Diario y Radio Universidad Chile

Año XVI, 23 de abril de 2024


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Las lenguas de la escuela

Columna de opinión por Cristián Donoso
Lunes 25 de marzo 2024 11:24 hrs.


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Algunos adolescentes consideran que la asignatura de lenguaje es fome. ¿Por qué estudiar tantas horas algo que igual aprendemos espontáneamente? Otros la emprenden contra el inglés obligatorio, viéndolo como una colonización cultural. Hoy tal vez no resulte motivarlos con las palabras de Neruda sobre la lengua que nos dejaron los conquistadores —“Se llevaron el oro y nos dejaron el oro”— y necesiten argumentos más prácticos. 

Efectivamente, empezamos a escuchar la lengua materna unos cuatro meses antes de nacer y luego la aprendemos en gran medida sin necesidad de instrucción durante los primeros años de vida. De ahí en más, sociedad y escuela mediante, esta se desarrolla como una huella dactilar —cada uno hace un uso único de ella— y a la vez como una llave maestra para interactuar con otras personas. 

Hay diferencias considerables según dónde nos tocó nacer. Por ejemplo, podríamos haberlo hecho en una comunidad lingüística aislada, y la lengua solo nos serviría para hablar con la gente de la tribu. Por eso, a veces no nos damos cuenta de la suerte que tenemos de hablar español. Después del chino mandarín es la segunda lengua con más hablantes nativos en el mundo; es idioma oficial en 22 países y varios otros tienen grandes comunidades de hablantes. Estados Unidos, por ejemplo, donde predomina el inglés, es la segunda nación que tiene más hispanohablantes, más que la misma España y solo después de México.

Toda esta riqueza gratuita es resultado de situaciones históricas de triste memoria, pero que le dieron al español un destino expansivo del que no han gozado miles de otras lenguas, porque —lamentablemente— las lenguas pueden morir. No hay que ir tan lejos para recordar que hace un par de años perdimos en Chile a la última hablante nativa de yagán. Cuando muere una lengua/ ya muchas han muerto/ y muchas pueden morir./ Espejos para siempre quebrados/ sombra de voces/ para siempre acalladas:/ la humanidad se empobrece escribió Miguel León Portilla, quien dedicó su vida al estudio y preservación del náhuatl. Según la Unesco, un 40% de las 7 mil lenguas del mundo está en peligro de desaparecer, sobre todo las indígenas. Contra ello, un paso determinante es haber establecido la asignatura de Lengua Indígena en nuestro currículum escolar. 

La extinción del español por ahora no es problema: su expansión lo vigoriza. Esta se ve en el incremento de hablantes nativos y de quienes lo adquieren como segunda lengua. También, en los fenómenos demográficos y socioculturales que lo mantienen activo. Por ejemplo, la macrocomunidad que conforman México, Centroamérica y Sudamérica es una caja de resonancia del español hacia el mundo; España y su cultura, lo mismo; la música latina y urbana hacen lo propio, y destinos turísticos por excelencia como el Caribe mantienen vigente el tráfico de la lengua con el resto del mundo. 

Así, estudiar español en la escuela es conocer algo extraordinariamente vivo. Junto con ser fuente de conocimiento, comunicación y entretención, permite acceder a los fundamentos de una gramática universal: nociones como sustantivo y verbo, género, número y sintaxis, son necesarias para estudiar cualquier idioma. Asimismo, permite ampliar el léxico y conocer las variedades regionales de la lengua, reconocer la unidad dentro de la diversidad e integrar a hablantes de otros países con sus modos y usos. Por su parte, estudiar una segunda lengua posibilita las comparaciones con la propia y amplía la oportunidad de comunicarnos con culturas y personas del mundo. Solo el español nos permite interactuar con unos 500 millones de personas, ¡y el inglés con 1.400! Y para ello, ni siquiera hay que viajar. 

Por sí nada de lo anterior bastará, hay una última razón laboral: siendo el inglés y el español las dos lenguas más fuertes de occidente, siempre habrá interesados en aprenderlas.

Cristián Donoso, académico del Departamento de Lengua y Literatura, Universidad Alberto Hurtado.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.