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El minimalista tenía razón: la autobiografía de Philip Glass

En Palabras sin música, el compositor estadounidense escribe sobre sus técnicas compositivas, se muestra melancólico con sus orígenes familiares y reúne personajes como Martin Scorsese, John Cage, Salvador Dalí y Allen Ginsberg, por ejemplo.

Rodrigo Alarcón

  Domingo 11 de febrero 2018 8:17 hrs. 
PG

Philip Glass (Baltimore, 1937) estaba trabajando con Martin Scorsese en la música de Kundun (1997). Mientras rodaban, le enviaba la música que componía. No lo conocía demasiado, pero cada vez se fue interesando más en el director, así que iba casi a diario a la sala de montaje para verlo en acción. Muchas veces lo escuchó citar otras películas para justificar sus decisiones. Muchas veces, también, lo oyó citar sus propias películas.

En una de esas ocasiones, Scorsese usó como ejemplo uno de sus títulos más reconocidos, Taxi driver (1976). Era fácil suponer que Glass, un neoyorquino por adopción, sabía de qué se trataba. El director le estaba hablando con toda confianza, pero de pronto notó algo extraño. “Espera, ¿viste Taxi driver?”, le preguntó.

No, no la había visto.

“¡Dios mío! Esto hay que remediarlo. Voy  preparar una proyección especial para ti”, se escandalizó el realizador.

A Philip Glass no se le había pasado Taxi driver, pero tenía una buena razón para no verla y se la dijo de inmediato: “Martin, yo era taxista. En la época en que estabas haciendo la película, yo me hacía cada noche ciento cincuenta kilómetros por Nueva York y, en mi noche libre, lo último que se me habría ocurrido es ir a ver una película titulada Taxi driver”.

Ese tipo de historias se pueden hallar en Palabras sin música, la autobiografía que el compositor estadounidense publicó en 2015 y cuya traducción acaba de llegar a Chile, vía Malpaso Ediciones.

Philip Glass -acusado permanente en la demanda por paternidad del minimalismo musical- recién pudo ganarse la vida como músico a partir de 1978, cuando ya tenía más de cuatro décadas y la Ópera Nacional de Holanda le encargó Satyagraha. Antes, hizo un poco de todo: ayudó a cargar camiones, fue gásfiter, hizo mudanzas y, claro, durante cinco años manejó un taxi para el Dover Garage, en “una época en que muchos artistas, escritores y músicos todavía conducían taxis”.

Recorriendo Nueva York le pasaron cosas horrorosas, pero también otras sorprendentes. Una vez, por ejemplo, quien se subió al auto fue Salvador Dalí: “Era realmente él, con su bigote con las puntas hacia arriba, la quintaesencia de su imagen. Yo estaba estupefacto, lo llevé solo unas manzanas y me moría de ganas por decirle algo, pero me había quedado sin habla. Me pagó, me dio una propina, un portero le abrió la puerta y desapareció”, escribe en sus memorias.

También de esos encuentros está poblado Palabras sin música. Philip Glass habla en extenso, por ejemplo, de su relación y trabajo con Ravi Shankar. Detalla la dura formación que le entregó Nadia Boulanger en París, recuerda con nostalgia a Doris Lesson, explica cómo era trabajar con el escultor Richard Serra y cuenta cómo preparó lo que llama “la trilogía de Cocteau”, sus tres óperas basadas en el autor francés. John Cage, Ornette Coleman, La Monte Young, Robert Rauschenberg, Allen Ginsberg, Samuel Beckett son nombres que se reiteran en sus páginas.

No es que Palabras sin música sea un compendio de anécdotas de casi 500 páginas. Su título es algo engañoso, de hecho, porque su principal foco de atención no es otro que la música. Glass ocupa largos pasajes para explicar algunas de sus técnicas compositivas, relata el origen de varias óperas, incluida Einstein on the beach, narra sus días como compositor para teatro y gusta de establecer vínculos con la pintura, la escultura o la performance.

También la música cruza los recuerdos de su infancia en Baltimore, las nostálgicas memorias de sus padres Ben -dueño de una tienda de discos- e Ida y las de sus estudios en Julliard. Incluso cuando no está hablando estrictamente de música, cuando relata su viaje a la India o sus años en la Universidad de Chicago, vuelve continuamente sobre ella.

En cierto modo, es un narrador discreto, al que no le gusta el cotilleo: su primera esposa, la directora y dramaturga JoAnne Akalaitis, es coprotagonista en muchos pasajes, pero los detalles de su ruptura quedan para la intimidad. Su relación con la artista Candy Jernigan ocupa también un capítulo completo que revela detalles de su prematura muerte, pero siempre lo hace con mesura.

Glass es también un hombre al que le gusta salirse con la suya. “Yo tenía la razón”, escribe al recordar aquel día en que Aaron Copland le corrigió una de sus primeras creaciones. Casi nunca le da crédito a sus críticos: “Por suerte, tengo un magnífico gen, el gen me-da-completamente-igual-lo-que-pienses, y lo tengo muy desarrollado”, asegura en otro pasaje. Es como si todo el relato fuera un desmentido a la advertencia de su madre, consignada en la primera línea del prólogo: “Si te vas a Nueva York a estudiar música, acabarás como tu tío Henry, malgastando tu vida yendo de ciudad en ciudad y viviendo en hoteles”.

