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Año XIII, 28 de septiembre de 2021

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María Emilia Tijoux, socióloga: “El racismo es un problema de nación”

En entrevista con Radio Universidad de Chile, la académica de la Universidad de Chile, madre de la cantante Ana Tijoux, analizó el problema de la "otredad" a partir de la creciente inmigración desde nuestros países vecinos hacia Chile. A su juicio, existe una ambigüedad "típicamente chilena" en cómo nos relacionamos con la población migrante, la cual debe ser resuelta políticamente.

Diario Uchile

  Jueves 24 de octubre 2013 19:04 hrs. 
xenofobia


En el programa Semáforo, transmitido por nuestra radioemisora, la académica de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile, María Emilia Tijoux, conversó con el periodista Patricio López acerca del tema de la inmigración.

Una de las dimensiones bajo las cuáles María Emilia Tijoux ha estudiado este tema es desde el cuerpo, planteando que, en general y particularmente en el caso de Chile, cuando se producen fenómenos de rechazo a la inmigración, simultáneamente se produce un rechazo a la diferencia, expresada en cuerpos que son distintos a los que habitualmente vemos.

¿Qué se puede decir al respecto, vinculándolo con las comunidades más cercanas que llegan a nuestro país, como lo son peruanos o colombianos?

Hay varias cuestiones interesantes acá y también bastante duras. Creo que podríamos partir diciendo que es a partir de finales de los 90 y comienzos de siglo que toda una oleada de inmigración lentamente comienza a llegar a Chile, viéndolo como un país de acogida, económicamente más seguro. Y comienzan a llenarse nuestras calles, los centros de nuestras ciudades, de inmigrantes en su mayoría bastante parecidos a nosotros pero, por el hecho de venir de otra parte, de venir además empujados por la pobreza y, en algunos casos, también por la persecución política o por desastres, traen consigo una diferencia que no siempre se advirtió en un primer momento en el cuerpo mismo, sino por ejemplo en la vestimenta, en la manera de hablar, en la manera de relacionarse, de andar en las calles. Y eso comienza lentamente a ser percibido como algo molesto, negativo. Si se trata de turistas, que están de paso, esta diferencia se manifiesta poco porque es alguien que se va, que deja, además, su dinero. Sin embargo, este inmigrante que se detiene en algunos lugares de la ciudad, que se agrupa con otros como él, que come cosas distintas, que escucha música distinta, aunque esa música y esa comida sean altamente interesantes para los chilenos, el hecho de que estén situados acá es una molestia.

Es evidente que hay una carga acumulada especial con peruanos y bolivianos y la única explicación que se tiene para esto es que data de la Guerra del Pacífico. Parece que el efecto de la guerra en la construcción cultural de los pueblos es muy importante. ¿Por qué un país como Chile tiene esta construcción tan poco amigable con bolivianos y peruanos?

Creo que en parte tiene que ver con eso, pero voy a ir un poco más atrás porque no puedo dejar de recordar la constitución del Estado-Nación en Chile, el cual se constituye en torno al desarrollo, a un desarrollismo a la europea. Desde ese momento, los chilenos deseamos ser blancos. Y tiene que ver con una inmigración europea que llega en el siglo XIX, la que es absolutamente planificada para “blanquear la raza”. Y para construir este chileno blanco a la europea es necesario odiar y construir a otro que se niega: el indígena y el negro.

La frontera del cuerpo

Hay una construcción ideológica de la frontera como algo que hay que defender, existe toda una épica bélica e incluso poética respecto a la frontera como un lugar por el que hay que estar dispuesto a dar la vida. Pero cuando uno va a las ciudades fronterizas se encuentra con que la frontera es una raya más o menos absurda en la que la gente cotidianamente convive. ¿Cuál es la envergadura del verdadero problema del rechazo al inmigrante en esas ciudades fronterizas?

Me pones en un lugar muy interesante. Yo estuve trabajando este concepto de frontera más allá de la frontera geográfica. Sin embargo, encontramos de todo. En Arica, donde el problema no se ha planteado exactamente del mismo modo, es absolutamente normal que haya peruanos y chilenos casados, que pasen de un lado para otro junto a sus hijos y efectivamente aparece como un lugar un poco extraño, pero al mismo tiempo un lugar administrativo. El pasar por la frontera implica todo un cambio de punto de vista, de imaginario de vida. El temor de los papeles, de no traer dinero, de que los devuelvan porque no traen lo suficiente o porque traen demasiado, el temor de entrar a un “país triunfador” que les va a administrar la vida. Pero yo trabajé bastante la frontera puesta en el cuerpo. Y yo pienso que la frontera se desplaza ya no solamente del lugar administrativo sino que del momento en que el inmigrante se desplaza a otros lugares. Y esta otredad que es inmediatamente vista, no como es la otredad absolutamente negada por parte de los chilenos, hace que este cuerpo se convierta en frontera.  Con esto me refiero fundamentalmente a lo que está ocurriendo ahora último, con inmigrantes que ya no son los peruanos ni los bolivianos, sino los que traen consigo una frontera del color, el color moreno y el color negro puesto en la piel. Aquí ya no hay posible confusión, en un país donde por supuesto que los hubo y por supuesto que fueron masacrados, vendidos por lote, esclavizados, en tiempos mucho más antiguos, este regreso de “los negros de Colombia” o “los negros de Haití”, colocan a esta otredad, a este color de piel, en un lugar muy problemático.

