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Análisis internacional:

FMI: Recuperación mundial sigue débil

Según el Banco Mundial, el PIB del orbe 2013 alcanzó a casi US$ 76 millones de millones a valores de ese año. Si esa cifra se distribuyera equitativamente (Coeficiente de Gini de 0) entre los 7 mil millones de habitantes de la Tierra, el per cápita resultante implicaría ingresos por persona de unos US$ 10.800 anuales, es decir, unos $6,7 millones.

Roberto Meza A.

  Lunes 16 de marzo 2015 16:42 hrs. 

La directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Christine Lagarde, ha reconocido que la recuperación de la economía mundial sigue siendo “demasiado lenta, demasiado frágil y demasiado asimétrica”, al tiempo que ha advertido que las divergencias emergentes en los manejos de política monetaria de los distintos países o zonas económicas, constituyen un riesgo que podría provocar fuerte volatilidad en los mercados financieros.

Christine Lagarde ha reiterado, esta vez en Nueva Delhi ante mujeres estudiantes, el pronóstico del FMI de que, tras más de seis años de desatada la crisis financiera mundial en 2008, la economía del orbe sólo crecería 3,5 por ciento este año y 3,7 por ciento en el 2016, cifras que están aún por debajo “de lo que podría haberse esperado después de una crisis así”, según dijo.

La medición de este Producto Interno Bruto Mundial es una necesidad económica para obtener señales concretas de cómo evoluciona la actividad del orbe –y en particular de las naciones-, aunque, por cierto, se trata de una cifra promedio que no necesariamente expresa, ni el comportamiento probable de los múltiples sectores de la economía internacional, ni los modos de distribución del valor creado en el año en que se mide.

Según el Banco Mundial, el PIB del orbe 2013 alcanzó a casi US$ 76 millones de millones a valores de ese año. Si esa cifra se distribuyera equitativamente (Coeficiente de Gini de 0) entre los 7 mil millones de habitantes de la Tierra, el per cápita resultante implicaría ingresos por persona de unos US$ 10.800 anuales, es decir, unos $6,7 millones. Si se considera una familia promedio de cuatro integrantes, el ingreso anual de esa familia alcanzaría a los $26,8 millones anuales, es decir, $2,2 millones mensuales. Desde luego, a tal monto se le debe restar un porcentaje de inversión y/o ahorro previsional que, si se acepta como mínimo un 25 por ciento, el ingreso para consumo cae a $1,65 millón por familia mensual. Tal valor, si bien es un tercio mayor al promedio de ingreso de una familia chilena en la que trabajen dos personas, no es una cantidad que permita mucho más consumo que el actual. Y si a la cifra se le restan los impuestos para hacer funcionar el Estado con todos sus gastos asociados, aquella baja aún más.

El crecimiento de la economía constituye, por lo tanto, un aspecto central para el desarrollo social, pues, cuando el ingreso de los países aumenta, se esperaría que el mayor valor logrado tendiera a mejorar la capacidad económica de todas las personas, aunque aquello sucede de manera desigual.

En efecto, según estudios de Oxfam, el 1 por ciento más rico de la población (70 millones de personas) tendrá en 2016 más del 50 por ciento de toda la riqueza del planeta, es decir, más que el restante 99 por ciento de la población; mientras que por el lado de la pobreza, alrededor del 14 por ciento de la población (unos 1.000 millones) viven por bajo el nivel de pobreza, es decir, con un consumo diario inferior a un dólar (620 pesos).

Esta realidad distributiva no sólo constituye un escándalo social y ético, sino una torpeza económica en la medida que, dado que ese 1% que posee casi el 50% de la riqueza mundial puede disponer de esos recursos para invertir –no pueden consumir toda esa riqueza- lo hace siguiendo prospectos que les aseguren la mayor rentabilidad y en el menor tiempo posible. Tal hecho ha provocado las burbujas bursátiles e inmobiliarias de los últimos años, la disminución de inversiones en la economía real, que tiene retornos más lentos e inseguros, y el fenómeno de aumento de la riqueza de los más ricos a un ritmo casi el doble superior del crecimiento del PIB mundial denunciado por Oxfam.

Si a este proceso se le suma que los Estados y sus Bancos Centrales–para evitar recesiones y/o estallidos sociales- han optado, uno tras otro, por licuar sus economías mediante programas de “facilitación cuantitativa” (QE’s de EE.UU., Japón y Europa), generando una competencia entre sus monedas de manera de aumentar sus exportaciones y ralentizar las importaciones del otro; y que los bancos han “creado” liquidez a través de instrumentos “derivados” cuyo volumen alcanza una suma superior a 10 veces el PIB mundial (unos US$ 700 millones de millones), el cuadro general no está para optimismos mal fundados, pues, equilibrar la cantidad de dinero y deudas incobrables, con la cantidad de producción real anual demorará aún varios años más.

Lagard ha dicho a las estudiantes indias que “de cara al futuro, algo mejor todavía puede venir, gracias a los bajos precios del petróleo y las bajas tasas de interés”, pero ha advertido que “aun así, existen riesgos significativos en esta frágil recuperación global”. En este marco, políticas económicas más inclusivas, que “repartan” dinero entre los segmentos más pobres de las sociedades podrían estimular una reactivación más rápida.

Sin embargo la producción mundial de alimentos –que sería probablemente el sector más impactado por tales políticas- está cruzada por problemas climáticos y bajas inversiones, mientras que la tecnología no ha logrado generar los aumentos de productividad que eviten que el arribo de millones de pobres a la mesa del consumo, haga subir fuertemente los precios e inflación mundial, impactando en las exiguas remuneraciones de las capas medias, que son las que mantienen funcionando la economía real.