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Hugo Mery

Obama en la trampa de Afganistán

Hugo Mery | Viernes 23 de octubre 2009 17:17 hrs.

El Presidente de EEUU está empeñado en imponer militarmente sus ideales democráticos y de igualdad en una escarpada sociedad tribal que no entiende mucho de igualdad de género y de gobierno democrático central, y que en los dos siglos anteriores ya rechazó a soviéticos y británicos.


El Presidente de EEUU está empeñado en imponer militarmente sus ideales democráticos y de igualdad en una escarpada sociedad tribal que no entiende mucho de igualdad de género y de gobierno democrático central, y que en los dos siglos anteriores ya rechazó a soviéticos y británicos.

El nuevo Premio Nobel de la Paz tiene una prueba de fuego en Afganistán, en la que ve enfrentarse los ideales democráticos que promueve con la necesidad de una salida honrosa de Estados Unidos de ese país. El problema es que tal salida sólo podría lograrse a través de una victoria militar y que valores como la igualdad de género son de difícil concreción en una sociedad esencialmente tribal como la afgana.

Después de ocho años de ocupación, el triunfo militar se ha vuelto altamente improbable. Los halcones de George Bush lograron derrocar al gobierno talibán en 2001, en el marco de una ofensiva contra el terrorismo islamista post atentado a las torres gemelas, que confundió grupos organizados con Estados soberanos e irrespetó la legalidad internacional.

Barack Obama heredó esa ocupación, así como la de Irak, pero resolvió enfocar de manera diferente ambas situaciones. Mientras trabaja en un retiro programado de tropas estadounidenses de suelo iraquí, considera un aumento de efectivos militares en el afgano. La diferencia la establece en el hecho de que Washington tiene aún que enseñarle a Kabul cómo gobernar democráticamente un país y respetar los derechos humanos de sus habitantes. Algo que no ha logrado en ocho años de presencia, como lo prueban dos hechos: las miserables condiciones de vida del 80 por ciento de la población, que carece de empleos, oportunidades y atención médica suficiente, y la farsa democrática que constituye el gobierno instalado allí.

Junto a EEUU y la Otan está Naciones Unidas, para vigilar un proceso eleccionario que, según los funcionarios de la organización, concluyó en un fraude masivo, con un 55 % de los votos adjudicados al actual Presidente, Hamid Karzai, y el 28 % a su ex canciller, Abdullah Abdullah. Los comicios se realizaron el 20 de agosto último y sólo dos meses después se divulgaron sus falsos resultados, iniciándose un pesado trabajo para persuadir al gobernante a someterse a una segunda vuelta el próximo 7 de noviembre.

La pregunta de ahora de los altos funcionarios de la Casa Blanca y el Departamento de Estado es si vale la pena proseguir con un socio tan poco confiable; el vicepresidente Joe Biden ha llegado a convencerse de que lo mejor es mandarse cambiar, y no por las razones ideológicas que pueda tener un liberal convencido, sino por motivos prácticos.

La verdad es que si bien se logró derrocar hace ocho años al gobierno talibán no se ha derrotado a los talibanes, que están inmersos en el Afganistán profundo, logrando controlar algunas porciones de su territorio, incluso gobernando de facto en algunos distritos, aunque sea por la ausencia de autoridades. El talibán está capitalizando el descontento por la larga ocupación y el incumplimiento por los occidentales de sus promesas, no necesariamente porque los fundamentalistas tengan una amplia adhesión. Aún así es necesario advertir que muchas de sus prácticas, como el sometimiento de las mujeres, están enraizadas en la cultura tribal, para la que, por lo demás, un gobierno democrático central puede no ser un valor.

Como lo advierten algunas mentes lúcidas de Occidente, EEUU fracasará en Afganistán, como fracasaron en los dos siglos anteriores  soviéticos y británicos, con sus respectivas ocupaciones imperiales. Bush habló de guerra preventiva para justificarse y ahora Obama persiste en una apuesta imposible: lograr imponer militarmente sus valores democráticos y de igualdad, en vez de dejar que una sociedad tan escarpada como la geografía en la que vive resuelva sus disyuntivas antes de que la ayuda humanitaria internacional sea necesaria.