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Boyka Gotcheva, solista de la Sinfónica: “La música no es algo que puedas aprender a la fuerza”

Nacida en Bulgaria, llegó a Sudamérica impulsada por las ganas de vivir nuevas experiencias. Así, la aventura la llevó a Argentina y luego la trajo a Chile, donde llegó para ser Viola Solista de la Orquesta Sinfónica Nacional, agrupación en la cumplirá 20 años de labor ininterrumpida.

CEAC U. de Chile

  Lunes 12 de febrero 2018 9:29 hrs. 
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¿Cómo se dio tu acercamiento con la música?

La verdad es que en mi familia nadie es músico, sino que trabajaban en cosas que no tenían nada que ver con lo que yo hago. Fue por un arrendatario en la casa de mi abuela. Yo pasaba los veranos allá y él todos los días tocaba violín algunas horas. Por lo que me cuentan mis papás – porque yo era tan pequeña que no recuerdo eso – un día me tuvieron que salir a buscar para almorzar y no me encontraban por ninguna parte. Resultó que finalmente me encontraron frente a la puerta de este vecino músico, adonde yo me había ido precisamente porque quería escucharlo tocar. Entonces se dieron cuenta de que realmente a mí me gustaba mucho la música.

Luego de eso, recuerdo cuando mi papá me llevó a inscribirme en un lugar donde hacían clases. Yo le dije que sí, por probar, pero lo cierto es que no tenía tanta seguridad porque tenía sólo seis años y entonces empecé con el violín, luego pasé a la viola.

¿Cómo fueron esos primeros años de estudio?

En Bulgaria existen las escuelas de música. En ese entonces empezabas en ellas desde cuarto básico. Son escuelas donde todo está organizado de manera que imparten todas las asignaturas comunes, pero en las tardes se agregan las materias musicales. Así, cuando uno sale de la educación media ya lo hace como un instrumentista profesional, capacitado para tocar en una orquesta.

Es decir, comenzaste tu carrera profesional siendo muy joven…

Sí. Luego de eso trabajé dos años en una orquesta profesional en una ciudad cercana. Pero después entré al Conservatorio de Música de Sofia y ya en el tercer año de la Universidad comencé también a trabajar en una orquesta.

¿Y cómo se dio tu llegada a Chile?

Al final de ese tercer año en el Conservatorio abrieron una audición para una orquesta en Argentina. También había postulado a una especialización en Italia, entonces pensé en que me iría a lo que saliera primero, y eso resultó ser lo de Argentina. Con 23 años, para mí era una aventura conocer otro país. Ahí llegué a la orquesta de San Luis, que tiempo después desarmaron por un tema político. Al año siguiente fui a Mendoza, donde después llamaron concurso en el que quedé y me establecí allá. En enero de 1998 se dio la posibilidad de venir a Chile para un reemplazo con la Orquesta (Sinfónica Nacional), para ir a tocar a Frutillar. Ahí conocí Chile y el sur del país, que me pareció precioso. Pero además me encantó la orquesta y la forma en que se trabaja aquí.

¿Luego de eso vino la posibilidad entonces de venirte a Chile de manera definitiva?

Luego de eso se concursó el puesto de Viola Solista, audicioné y quedé. Entonces me vine definitivamente de Argentina… y no por un tema económico, sino porque me gustó mucho la orquesta y su nivel, la responsabilidad con que se trabaja acá, el nivel de los músicos. Yo tengo súper puesta la camiseta de la Orquesta Sinfónica Nacional de Chile, porque de alguna forma la orquesta es mi vida. Me vine por trabajo, pero aquí además encontré la otra parte muy importante de la vida, encontré a mi marido (el violinista de la orquesta Daniel Zelaya), tuve a mis hijos en Chile, hice mi vida y mi hogar acá. Si bien no tengo la nacionalidad, a estas alturas me siento muy chilena.

¿Sientes que encontraste la felicidad aquí?

