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Vivian Lavín A.

La opacidad y crueldad de los premios nacionales

Vivian Lavín A. | Domingo 9 de septiembre 2012 12:15 hrs.


En menos de 24 horas, se pudo conocer quién fue reconocido con el Premio Nacional de Literatura, el Premio Nacional de Artes Musicales y el Premio José Donoso. Así de rápido pero con gran trascendencia se supo que, finalmente, era Óscar Hahn y Juan Pablo Izquierdo, respectivamente, los ganadores de los más importantes reconocimientos que entrega el Estado en las letras y en música, como también que el escritor mexicano Juan Villoro, se llevaba el cada vez  más significativo premio que entrega la Universidad de Talca.

De esta manera, se  puso fin a lo que en periodismo se señala con el lugar común de “tensa espera”, por no decir, que sus candidatos estaban en un guerra de nervios que dejó a todos, incluidos los elegidos, literalmente “en las cuerdas” después de una pelea cuyos rounds se juegan tanto dentro como fuera del cuadrilátero. La analogía pugilística no es casual. Los premios nacionales se han convertido, para vergüenza de todos nosotros y del Estado, quien nos representa, en una pelea entre bandos o candidaturas que tensa al mundo artístico de manera grotesca e innecesaria. No es nada nuevo, lo sabemos , pero esta horrible herencia se ha extremado aún más con un premio que se entrega cada dos años y donde persiste la fórmula de presentar candidaturas, que se reduce a la práctica de engrasar la maquinaria electoral, con respaldos universitarios, gremiales y políticos de por medio, y que termina salpicando a los mismos galardonados en su enrarecida manipulación.

Y es que resulta francamente indecoroso y vergonzante que el Estado siga sosteniendo estas premiaciones cada dos años, que siga aceptando las candidaturas y que no se instale en el jurado, finalmente, a personas “pertinentes”, que a la hora de hacer un debate en relación a los méritos de escritores, poetas, músicos, filósofos o matemáticos, entiendan perfectamente los alcances de la obra y trayectoria de cada uno. Es insostenible que una deliberación no sea en estos términos sino que en cuanto a lo que sus integrantes han sido “mandatados” a respaldar desde el mundo político o gremial. Discusiones que debieran ser “desclasificadas” y conocidas por todos pasado un tiempo prudente, de modo de saber hoy, por ejemplo, cuáles fueron las razones que se esgrimieron en su momento para que una María Luisa Bombal o una Isidora Aguirre no recibieran este homenaje de parte de su país. Debates que responsabilizarían mucho más a sus integrantes, en cuanto quedarían para la posteridad y para el juicio histórico, los argumentos y contraargumentos expuestos como la idoneidad de quienes los emitieron.

El Premio José Donoso que entrega la Universidad de Talca es una demostración que las Universidades tienen mucho que decir y hacer por el reconocimiento a representantes de las letras  y  la cultura en Latinoamérica. El camino de la Universidad de Talca fue optar por una perspectiva literaria y regional, pero con la cantidad de universidades y casas de estudios que existen en Chile, ¿por qué no se opta por la mirada nacional y de otros ámbitos de la cultura? ¿No es acaso la premiación un acto que dignifica tanto al premiador como al premiado? ¿Es una cuestión de dinero? ¿Es que acaso cinco o seis millones de pesos al año vendrán a colapsar las arcas universitarias?

Resulta cruel que a un hombre de la talla de un Vicente Bianchi, a sus 92 años, se le tenga al pie del teléfono esperando el llamado del ministro de educación de turno. Resulta inaceptable que el Estado de Chile se jacte de ser una de las economías más prósperas de la región y no haga sonar cada año los teléfonos de tantos artistas, escritores, músicos y poetas que han dado su vida por la cultura en nuestro país.