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Año XII, 7 de agosto de 2020

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La Política Semanal:

La nueva anormalidad… más allá de cualquier cambio de gabinete

Es posible que Chile esté experimentando una “peruanización” de su política. El primer signo del fenómeno sería una aprobación presidencial crónicamente anémica; además la falta de liderazgo político que se refleja en los constantes cambios de gabinete. Finalmente, el poco apoyo ciudadano que alcanzan los partidos tradicionales.

Víctor Herrero

  Lunes 11 de mayo 2015 16:19 hrs. 





Es posible que Chile esté experimentando una “peruanización” de su política. Con las debidas disculpas al país vecino, se trata de un fenómeno que presenta tres síntomas: una aprobación presidencial crónicamente anémica; cambios de gabinete frecuentes debido a la falta de liderazgo político, y partidos tradicionales que no concitan grandes apoyos entre los ciudadanos.

El primer síntoma se hizo sentir durante la primera mitad de los gobiernos de Lagos y Bachelet I: una baja aprobación que, después, lograron revertir. Con Piñera y Bachelet II esta condición ya comenzó a ser crónica.

El segundo síntoma –la falta de liderazgo político- comenzó bajo la administración de Bachelet I y se agudizó con Piñera y, en estos últimos meses, está alcanzando niveles críticos con Bachelet II. A sólo cuatro meses de haber asumido el poder en 2006, Bachelet tuvo que sacar a su ministro del Interior y reemplazarlo por uno de la vieja guardia ante el colapso político que produjo en La Moneda el movimiento masivo de los estudiantes secundarios. Cinco años después fue esa misma generación de jóvenes, ahora convertidos en universitarios, los que pusieron de rodillas al gabinete de Piñera a partir del invierno de 2011.

El tercer síntoma aún está en desarrollo. Ciertamente, los partidos tradicionales chilenos todavía no viven un colapso generalizado como los peruanos a inicios de los años 90 o los venezolanos a finales de esa década. Pero existen algunos indicios. Aun bajo el sistema binominal, movimientos novatos como la Izquierda Autónoma y Revolución Democrática lograron obtener sus escaños parlamentarios a sólo dos años de haberse constituido. La próxima elección parlamentaria en noviembre de 2017 ya no operará plenamente bajo esa camisa de fuerza electoral. Y ante el actual escenario de un financiamiento sospechoso y acaso ilegal de la mayoría de los partidos establecidos, no sería de extrañar que estos continúen su marcha descendente.

El cambio de gabinete que se realizó hoy no cambia esta lógica, al contrario. La poca injerencia de los partidos en el diseño del nuevo equipo de gobierno es una muestra de cuán debilitados están. Tampoco es probable que Bachelet logre dejar atrás la sensación general de crisis política y recuperar rápidamente su popularidad. Esto no es el Transantiago.

En las últimas semanas, la Presidenta realizó tres intentos por revertir la situación; todos muy potentes si hubieran ocurrido en otras épocas, pero naufragaron con rapidez. Primero salió a dar entrevistas para hablar por primera ve acerca del caso Caval y deslizar acaso las primeras criticas a su nuera e hijo. Fue un intento por apelar a la cariñocracia. No funcionó. Después hizo el anuncio de las propuestas de la Comisión Engel, las que coronó con un llamado a un proceso constituyente. Fue un intento por movilizar los ánimos de la centro izquierda. El impacto apenas duró unos pocos días al juzgar por los resultados de la encuesta CEP. Después le dijo a Don Francisco en su nuevo programa en Canal 13 (curiosamente la estación de TV de Andrónico Luksic, involucrado en el caso Caval) que le pedía la renuncia a todo su gabinete. No sólo no funcionó, sino que Bachelet se expuso a 72 horas de indecisión, de un reality político nacional y al final ni siquiera cumplió el plazo que ella misma se había autoimpuesto.

Así que todo indica que nos debemos acostumbrar a convivir, si no de manera permanente al menos por los próximos años, con esta forma de hacer política. Después de todo, el recambio generacional de la clase política ha sido, por lo general, desastrosa aunque representativa de lo que ha sido nuestro país en los últimos 25 años.

No se trata de defender a los viejos dinosaurios. Muchos de ellos comprometieron activamente el avance de la democracia en el país porque pensaban que las circunstancias no eran favorables a una mayor apertura. Por ejemplo, en una entrevista para un libro que será publicado próximamente, el ex presidente Aylwin recuerda que su mayor preocupación al convocar la Comisión Rettig no eran los militares ni Pinochet, sino sus propios colaboradores. “La comisión se formó para investigar los crímenes de la dictadura (…) fue fundamentalmente una iniciativa mía”, afirma. “Yo creía que era necesario, pero el primer esfuerzo que tuve que hacer fue convencer a mis colaboradores (porque) ni Edgardo Boeninger ni Enrique Correa, mis principales asesores políticos, creían que fuera una buena decisión”.

Sin embargo, esa vieja casta de políticos se había educado durante la democracia anterior al golpe de Estado y había participado activamente en política –clandestinamente dentro del país, así como en el exilio– durante los años de la dictadura.

Los políticos de la generación actual, no. En su mayoría, sobre todo en la centro izquierda, se formaron al alero de partidos débiles, al amparo de caciques sectoriales, o en carreras burocráticas al interior del Estado. Por desgracia, hay algo de cierto en la broma de que el Partido Socialista se ha convertido en la mayor agencia de empleo para el aparato estatal. Y los de la derecha crecieron al amparo de la ambición del dinero en las empresas privadas, muchas de las cuales surgieron de funcionarios tecnócratas serviles a la dictadura, y han creído que Chile se puede administrar como el Jumbo o Líder.

Y esa es nuestra realidad actual. Es probable que, de llegar a concretarse algunas de las recomendaciones de la Comisión Engel, en especial la del financiamiento público de los partidos, a futuro el país pueda tener políticos de mayor calidad. Pero es un proceso que tardará algunos años en madurar. De momento, la brújula marca frenéticamente en cualquier dirección (basta con recordar que Franco Parisi obtuvo 10 por ciento de los votos en las presidenciales pasadas).

“Cuando las masas se desmovilizan y los líderes se alejan cada vez más del pueblo, todo tipo de cosas empiezan a torcerse”, afirma el ex presidente de Sudáfrica y ex activista del Consejo Nacional Africano, Thabo Mbeki. Y el sucesor de Nelson Mandela agrega: “El gobierno deja de sentir la presión popular, y en ese momento algunos de sus miembros empiezan a anteponer sus intereses a los de las personas que los eligieron. Me parece que es un problema de una importancia capital”.

Parece que mucho de ello está ocurriendo también en Chile.