sin una armazón clara, sin una estrategia basada en el análisis de la coyuntura, y con muchas recetas recocidas de éxitos electorales pasados. Una campaña electoral diseñada como si fuera una manifestación de viernes.

Fracasamos y ese verbo hay que repetirlo. Es el término, quizás, de un ciclo, que ojalá sea breve, pero que requiere analizar con crudeza que hicimos mal. Las volteretas de la derecha, completamente predecibles, nuevamente definen la pauta constituyente alrededor del concepto de un ¨marco¨ o ¨bordes¨ que tiene nuevamente atrapados y sin falta de iniciativa a nuestras izquierdas. Las derechas no solo terminan gobernando en oposición sino ridiculizando y obstaculizando la implementación del programa de gobierno, pero empujando con pocas variaciones los principios conservadores que rigen la constitución actual. La derecha está, con la fuerza de una elección aplastadora, avanzando en hacer que la constitución actual represente aun con más profundidad su ideario. Junto a ello, acumulan capital para asegurar mayor apoyo en las próximas elecciones en los siguientes tres años. La derecha tiene claro su horizonte, las fuerzas transformadoras no.

Perdimos y vamos a seguir perdiendo si no nos apropiamos de la agenda de la política en serio y la de las políticas públicas necesarias para responder pronto a las demandas ciudadanas por una vida más digna y justa. Es urgente avanzar en estrategias que apunten a transformar el sistema de retiros, la salud, la educación, y la justicia. Pensando en las elecciones próximas, vamos a seguir perdiendo sino impulsamos un diálogo político que incluya mucho más que las dirigencias de partido y/o congresistas. Vamos a perder mucho más si este gobierno es incapaz de responder a demandas sentidas de la ciudadanía; si fracasa, el avance de la ultraderecha va a ser inexorable.

Perdimos. No solo no aprobamos una constitución decente, también hicimos pedazo la posibilidad de mantener la hegemonía del proceso en manos de la ciudadanía. Hay que abandonar esos esfuerzos por avanzar hacia una pseudo constitución que se pretende imponer, nuevamente, desde esa transversal dirigencia que impide una democracia directa. Seguiremos perdiendo si intentamos empujar un proceso constitucional que insistirá en legitimar los mismos principios contenidos en la constitución actual.  Si lo que viene es reformar en reverso o hacer cambios cosméticos en una salida donde los de siempre nuevamente se toman de las manos y constituyen aquella unidad de derecha e izquierda de la cual escribía Nicanor Parra, seguiremos perdiendo.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.