Yo creo que cuando uno está feliz en lo que hace, la vida se hace fácil, y siempre tengo conciencia de que amo lo que hago, y me siento bendecida por esto. Me pasó una vez que en una conversación con apoderados del colegio de mis hijos surgió el tema de la felicidad ¿Cuándo uno ha sido más feliz? Todos comentaban acerca de las etapas de la vida, y algunos decían que habían sido más felices en el colegio, mientras otros decían que lo habían pasado pésimo en el colegio y preferían su vida después. La verdad es que yo lo pasé muy bien en el colegio, pero también después. Entonces un apoderado me dijo “es que tú trabajas en lo que a ti te gusta”. Para mí eso fue como una revelación, porque yo nunca me detuve a pensar en eso y en cuánta gente hace algo que no le gusta, y por lo tanto vive de una manera que no le gusta. Yo estoy bien, feliz, tengo a mi familia bien, hago algo que me encanta. Entonces estoy muy consciente de que soy una afortunada, y agradezco a Dios por eso.

¿Nunca pensaste en dedicarte a otra cosa que no fuese la música?

Nunca tuve ese dilema. Si bien el ambiente donde estudié es generalmente competitivo, yo nunca me plantee tener otro tipo de vida, dedicarme a otra cosa que no fuese la música. Allá en mi país siempre hubo respeto por los músicos. Además, en general se va dando algo así como una selección natural, porque allá (en Bulgaria) se empieza a estudiar música a muy temprana edad, a diferencia de lo que pasa acá, donde muchos lo consideran más como un pasatiempo que como una profesión. Por otra parte, mis papás siempre me apoyaron, me incentivaron en el estudio.

Entiendo que el campo laboral puede ser algo restringido y que ello puede provocar tal vez miedo en algunos padres, pero lo importante es que hay que dedicarse y hacer el trabajo con responsabilidad, como cualquier cosa en la vida. Pero por otro lado, tampoco se puede forzar. Hay algunos papás que -por frustraciones personales- quieren a toda costa que sus hijos sean músicos, y la música no es algo que puedas aprender a la fuerza. Es una profesión que uno tiene que amar mucho ya que es muy sacrificada y a veces injusta. Uno dedica muchas horas, meses, hasta gran parte de su vida al estudio y muchas veces todo este trabajo lo debe mostrar en una audición de 10 ó 15 minutos, donde los nervios te pueden traicionar, y ese instante puede definir tu futuro. Pero, al mismo tiempo, ese minuto es el momento de disfrutar lo que haces.

*Publicado originalmente en CEAC U. de Chile. 

¿Cómo se dio tu acercamiento con la música?

La verdad es que en mi familia nadie es músico, sino que trabajaban en cosas que no tenían nada que ver con lo que yo hago. Fue por un arrendatario en la casa de mi abuela. Yo pasaba los veranos allá y él todos los días tocaba violín algunas horas. Por lo que me cuentan mis papás – porque yo era tan pequeña que no recuerdo eso – un día me tuvieron que salir a buscar para almorzar y no me encontraban por ninguna parte. Resultó que finalmente me encontraron frente a la puerta de este vecino músico, adonde yo me había ido precisamente porque quería escucharlo tocar. Entonces se dieron cuenta de que realmente a mí me gustaba mucho la música.

Luego de eso, recuerdo cuando mi papá me llevó a inscribirme en un lugar donde hacían clases. Yo le dije que sí, por probar, pero lo cierto es que no tenía tanta seguridad porque tenía sólo seis años y entonces empecé con el violín, luego pasé a la viola.

¿Cómo fueron esos primeros años de estudio?

En Bulgaria existen las escuelas de música. En ese entonces empezabas en ellas desde cuarto básico. Son escuelas donde todo está organizado de manera que imparten todas las asignaturas comunes, pero en las tardes se agregan las materias musicales. Así, cuando uno sale de la educación media ya lo hace como un instrumentista profesional, capacitado para tocar en una orquesta.

Es decir, comenzaste tu carrera profesional siendo muy joven…

Sí. Luego de eso trabajé dos años en una orquesta profesional en una ciudad cercana. Pero después entré al Conservatorio de Música de Sofia y ya en el tercer año de la Universidad comencé también a trabajar en una orquesta.

¿Y cómo se dio tu llegada a Chile?

