Diario y Radio U Chile

Año XII, 25 de noviembre de 2020

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Margot, Lucía y las dictaduras

Jorge Gómez Arismendi Cartas al Director |

  Miércoles 11 de mayo 2016 8:59 hrs. 


¿Hay dictaduras buenas y malas? ¿Qué define aquello? ¿Acaso algunos pueden ser más buenas que otras según los fines que dice promover o los servicios que ofrece? ¿Qué hace mejor a una dictadura de otra?

La reciente muerte de Margot Honecker ha traído al tapete esa discusión entre personas que vivieron en la RDA. Como si pudiéramos decir que hay dictaduras buenas y malas.

El Muro de Berlín, no fue un lugar común sino algo concreto, creado para evitar la salida de los ciudadanos alemanes que no deseaban vivir bajo el comunismo. No era un muro antifascista, como eufemísticamente lo llamaban quienes lo justificaban. Algunos dicen que a pesar de ello, la RDA era industrializada y garantizaba empleo, vivienda, educación y salud. Sin embargo, los archivos de la Stasi, la policía secreta de la RDA, muestran que, entre otras cosas, el régimen permitía a los laboratorios occidentales aplicar experimentos a cambio de dinero, sin el consentimiento de los pacientes. Eso sin mencionar que está totalmente documentada la existencia de una compleja red de represión, control y vigilancia, con teléfonos, encomiendas y correos intervenidos, con más de 300.000 informantes al servicio del Estado comunista y miles de delatores voluntarios. Hay casos de esposos delatando esposas, hijos delatando a sus padres, etc.

Estos hechos que no son cuento ni propaganda capitalista sino que son exhibidas actualmente en el Centro de Documentación del Muro de Berlín en Alemania. Porque allá también hay museo de la memoria. Porque al igual que en nuestro país, hubo personas que no pudieron ver el cuerpo de sus familiares ni darles sepultura y solo se enteraron de las verdaderas circunstancias en que habían muerto éstos, tras la apertura de los archivos de la Stasi en 1992.

En Chile, sin embargo, algunos parecen mirar con cierta condescendencia las dictaduras socialistas, considerándolas como simples tropiezos, como una perversión de su ideal, y no como clara y brutal expresión del mismo. Como si el fin último planteado por el comunismo justificara los diversos intentos por establecerlo, hasta que se obtenga lo deseado. Pero ¿a costa de qué? Obviamente no será a costa de las élites y nomenklaturas comunistas ni socialistas sino del propio pueblo. Así ocurrió un 17 de junio de 1953 en la RDA.

Pero lo peor, es que parecen considerar como simple “embrujo capitalista” las ansias de libertad que no solo expresaron las 5.075 personas que entre 1961 y 1989 lograron huir ―de diversas formas― de la RDA, sino también las 174 que murieron intentándolo. Ese mismo afán de libertad fue el que llevó a miles de alemanes, incluidos seguidores de Rosa Luxemburgo, a gritarle a la clase gobernante comunista: «Nosotros somos el pueblo» un 9 de noviembre de 1989.