Diario y Radio Universidad Chile

Año XVI, 21 de julio de 2024


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Incredulidad


Miércoles 4 de mayo 2016 6:49 hrs.


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Señor Director:

Es indudable que para afianzar la democracia en nuestro país, se hace necesario reformar la Constitución por medio de una Asamblea Constituyente. Dicho esto, mi aporte está siendo cero, porque mis conocimientos sobre el tema son precarios y lo mío podría ser un simple postureo

Aún así, no creo estar inhabilitada para darle vueltas al tema, porque mi atención no va hacia lo político, sino que al clima, al ánimo, o la materia prima. No lo sé, algo que echo en falta y que aún no puedo definir con tan solo una frase.

Peor aún, mantengo cierta inquietud por pensar que con una nueva Constitución, la matriz cambiaría, pero gran parte de lo que contendría esa matriz, sería más de lo mismo en el día a día. Quizás estoy siendo incrédula, porque considero que nos vinculamos de manera jerárquica. Casi siempre necesitamos una figura que nos gobierne, que nos guíe, alguien que vaya a la cabeza. Nos agrupamos con intención de participar, pero dentro del grupo se distingue al líder y su junta.

Hemos continuado reproduciendo (voluntariamente), la gramática cultural de una sociedad en dictadura. Cuando no ocurre esto, seguimos el modelito episcopal clásico, o sus derivados de tipo espiritual anticlerical, pero continuamos siendo igual de devotos, porque cambia el objeto de devoción pero la estructura organizacional sigue siendo más o menos la misma

Para que se entienda esta idea, sugiero buscar en wikipedia la definición de “secta”, prestando especial atención a la descripción de su organización y luego se compare con los reglamentos, declaración de principios, el quienes somos, la misión y la visión de diferentes colegios (católicos, alternativos, laicos, cualquiera). El resultado de hacer este ejercicio es sorprendente y alarmante si se considera el rol de la educación formal como espacio de reproducción social.

Es por esto, que no me sorprende que la participación ciudadana en cuestiones políticas sea tan precaria, estamos acostumbrados a un modelo de filiación impositivo y rígido desde el colegio. En consecuencia, no sabemos vivir en sociedad. No sabemos como realizar nuestro aporte de manera autónoma y en lo cotidiano, sin pretender presumir de ser actores sociales, para incorporar en nuestro día a día, sin posturas ideológicas, nuestros deberes ciudadanos que aveces no son más que acciones tan simples como no confundir la amabilidad con el servilismo o la situtiquería.

Necesitamos refundar nuestra gramática cultural, porque incluso, en el caso de participar voluntariamente en instituciones, organizaciones, movimientos, tendemos a homogeneizarnos. Quizás la intención sea la de afianzar la cohesión social, pero esto no madura, porque la organización no pasa de ser una agrupación parroquial muy emocional, tanto que se desintegra o encapsula aún más frente a los conflictos. No sabemos vivir en diversidad ni lidiar con las diferencias.

Quizás esto ocurra porque las organizaciones se plantean desde sus principios como nosotros frente a los otros. O bien, como una necesidad de agruparnos porque ya somos similares (compartimos un profile). La consecuencia de esto, es que también se va normalizando lo insufrible, incorporando las circunstancias de manera inerte, pero ya no por desgaste como se hacía antes de comenzar a mostrar signos de indignación, sino que con el fin de preservar y preservarnos en una zona de confort con la ilusión mantenida de ser activos y participativos.

Hemos asimilado voluntariamente como un rasgo muy nuestro la perversidad, sin embargo, apuntamos hacía atrás para darle un origen, una explicación a esta. En tanto, seguimos ocultamos las fisuras, los conflictos internos, las discrepancias inherentes a toda agrupación humana. Por esto creo, que con o sin nueva Constitución pervivirá el mal hábito de establecer relaciones de poder y dominación, porque como si de una respuesta adaptativa se tratara hemos validado dinámicas abusivas en la forma de relacionarnos. Nuestros momentos de indignada exaltación y conciencia de injusticia, no logran superar la mayoría de las veces el doble estándar y la actitud de el costillar es mío me lo quieren quitar.

Para cambiar nuestra gramática cultural debemos oír con atención lo que dicen las voces que rompen el silencio, que ponen ante nuestros ojos lo que hemos dejado voluntariamente en el punto ciego, porque nos están dando la oportunidad de romper con la perversidad de normalizar lo insufrible.

Quiero agradecer a las estudiantes de historia de la Universidad de Chile que han roto el silencio, denunciando y proponiendo. La propuesta, es una oportunidad de cambio para todos, no la podemos desdeñar.

El contenido vertido en esta Carta al director es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.

Envíanos tu carta al director a: radio@uchile.cl