Al final de ese tercer año en el Conservatorio abrieron una audición para una orquesta en Argentina. También había postulado a una especialización en Italia, entonces pensé en que me iría a lo que saliera primero, y eso resultó ser lo de Argentina. Con 23 años, para mí era una aventura conocer otro país. Ahí llegué a la orquesta de San Luis, que tiempo después desarmaron por un tema político. Al año siguiente fui a Mendoza, donde después llamaron concurso en el que quedé y me establecí allá. En enero de 1998 se dio la posibilidad de venir a Chile para un reemplazo con la Orquesta (Sinfónica Nacional), para ir a tocar a Frutillar. Ahí conocí Chile y el sur del país, que me pareció precioso. Pero además me encantó la orquesta y la forma en que se trabaja aquí.

¿Luego de eso vino la posibilidad entonces de venirte a Chile de manera definitiva?

Luego de eso se concursó el puesto de Viola Solista, audicioné y quedé. Entonces me vine definitivamente de Argentina… y no por un tema económico, sino porque me gustó mucho la orquesta y su nivel, la responsabilidad con que se trabaja acá, el nivel de los músicos. Yo tengo súper puesta la camiseta de la Orquesta Sinfónica Nacional de Chile, porque de alguna forma la orquesta es mi vida. Me vine por trabajo, pero aquí además encontré la otra parte muy importante de la vida, encontré a mi marido (el violinista de la orquesta Daniel Zelaya), tuve a mis hijos en Chile, hice mi vida y mi hogar acá. Si bien no tengo la nacionalidad, a estas alturas me siento muy chilena.

¿Sientes que encontraste la felicidad aquí?

Yo creo que cuando uno está feliz en lo que hace, la vida se hace fácil, y siempre tengo conciencia de que amo lo que hago, y me siento bendecida por esto. Me pasó una vez que en una conversación con apoderados del colegio de mis hijos surgió el tema de la felicidad ¿Cuándo uno ha sido más feliz? Todos comentaban acerca de las etapas de la vida, y algunos decían que habían sido más felices en el colegio, mientras otros decían que lo habían pasado pésimo en el colegio y preferían su vida después. La verdad es que yo lo pasé muy bien en el colegio, pero también después. Entonces un apoderado me dijo “es que tú trabajas en lo que a ti te gusta”. Para mí eso fue como una revelación, porque yo nunca me detuve a pensar en eso y en cuánta gente hace algo que no le gusta, y por lo tanto vive de una manera que no le gusta. Yo estoy bien, feliz, tengo a mi familia bien, hago algo que me encanta. Entonces estoy muy consciente de que soy una afortunada, y agradezco a Dios por eso.

¿Nunca pensaste en dedicarte a otra cosa que no fuese la música?

Nunca tuve ese dilema. Si bien el ambiente donde estudié es generalmente competitivo, yo nunca me plantee tener otro tipo de vida, dedicarme a otra cosa que no fuese la música. Allá en mi país siempre hubo respeto por los músicos. Además, en general se va dando algo así como una selección natural, porque allá (en Bulgaria) se empieza a estudiar música a muy temprana edad, a diferencia de lo que pasa acá, donde muchos lo consideran más como un pasatiempo que como una profesión. Por otra parte, mis papás siempre me apoyaron, me incentivaron en el estudio.

Entiendo que el campo laboral puede ser algo restringido y que ello puede provocar tal vez miedo en algunos padres, pero lo importante es que hay que dedicarse y hacer el trabajo con responsabilidad, como cualquier cosa en la vida. Pero por otro lado, tampoco se puede forzar. Hay algunos papás que -por frustraciones personales- quieren a toda costa que sus hijos sean músicos, y la música no es algo que puedas aprender a la fuerza. Es una profesión que uno tiene que amar mucho ya que es muy sacrificada y a veces injusta. Uno dedica muchas horas, meses, hasta gran parte de su vida al estudio y muchas veces todo este trabajo lo debe mostrar en una audición de 10 ó 15 minutos, donde los nervios te pueden traicionar, y ese instante puede definir tu futuro. Pero, al mismo tiempo, ese minuto es el momento de disfrutar lo que haces.

*Publicado originalmente en CEAC U. de Chile.