Diario y Radio Universidad Chile

Año XIV, 2 de julio de 2022

Escritorio

La otra guerra

Columna de opinión por Marcia Espinoza Salas
Lunes 23 de mayo 2022 14:21 hrs.


Compartir en


La educación es un derecho humano y una condición básica y necesaria para el desarrollo de las personas y la sociedad. Del mismo modo, la alfabetización de las mujeres es importante para mejorar la salud, la nutrición y la educación de toda la familia. Sin embargo, en el mundo hay muchas más niñas que niños que no tienen acceso a la educación. De hecho, de un número aproximado de cerca de mil millones de personas que no saben leer, dos terceras partes de estas son mujeres.

Es por eso que hemos recibido con horror, entre tantas otras noticias terribles estos últimos meses, como la guerra desatada entre Rusia y Ucrania, con todas las atrocidades que esta implica, o la continua desaparición de mujeres en México y los femicidios que no dan tregua en varias partes del mundo; la decisión brutal que han tomado las fuerzas talibanas en Afganistán, tras llegar al poder por la fuerza en agosto del 2021: cancelar las clases de secundaria para niñas mayores de 12 años; solo los niños más pequeños pudieron reanudar sus clases el mes de marzo pasado, volviendo a la injusta situación que predominó entre 1996 y 2001. Esta vez, los fundamentalistas señalaron que las adolescentes “deberán esperar un segundo permiso del Emirato Islámico”, como se autodenomina el gobierno de los extremistas, sin aportar más detalles.

Esta también es una guerra cruel y brutal en contra del derecho a la educación y el disfrute que proporciona el conocimiento y el aprendizaje en los seres humanos. ‘Bienvenidos al horror’, como decía el posteo por Twitter de una amiga al enterarse de este hecho. Efectivamente, esta violencia ejercida en contra de las mujeres no se dimensiona en su justa medida, puesto que constituye la base de todas las otras vulneraciones que sufren las personas de sexo femenino. A una niña de 12 años que ve coartados sus derechos a instruirse, se le impide el desarrollo íntegro como ser humano; las posibilidades de casarla contra su voluntad o de que sea vendida y esclavizada a partir de esa temprana edad aumentan de forma alarmante. Desafortunadamente, esta situación se da muy comúnmente también en Burkina Faso, en donde la deserción escolar de adolescentes es muy alta, precisamente porque las familias prefieren casar a las hijas con hombres mayores (y generalmente con varias esposas ya), cierto, por necesidades económicas, pero también por arraigadas y deplorables tradiciones culturales.

Frente a estas terribles realidades, tenemos la impresión de estar todavía en la época medieval, cuando las mujeres no teníamos derecho a estudiar. No debemos olvidar que algunas han arriesgado su vida por defender este derecho: la joven pakistaní, Malala Yousafzai, en el año 2012, cuando solo tenía 15 años fue víctima de un atentado perpetrado por los talibanes después de que esta criticara públicamente los intentos del grupo para impedir que las niñas asistieran a la escuela. Este hecho causó gran conmoción y Malala tuvo un apoyo transversal en el mundo entero (obtuvo el premio Nobel de la Paz en 2014); Tawakkul Karman, fue galardonada con el mismo premio en el 2011 por ser una emblemática luchadora por los derechos de las mujeres en el mundo árabe, promoviendo la educación de estas y mostrándose partidaria de leyes que impidan que las niñas menores de 17 años puedan contraer matrimonio. Cierto es que a estas valientes jóvenes le han precedido otras muchas mujeres (y algunos hombres) que lucharon por su derecho a la educación; nuestro primer premio Nobel de Literatura, Gabriela Mistral, por ejemplo, participó en la promoción de la educación de las mujeres, principalmente en las áreas rurales, no solo en Chile sino también en México. Mistral abogó, a través de sus escritos publicados en diversos periódicos, por la instauración de la Ley de instrucción primaria obligatoria; la que se haría realidad en 1921.

Recordemos que, a pesar de que la Constitución chilena de 1833 había consagrado la educación de los niños como uno de sus objetivos prioritarios, por muchos años, el Estado desatendió la educación de las mujeres, instaurando un sistema educacional excluyente durante gran parte del siglo XIX, pese a la intervención de autoridades e intelectuales que insistieron en aplicar esta medida y hacerla extensiva para todos. Solo a comienzos del siglo XX los planes de estudio de hombres fueron igualados; la enseñanza secundaria para mujeres se instauró de forma más extendida solo a partir de 1912, desde ese momento, se multiplicaron por todo el país los liceos femeninos, permitiendo el crecimiento del número de jóvenes mujeres estudiantes que más tarde ingresarían a la universidad.

Hay que reconocer la existencia de muchas organizaciones internacionales que en un esfuerzo continuo, abogan por el derecho a la educación de los niños, y de las niñas en particular, como la CADE  (Convención relativa a la lucha contra las discriminaciones en la enseñanza de la Unesco), que prohíbe todas las formas de discriminación en la educación, tanto en el acceso como en la calidad, con especial énfasis en la segregación por género. También el Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer (CEDAW) ha velado por el derecho de las niñas y mujeres a la educación, con el objetivo de erradicar las barreras discriminatorias que impiden acceder a ella. Es de esperar que estas organizaciones logren sus objetivos más temprano que tarde y que no solo velen por el derecho a una educación libre de discriminaciones por género sino también por una educación de calidad accesible para todos, situación que aún está ‘al debe’ en Chile.

A propósito de la reciente celebración del ‘día del libro’ y en directa relación con lo dicho antes; quisiera invitar a todos y todas quienes tienen la oportunidad de participar en la educación de niños y jóvenes  (ya sea como padres o educadores), a incitar a la lectura de un buen libro en reemplazo de los tan populares juegos electrónicos; no hay nada más valioso que los mundos que abren las páginas de un libro, que no solo pueden hacer olvidar las atrocidades a las que se ve enfrentado el mundo, sino también tomar consciencia de ellas para que, como adultos, esos jóvenes lectores puedan participar de la toma de decisiones que impidan situaciones tan injustas como las que viven las niñas de Afganistán o de Burkina Faso en la actualidad.

Marcia Espinoza Salas
Dra. en Literatura latinoamericana (UQ)
Experta Hay Mujeres

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.