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Año XVI, 28 de mayo de 2024


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Ese Chile que no lee

Columna de opinión por Ignacia Gutiérrez Aguilar
Viernes 16 de junio 2023 12:51 hrs.


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Este miércoles se dieron a conocer los resultados del Simce aplicado en noviembre del año recién pasado, esta prueba constituyó el primer diagnóstico nacional del impacto que había provocado la pandemia en las y los estudiantes, quienes durante todo el año 2020 y 2021 debieron abandonar las aulas para estudiar desde sus hogares.

Si bien las y los expertos alertaban de que los resultados mostrarían una baja significativa en cuanto a los promedios en las diferentes pruebas, no podemos quedarnos indiferentes ante los registros específicamente en el ámbito del ejercicio de la lectura.

Los resultados de las pruebas dan cuenta de que el promedio nacional en lectura de  los estudiantes de cuarto básico fue de 267 puntos en 2022, 4 puntos menos que en la medición previa de 2018 donde se obtuvieron 271 puntos. Para los expertos, una caída que en cuanto a las estadísticas resulta no ser significativa.

Sin embargo, el promedio nacional en lectura de los estudiantes de segundo medio fue de 243 puntos en los resultados de 2022, lo que mostró una caída de 6 puntos respecto de la medición previa de 2018, siendo a su vez el resultado más bajo desde el año 2012.

En cuanto a indicadores de aprendizaje, el resultado del año pasado mostró también que un 53% de los estudiantes registró un nivel de aprendizaje insuficiente, 3% más que el año 2018.

Una brecha enorme se observa entre estudiantes pertenecientes a nivel socioeconómico alto y bajo, en 4º Básico de 45 puntos y en 2º Medio de 57. Es aquí donde radica el problema fundamental que ilustra el método estandarizado de evaluación como lo es el del Simce.

El déficit de comprensión lectora que se deja ver en la población responde en mayor medida a un factor asociado a la situación socioeconómica. Aquellos estudiantes que viven en condiciones de pobreza no pueden sino presentar un estancamiento significativo en sus capacidades de lectura y en distintos niveles en comparación con aquellos estudiantes que se desenvuelven en un espacio socioeconómico que sí les permite acceder cotidianamente tanto a libros como a cultura.

La lectura resulta fundamental para la movilidad socioeconómica, quienes carecen de comprensión lectora y usualmente no leen muy probablemente y de forma lamentable no podrán llegar a acceder posteriormente a la educación superior. Pero al mismo tiempo restringen sus posibilidades en cuanto a trabajo.

Ante esta alerta, se vuelve urgente trabajar para resolver las brechas de acceso e interés por la lectura en estudiantes que asisten a colegios con ingresos bajos o medio bajos. ¿Hemos pensado en cuántos libros tienen esos niños en sus hogares? Si es que los tienen. Y ¿qué hay de aquellos niños y niñas cuya protección está a cargo del Estado? ¿Cuánto leen en promedio al año? ¿Cuánto avanzaríamos en reinserción si los adolescentes infractores de la ley accedieran periódicamente a talleres de lectura?

Hoy se necesita mucho más que la búsqueda de responsabilidades políticas si queremos un cambio duradero con alcance en todo el sistema educativo que tenga que ver con la forma en la que se lee y su periodicidad. Desde la distribución de ejemplares de libros, acceso a bibliotecas en horarios acorde al ritmo de las vidas de sus comunidades, realización de talleres y mediación de lectura, y un largo etcétera nos tienen que hacer entender la lectura y la comprensión lectora son fundamentales para la democracia.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.