Uno tiene la pretensión de que las dirigencias políticas de cualquier parte tienen alguna capacidad de reflexionar sobre los fenómenos contemporáneos y de poder transformar esa reflexión en acción política. La inmigración es un fenómeno mundial, nunca en la historia de la humanidad se habían desplazado tantas personas, por lo tanto se transforma en un asunto político. ¿Cuál es tu mirada respecto a la relación de nuestra clase política y este tema?

Yo soy bastante dudosa de esa preocupación. Me parece que la clase política tiene preocupaciones de otros tipos en este momento. Sin embargo, si pudiese decirse algo al respecto, yo creo que lo primero es pensar en uno mismo, en cómo somos los chilenos. De dónde venimos, cuál es nuestra historia, quién nos mezcló, por dónde llegamos, quiénes llegaron para que llegáramos a ser quiénes somos. Qué nos pasó en los años 70, quién nos recibió, cuáles fueron los países que abrieron sus puertas a tal cantidad de exiliados, a un montón de chilenos viviendo en el extranjero. Me da la impresión que es imprescindible que esto se plantee en los estudios de los niños, tal como tendría que plantearse el problema de los crímenes de lesa humanidad o los derechos humanos, desde la educación básica, para saber qué se hace cuando se encuentra con un otro que no se parece a uno, que es de otro color, que habla de otra manera, que baila de otro modo. Porque curiosamente este exotismo, sin embargo, es tremendamente deseado. Y hay así como una suerte de sueño de tener cerca a esta mujer más exuberante, por las medidas de su cuerpo, o a este hombre que trae tantos imaginarios de sus partes del cuerpo, de parte de chilenos y chilenas. Esa ambigüedad, esa doblez tan propia nuestra, necesita ser pensada políticamente.

Cotidianidad e impunidad

antofagasta racismo

¿Te sorprendió la convocatoria que se hizo en Antofagasta?

Me sorprendió pero no me extrañó. Yo pienso de que el hecho de que este problema no se plantee como un cuestionamiento a quienes somos y a cómo vemos a los que llegan, es posible que esta ceguera produzca esta mancha de aceite, que vaya contaminando el modo de ver a los demás. Tiene que ver con el trabajo, supuestamente “nos vienen a quitar el trabajo”, tiene que ver también con las relaciones humanas más íntimas, “me vienen a quitar el marido”, como si los maridos fueran unos niños inocentes que se los roban a estas pobres mujeres inocentes que están con pánico. No me extrañó tanto porque hemos estado diciendo ya hace bastantes años que esto se puede producir. A diferencia de mucha gente que ha tratado de minimizar la cosa, diciendo que no es tan grave lo que ocurrió, que no hubo tanta gente, a mí me parece extremadamente peligroso. Yo, modestamente, hago un llamado a cuidar de que esto no se pueda repetir. Porque estas manifestaciones provienen sobre todo de un sentido común muy brutal, que tiene que ver con los actos cotidianos más absurdos o más comunes de la vida, donde en la manera de hablar decimos cosas como se me salió el indio, se me paró la pluma, el porvenir es negro, una cantidad de tonteras que están en nuestro lenguaje y que repetimos incesantemente.

Recordemos que el intendente de Antofagasta, Waldo Mora, acusó a los inmigrantes de crear “problemas de convivencia y quiebres matrimoniales”. En un país con mayor conciencia sobre estos temas, como sí los hay, una declaración como esta le hubiese costado el puesto inmediatamente. ¿Hay una sensación de impunidad?

Por supuesto. Yo creo que el problema del racismo no viene solo, está vinculado con un problema de clase, un problema de nación. Y cuando tú pronuncias el concepto impunidad, tiene que ver con la impunidad que se ha desatado en nuestro propio país. Aquí está repleto de actos impunes. Y esos actos impunes tienen que ver con el tejido de la dictadura, pero tienen que ver además con lo que se tejió antes de eso, para que en tu casa puedas masacrar y el vecino cierre la cortina y diga que no vio nada. Es algo muy grave, una sociedad que se dice transparente, triunfadora, pero donde la impunidad está muy alojada en el alma de la sociedad chilena.

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