Era que no, Philip Glass también escribe que tenía razón en su diálogo con Scorsese. La proyección especial nunca ocurrió, pero una vez pilló Taxi driver en un avión: “Lo primero que se me ocurrió al verla fue: ¡Dios mío! ¡Es exactamente como la gente que conocí cuando trabajaba en el Dover Garage!”.

Philip Glass (Baltimore, 1937) estaba trabajando con Martin Scorsese en la música de Kundun (1997). Mientras rodaban, le enviaba la música que componía. No lo conocía demasiado, pero cada vez se fue interesando más en el director, así que iba casi a diario a la sala de montaje para verlo en acción. Muchas veces lo escuchó citar otras películas para justificar sus decisiones. Muchas veces, también, lo oyó citar sus propias películas.

En una de esas ocasiones, Scorsese usó como ejemplo uno de sus títulos más reconocidos, Taxi driver (1976). Era fácil suponer que Glass, un neoyorquino por adopción, sabía de qué se trataba. El director le estaba hablando con toda confianza, pero de pronto notó algo extraño. “Espera, ¿viste Taxi driver?”, le preguntó.

No, no la había visto.

“¡Dios mío! Esto hay que remediarlo. Voy  preparar una proyección especial para ti”, se escandalizó el realizador.

A Philip Glass no se le había pasado Taxi driver, pero tenía una buena razón para no verla y se la dijo de inmediato: “Martin, yo era taxista. En la época en que estabas haciendo la película, yo me hacía cada noche ciento cincuenta kilómetros por Nueva York y, en mi noche libre, lo último que se me habría ocurrido es ir a ver una película titulada Taxi driver”.

Ese tipo de historias se pueden hallar en Palabras sin música, la autobiografía que el compositor estadounidense publicó en 2015 y cuya traducción acaba de llegar a Chile, vía Malpaso Ediciones.

Philip Glass -acusado permanente en la demanda por paternidad del minimalismo musical- recién pudo ganarse la vida como músico a partir de 1978, cuando ya tenía más de cuatro décadas y la Ópera Nacional de Holanda le encargó Satyagraha. Antes, hizo un poco de todo: ayudó a cargar camiones, fue gásfiter, hizo mudanzas y, claro, durante cinco años manejó un taxi para el Dover Garage, en “una época en que muchos artistas, escritores y músicos todavía conducían taxis”.

Recorriendo Nueva York le pasaron cosas horrorosas, pero también otras sorprendentes. Una vez, por ejemplo, quien se subió al auto fue Salvador Dalí: “Era realmente él, con su bigote con las puntas hacia arriba, la quintaesencia de su imagen. Yo estaba estupefacto, lo llevé solo unas manzanas y me moría de ganas por decirle algo, pero me había quedado sin habla. Me pagó, me dio una propina, un portero le abrió la puerta y desapareció”, escribe en sus memorias.

También de esos encuentros está poblado Palabras sin música. Philip Glass habla en extenso, por ejemplo, de su relación y trabajo con Ravi Shankar. Detalla la dura formación que le entregó Nadia Boulanger en París, recuerda con nostalgia a Doris Lesson, explica cómo era trabajar con el escultor Richard Serra y cuenta cómo preparó lo que llama “la trilogía de Cocteau”, sus tres óperas basadas en el autor francés. John Cage, Ornette Coleman, La Monte Young, Robert Rauschenberg, Allen Ginsberg, Samuel Beckett son nombres que se reiteran en sus páginas.

No es que Palabras sin música sea un compendio de anécdotas de casi 500 páginas. Su título es algo engañoso, de hecho, porque su principal foco de atención no es otro que la música. Glass ocupa largos pasajes para explicar algunas de sus técnicas compositivas, relata el origen de varias óperas, incluida Einstein on the beach, narra sus días como compositor para teatro y gusta de establecer vínculos con la pintura, la escultura o la performance.

También la música cruza los recuerdos de su infancia en Baltimore, las nostálgicas memorias de sus padres Ben -dueño de una tienda de discos- e Ida y las de sus estudios en Julliard. Incluso cuando no está hablando estrictamente de música, cuando relata su viaje a la India o sus años en la Universidad de Chicago, vuelve continuamente sobre ella.

En cierto modo, es un narrador discreto, al que no le gusta el cotilleo: su primera esposa, la directora y dramaturga JoAnne Akalaitis, es coprotagonista en muchos pasajes, pero los detalles de su ruptura quedan para la intimidad. Su relación con la artista Candy Jernigan ocupa también un capítulo completo que revela detalles de su prematura muerte, pero siempre lo hace con mesura.

Glass es también un hombre al que le gusta salirse con la suya. “Yo tenía la razón”, escribe al recordar aquel día en que Aaron Copland le corrigió una de sus primeras creaciones. Casi nunca le da crédito a sus críticos: “Por suerte, tengo un magnífico gen, el gen me-da-completamente-igual-lo-que-pienses, y lo tengo muy desarrollado”, asegura en otro pasaje. Es como si todo el relato fuera un desmentido a la advertencia de su madre, consignada en la primera línea del prólogo: “Si te vas a Nueva York a estudiar música, acabarás como tu tío Henry, malgastando tu vida yendo de ciudad en ciudad y viviendo en hoteles”.

Era que no, Philip Glass también escribe que tenía razón en su diálogo con Scorsese. La proyección especial nunca ocurrió, pero una vez pilló Taxi driver en un avión: “Lo primero que se me ocurrió al verla fue: ¡Dios mío! ¡Es exactamente como la gente que conocí cuando trabajaba en el Dover Garage!”.