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Elvira Hernández: “Estamos en un tiempo definitorio y la poesía no está ajena a ello”

La autora, que actualmente figura como una de las candidatas al premio Nacional de Literatura, conversó con Radio Universidad de Chile sobre su vínculo con la poesía y sobre su participación en la contracultura dada en los años de dictadura. También reflexionó sobre los días de confinamiento y pandeamia.

Abril Becerra

  Martes 4 de agosto 2020 20:39 hrs. 
elvira hernández





La voz de María Teresa Adriasola (1951), escritora conocida por el seudónimo de Elvira Hernández, es pausada y cálida. Parece habitar un tiempo que nada tiene que ver con los ajetreos del presente o las rutinas propias del sistema. Pero eso es apenas una percepción: durante los últimos meses ha debido ajustar su día a día para sumergirse en los cuidados de su madre. A ello también se ha sumado una expectación foránea e inusual, acarreada por su postulación al premio Nacional de Literatura. 

“Sorpresivamente quedamos encerrados y tuve que hacerme cargo de muchas cosas que antes sobrellevaba de otra manera, por ejemplo, el cuidado de mi mamá que es alguien de la cuarta edad. Eso ha significado un despliegue físico más allá de mi propia fuerza”, reconoce al teléfono.

Aún así, señala que, durante los días previos al premio, ha decidido mantenerse al margen de la discusión. Su opinión es clara: prefiere que la obra sea la que hable. 

“He buscado no tener tanto contacto, porque, después de todo, si estoy siendo candidata, es por lo que he escrito y eso está circulando. No tengo que estar presente, tratando de decir algo. No tiene mucha relevancia para el premio. He estado muy aparte de eso”, comenta. 

María Teresa Adriasola nació en Lebu y desde muy pequeña estuvo vinculada a la literatura. Su abuela, profesora de profesión, fue una de aquellas personas que la incentivó de manera indirecta: durante las noches la escuchaba proferir una inusual plegaria: “Ve a rezar, hija mía. Ya es la hora de la conciencia y del pensar profundo”. Años más tarde descubriría que la oración correspondía a un poema de Víctor Hugo, traducido por Andrés Bello. 

elvira hernández

¿Cuándo entró la poesía en su vida? 

A muy temprana edad. Tenía la sensación de que la poesía era realmente una compañía incomparable. Desde la época de mi niñez estuve muy interrogada por la poesía. Había muchos libros en mi entorno y, para mi cumpleaños, me regalaban acuarelas y libros. Mi mamá y mi papá también eran lectores, pero de biblioteca. 

¿Qué tipo de autores estaban en esas primeras lecturas? 

Eran poemas que se publicaban en libros de lectura y traducciones. Pero todo era muy casual. No me decían “escucha esto, porque es importante”. No, nada de eso. Fue todo muy casual, porque estaba muy integrado a la vida. 

¿En qué minuto decidió dedicarse a la poesía? 

Yo escribía, pero sin pensar que ése era mi destino, porque la escritura funciona en muchos niveles, sobre todo a nivel reflexivo. Muchas de las preguntas que uno se hace se aclaran, se les ve una perspectiva al momento de escribir. Pero creer que iba a ser una escritora, no era algo que estuviera en mis propósitos. Eran palabras mayores y las condiciones del país eran paupérrimas. ¿Quién podría intentar vivir de eso o dedicarle toda su vida? Eso era una locura. Sin embargo, en la medida en que me fui introduciendo, me di cuenta que eran palabras necesarias, al parecer no sólo para mi.

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En los ‘70, la autora se propuso estudiar Filosofía en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, pero, luego del Golpe de Estado, se inscribió en un curso de Literatura dictado por el Departamento de Estudios Humanísticos de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas. 

A partir de entonces y gracias al contacto con los artistas de la época, pasó a conformar un movimiento contracultural que la llevó a publicar, en 1981 y en Argentina, La Bandera de Chile, texto que por cerca de diez años circuló de manera clandestina. Luego, se sucedieron textos como ¡Arre! Halley ¡Arre! (1986), Meditaciones físicas por un hombre que se fue (1987) y Carta de Viaje (1989). 

En este contexto, la joven autora también viviría un hecho que marcaría su vida: en 1979, fue detenida por la CNI, organismo represivo que, confundiéndola con “la mujer metralleta”, la mantuvo retenida en el cuartel Borgoño.

¿Cómo la marcó el haber sido parte de esta contracultura?

Esa es la historia de nuestra formación. La mayoría de quienes vivimos nuestra formación en esa época pasamos por ese rigor enorme, donde no teníamos prácticamente nada y donde la concurrencia a las bibliotecas era algo mal mirado, porque pensar y buscar lecturas era algo sospechoso. Eso mismo te creaba una necesidad y un deseo de encuentro con autores que había que, prácticamente, desenterrar porque las bibliotecas estaban con la puerta entornada. No era fácil para nada. 

¿Cómo recuerda esta clandestinidad de la circulación de La Bandera de Chile

Eso fue una época en que había una circulación muy grande de textos. La poesía tuvo una importancia y había una circulación de lecturas semi clandestinas entre amigos, en iglesias, en “sindicatos”, y digo entre comillas porque estaban prohibidos, toda organización social estaba prohibida, pero igual había una organización poblacional, en la que los trabajadores y los jóvenes lograban hacer espacios para escuchar, no solamente discursos políticos, sino que también otras expresiones. En esos momentos la poesía tenía su lugar. Entonces, La Bandera tuvo su lugarcito en ese espacio. 

Y, ¿por qué utilizar un seudónimo para escribir?

Tiene que ver con eso. Cuando escribía había un momento extraordinario en que yo salía de mi vida cotidiana: escribir es instalarse en un momento fuera de lo común, pero no desligado de la vida cotidiana. Esa escisión se dio para mi. El acto poético es algo que te saca de lo cotidiano en cuanto a sistemático. Eso es lo interesante. Eso es lo creativo y para lo cual está llamado todo ser humano para de no dejarse encasillar en la vida. 

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Durante la transición, Elvira Hernández continuó publicando e instaurando con ello, una obra fuertemente cruzada por los avatares del régimen: “como ese revoltijo del Patio 29/ como el vaivén grisáceo que se arrastra/ caminamos por Santiago/ y quizás eso no importe ene”, escribió en Santiago Waria (1992). En ese contexto, también se dieron títulos como El orden de los días (1991) y Álbum de Valparaíso (2003).

Este trabajo también le valió reconocimientos como el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda  2018 y el Premio Nacional de Poesía Jorge Teillier, entre otros.

Actualmente, ¿cuáles son los temas que más la conmueven? 

La pandemia nos ha puesto en contra la pared  y ha terminado por aclararnos muchas cosas: nuevamente estamos en un tiempo definitorio y la poesía no está ajena a ello. La poesía está muy atenta a las palabras que están circulando hoy.

En este momento, ¿la poesía tiene un rol particular? 

La poesía está naturalmente inserta en los períodos más definitorios de la humanidad  y no creo que esta sea la excepción. 

¿Usted ha podido escribir sobre este momento? 

He escrito, porque no he perdido esa respiración que es lo que quizás lo que me permite vivir.