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Mandela, con sus amores pero también con sus odios

Mandela fue un símbolo de la reconciliación y del encuentro pero, antes que eso y tanto como eso, fue un luchador social que se levantó contra los oprobios de su tierra y de su tiempo.

Patricio López

  Domingo 8 de diciembre 2013 9:41 hrs. 





Desde que se anunció la muerte de Nelson Rolihlahla Mandela, su apellido debe haber sido la palabra más repetida en todos los continentes e idiomas. En la boca de millones de anónimos pero, también, por los hombres y mujeres del poder, que unánimemente salieron a exaltar las bondades del dirigente fallecido, elevándolo a un estatus sacro. Ese ejercicio ha presentado a un Mandela desprovisto de su dimensión politizada y, por lo mismo, alguien inofensivo y funcional a los poderes. Ante esa constatación, habrá que contrarrestar con algunos aspectos de su biografía que le hablan a los conflictos del presente y que, uno a uno, han sido excluidos de las semblanzas de las grandes cadenas mediáticas.

No es que los medios mientan. Mandela sí, también, fue un símbolo de la reconciliación y del encuentro pero, antes que eso y tanto como eso, fue un luchador social que se levantó contra los oprobios de su tierra y de su tiempo.

Para hablar de esta dimensión, cabe citar al menos cuatro elementos esenciales de su trayectoria.

Primero, aunque inicialmente se había comprometido con los métodos no violentos de resistencia, siguiendo la inspiración de Gandhi, Mandela hizo un giro hacia el ejercicio del derecho a la rebelión. Es decir, su larga prisión de 27 años tuvo como motivo de fondo la persecución a la organización política de los negros, pero como justificación su apoyo a la lucha armada.

Sudáfrica, tal como Estados Unidos, eran consideradas democracias, a pesar de que en su interior los negros eran discriminados en todos los ámbitos de la vida nacional. Esa constatación sepultó el viejo ideario pacifista de Mandela e hizo nacer su interés por procesos como los de Cuba y Argelia. Junto a otros líderes juveniles de su partido, el Congreso Nacional Africano, desplazó a los viejos dirigentes y fundaron Lanza de la Nación, el brazo guerrillero de la tienda.. En aquel momento, el grupo de Mandela no solo adhería a la reivindicación racial, sino que tenía influencias marxistas tal como Patricio Lumumba en el Congo, otro de los grandes luchadores de su tiempo.

Durante los 27 años posteriores a su detención, transcurridos mayoritariamente en las duras condiciones de la prisión de Robben Island, el líder no se desdijo. Muy por el contrario. En 1985 el entonces presidente Botha le ofreció la liberación condicional, a cambio de renunciar a la lucha armada. Mandela rechazó la oferta con un comunicado donde, entre otras cosas se preguntaba: “¿Qué libertad se me ofrece, mientras sigue prohibida la organización de la gente? Sólo los hombres libres pueden negociar. Un preso no puede entrar en los contratos.” Durante aquel tiempo, Mandela aún era oficialmente considerado terrorista por la misma ONU que ahora lo ha ensalzado como héroe de la paz.

Segundo, y derivado de lo anterior, Mandela fue una referencia del antiimperialismo a partir de su adhesión a una suerte de socialismo africano y, en tal condición, estableció estrechas relaciones políticas con líderes como Yaser Arafat y Fidel Castro. En este último caso, la llamada política internacionalista cubana, que envió miles de combatientes a Angola y el Congo a luchar contra tropas racistas como las de la propia Sudáfrica, estrechó los vínculos del comandante caribeño con Mandela y con otros referentes del África. Por ello, Madiba le distinguió invitándolo especialmente a su toma de posesión y ante la protesta de Estados Unidos, le escribió a George W. Bush: “Señor Presidente, parece que usted ignora la historia del África, Fidel Castro ha sido fundamental en la conquista de la libertad de muchos pueblos africanos, entre ellos Sudáfrica”.

Tercero, mucho se ha hablado de que Nelson Mandela copió el entonces admirado internacionalmente modelo chileno de transición, recogiendo con el mismo nombre una Comisión de Verdad y Reconciliación y asesorándose, incluso, por juristas de nuestro país. Pero hay una diferencia radical: Madiba exigió, en las negociaciones del nuevo marco institucional post apartheid, que hubiera una nueva constitución surgida de una asamblea constituyente. Ese proceso se desarrolló exitosamente y, gracias a él, desde el 11 de octubre de 1996 Sudáfrica es regida por normas nacidas de la voluntad participativa del pueblo.

Cuarto, la llegada al poder de Mandela había sido pavimentada a través de una vida de inmenso prestigio, el que no decayó mientras ejerció una presidencia de brillante habilidad política. La última de sus muchas prédicas con el ejemplo la dio al final del mandato, cuando se negó a seguir en el cargo, a pesar de que su propio pueblo lo pedía. No sólo eso: se retiró para siempre de la política y se negó a dirigir desde las penumbras grupos de poder que representaran sus posiciones.

Cuando se dice de alguien que es un ejemplo, se subentiende que se le trata de imitar. En el caso de algunos líderes políticos que se llenaron la boca de Mandela, no se ve por dónde.