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Fuerzas Armadas, Michelle Bachelet y la diplomacia del bullying regional

Pero en los últimos 40 años, la diplomacia chilena petrificó su postura. El discurso ha sido invariablemente el mismo: Chile no tiene nada que negociar con Perú o Bolivia.

Víctor Herrero

  Lunes 16 de noviembre 2015 7:25 hrs. 





En Chile estábamos acostumbrados a que los gobernantes de Bolivia, y a veces los de Perú, exhibieran periódicamente cierta histeria nacional y militar recordando el despojo de tierras que significó para esos países la Guerra del Pacífico iniciada en 1879.

Para la mayoría de los chilenos se trataba normalmente de un asunto anecdótico que apenas era consignado en nuestra prensa. Después de todo, la lógica política de esos arrebatos parecía clara: cada vez que un presidente de esos países se enfrentaba una baja popularidad, sacaba a relucir esa guerra del siglo 19, mediante la cual Chile adquirió los territorios ricos en salitre, y después en cobre, que tanto han contribuido a la riqueza nacional.

Con suerte, los arrebatos de nuestros vecinos eran contestados con una sonrisa condescendiente de nuestra parte.

Es verdad que en febrero de 1975 hubo un abrazo fraternal entre los dictadores de Chile y Bolivia. El llamado “Acuerdo de Charaña” entre Augusto Pinochet y Hugo Banzer fue tal vez el único intento serio por buscar una compensación territorial, en especial una salida soberana al mar de Bolivia, después de esa guerra auspiciada por los grandes empresarios chilenos y británicos del salitre. Y también existió la diplomacia secreta –aunque nunca concretada- del Presidente Salvador Allende, que también procuró una solución a la mediterraneidad del país altiplánico.

Ambos hechos fueron una excepción en la diplomacia chilena. El primero impulsado por mantener la paz en la frontera norte ante la inminente amenaza de una guerra con Argentina. El segundo inspirado en un afán latinoamericanista de paz regional.

Pero en los últimos 40 años, precisamente desde 1975, la diplomacia chilena petrificó su postura. Y da los mismo si eran cancilleres de la dictadura, de la Concertación, de la Alianza o de la Nueva Mayoría. El discurso ha sido invariablemente el mismo: Chile no tiene nada que negociar con Perú o Bolivia. En el caso de nuestro vecino del nororiente la Biblia es el Tratado de 1904, cuyo redactor principal fue Agustín Edwards Mac Clure, abuelo del actual dueño de El Mercurio.

Mientras en Chile nos encerramos en las últimas décadas en una nube perfumada de autocomplacencia geopolítica, no nos dimos cuenta que el mundo y, sobre todo, el Zeitgeist había cambiado. Y así la nuestros cancilleres, presidentes y población nos encontramos con dos derrotas internacionales consecutivas: el triángulo marítimo con Perú en 2014, y el fallo de la corte de La Haya este año que admitió, por mayoría aplastante, la postura boliviana de que Chile está obligado a negociar “en buena fe· una salida al impasse de la salida al mar de Bolivia.

Como El Mercurio y toda la prensa oficialista chilena, que incluye a prácticamente todos los canales de TV y una gran parte de los demás medios tradicionales de Chile, habló de una derrota “comunicacional” frente a Evo Morales y, en menor medida, Ollanta Humala, la respuesta de La Moneda ha sido reforzar ese aspecto. Para ello el gobierno convocó a un reducido equipo de expertos, entre ellos Ascanio Cavallo, un otrora periodista de oposición a la dictadura de Pinochet, pero ahora consultor comunicacional reciclado que es socio de la firma de comunicaciones de Eugenio Tironi.

Como parte de la ofensiva comunicacional, el gobierno –o estos asesores- recomendó el despliegue de congresistas chilenos en Europa para explicarle al poder político de ese continente la justicia de las posturas chilenas. Pero todo indica que Evo Morales está ganando esa batalla. Mientras alguno de nuestros diputados andan por Europa hablando de la rectitud de nuestra postura, Evo sale del palacio presidencial francés casi abrazándose con el mandatario Francois Hollande.

Ante el nuevo bochorno diplomático, Chile aún se podía jugar otra carta y lo hizo: intimidar militarmente a nuestros vecinos. La llamada “Operación Huracán”, un ejercicio militar criollo que se lleva a cabo desde 2002, se realizó hace pocos días en el norte del país, cerca de las fronteras con Perú y Bolivia. Fue un despliegue militar de las tres ramas de las fuerzas armadas que, a diferencia de las operaciones huracanas anteriores, no contó con la presencia de la prensa local o internacional.

Varios congresistas asistieron a las maniobras militares en el desierto nortino, que se realizaron la semana pasada. El ministro del Interior, Jorge Burgos, afirmó que este tipo de maniobras son“necesarias para el estado de alistamiento de nuestras Fuerzas Armadas y tienen que ver con lo conjunto, que es la forma y modo en que hoy día todas las Fuerzas Armadas modernas enfrentan sus entrenamientos”. Y otros ministros también defendieron este tipo de diplomacia chilensis, pese a las suspicacias de nuestros vecinos.

“De lo que se trata es de entender que no estamos en tiempos de invasión, son tiempos de integración”, afirmó el Presidente Evo Morales. “No son tiempos de dominación, son tiempos de complementación para trabajar conjuntamente”.

Lo curioso es que Chile –que siempre se sintió superior a sus vecinos-  aplicó la típica receta peruana y boliviana: ante la baja popularidad de la presidencia, bien vale la pena hacer sonar los tambores de guerra. Si Michelle Bachelet estuviera marcando más de 50 por ciento en las encuestas, la Operación Huracán se hubiera realizado en la Patagonia o, mejor aún, no existiría.

Lo cierto es que Chile se ha convertido en una “pequeña Israel”: es decir, un país pequeño, pero armado hasta los dientes. La Ley Reservada del Cobre, que le asegura a las fuerzas armadas un ingreso permanente que proviene de los recursos naturales de todos los chilenos, le ha permitido a los uniformados contar con una suerte de grifo de oro que no es supervisado por nadie. Los montos son tan estratosféricos que equivalen a ganarse el Loto varias veces en un solo día.

Pero cuando se trata de la soberanía, no hay nadie mejor que los militares. Nadie sabe bien si esa soberanía corresponde al puñado de familias que controla los mares del norte de Chile para la pesca industrial, o al pueblo de Chile.

Lo único cierto es que nuestra Presidenta se siente más cómoda presidiendo los ejercicios militares en el norte, que haciendo un llamado para esclarecer los crímenes más al sur cometidos por las familias Kast y Matte durante la dictadura.

Todo indica que Michelle Bachelet no ha leído “A la sombra de los cuervos” del periodista Javier Rebolledo, pero sí el último manual de la defensa nacional elaborado por el Ejército.

Y eso explica mucho.