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Karen Bascuñán

“Actas Urbe”: un recorrido por la escritura de Elvira Hernández

Karen Bascuñán | Lunes 16 de marzo 2015 16:33 hrs.


“El gran trabajo de la poesía (…) ha sido poder encontrar las palabras adecuadas, que permitan construir ciertos decires y ciertas imágenes con las cuales podamos entrar en diálogo”

Elvira Hernández.

 

Un extenso territorio de la escritura de Elvira Hernández nos presenta “Actas Urbe” (Alquimia Ediciones, 2013), congregando sus publicaciones de casi inexistente circulación en Chile, con una cuidadosa presentación -en una ruta que cuenta con detenciones y silencios- por el editor Guido Arroyo. Son las obras dispersas, idas como las nombran en este volumen, que constituyen una trama compleja y densa de casi treinta años de escritura. En el encontramos “¡Arre! Halley ¡Arre!” (1986), “Meditaciones físicas por un hombre que no fue” (1987), “Carta de viaje” (1989), “El orden de los días” (1991), “Bestiario” (inéditos), “Trístico” (1995), “Seña de mano para Giorgio de Chirico” (2004); a los que se suman poemas publicados en revistas, un Apéndice Crítico que presenta fragmentos de entrevistas y “Compacto de baja fidelidad”, autoentrevista de la autora.

Las publicaciones aquí reunidas derivaron en su tiempo en ediciones de pocos ejemplares, algunas contaron con colaboración de artistas visuales, otras dispersas en el extranjero, una diáspora a la que difícilmente podíamos acceder. Huella a la vez de las décadas en que circularon, años de palabra censurada, donde en sus diversas implicancias la censura acontece como pilar sobre el que la autora construye rutas y recodos en su escritura. Difícilmente podemos referir un único hilo conductor entre estos libros, o encontrar una estética quieta en lo que nos presenta este volumen. Sin embargo, en su lectura escuchamos los tiempos de la autora que han dejado registro sobre su constante indagación en el lenguaje a través de la palabra escrita. Treinta años que pueden leerse en una observación profunda del desvarío amenazante en lo público, que Hernández hace aparecer a través de su obra y desde el trabajo con lo que ella misma reconoce vinculado a lo inconsciente que deviene en palabra escrita.

Su pregunta por la escritura y el lenguaje también aparece situada respecto al contexto político, o cómo dar cuenta del devenir escritural post dictadura más allá del contenido explícito o subyacente, donde más bien encontramos en el lenguaje sus huellas, baches y silencios. Significativo resulta leer en su obra sobre la resistencia, que al igual que la censura toma vida propia, manifestándose en múltiples figuras -consistentes y necesarias-, ya sea propiamente en las formas del lenguaje, o también a lo que podemos leer de modo manifiesto. Hernández pareciera disponerse a dejar aparecer desde su atención expectante lo que no ha cuajado en palabra, resquicios o explanadas, abismos que aun no reconocemos porque no se han representado, o incluso no alcanzamos a imaginar:

 

“La página del vacío aparente viene escrita

Sólo hay que tactar.” (68)

 

Hernández pareciera estar vigilante a ese gesto y dejar emerger en su voz, a veces como dentelladas filosas y concluyentes, u otras como una marea con significados que nos cuesta más desentrañar. Su obra se presenta como un oleaje del cual encontramos rastro luego de la noche o, ateniéndonos a este volumen, huellas de años de publicaciones casi inencontrables.

Es interesante indagar en cómo estos libros circularon estos años, como un gesto que podemos reconocer en otras formas de persistencia de la vida en ese período, también. Cabe preguntarnos por las rutas que emprendieron las publicaciones aquí reunidas, los recovecos que llevaron a que cada uno de los libros reunidos aquí hayan sido de tan difícil acceso. Converge con el destino frecuente de los poemarios o de obras de autores que optan por una posición distante y de reflexividad desobediente a la institucionalidad. El trabajo realizado por Arroyo junto a la autora para presentarnos “Actas Urbe”, no sólo permite la circulación de una obra. Es a la vez una colaboración para resituarnos con estos textos -en parte atemporales, y de igual modo actuales- desde un lugar que Hernández ha señalado como preponderante: el lugar de lo público, alejado de un foco intimista al cual podría haberse adscrito. Nos convoca en su lectura a reconocernos en el lugar compartido, a veces incómodos, otras veces dolidos, en una urbe de la que somos parte.

De especial atención resulta la lectura de “El orden de los días”, donde podemos encontrar esta huella mencionada por la autora sobre cómo nombrar y recoger en el lenguaje qué puede ser la experiencia de la temporalidad en tanto constatación de vivir, teniendo como escenario la dictadura y posteriormente la experiencia post dictadura (si bien también podemos recogerla en las publicaciones no incluidas en este volumen). Encontramos con insistencia una escritura que circula en un presente constante y que a la vez se pregunta por el tiempo y la memoria, como en Mañana: 

 

“ni pedazo de presente ni pedazo de futuro

una palabra hueca hecha de pedazos de sonidos” (144)

 

El paso de los días, la dificultad de significar ante una especie de calma quieta la marcha del tiempo y reconocer vacíos en el lenguaje, en el movimiento; el choque con la expectativa de lo que misteriosamente vendría luego de resistir. Y es ahí donde Hernández sostiene la palabra, también. La resistencia decanta y emerge un flujo que se muestra como el gesto que se soporta a sí mismo y enuncia, en parte testimonio que no quiere presentarse como tal, pero ocupa ese lugar:

 

“Entonces tú das media vuelta te vas desapareces

                              Desaparecemos

El pueblo pasará una y otra vez por las páginas de tus libros

tu profesión injusta.” (58)

 

Recorrer “Actas Urbe” nos ubica ante la proliferación y extensiones de la obra de Hernández, que -concordando con lo que Arroyo sostiene en la presentación- adhiere a una escritura que escapa de un plan fijo, abriendo la palabra a lo que sea necesario que emerja “el artista es aquel que tiene el control de todo. Yo diría que tengo muy poco control. Soy menos artista. No soy tan moderna.” (205), dice Hernández. La autora deambula atenta a lo que asome desde el lenguaje, situada en un recorrido por la urbe que, como ella misma indica, adhiere a lo enunciado por Rodrigo Lira “yo salgo a patrullar Santiago” (213). Recorrer el territorio habitado, donde se viven lógicas de exclusión, extrañamiento y desaparición; pero donde también se resiste:

 

“Vengo del País del Reloj de flores, de Tres y Cuatro álamos. Vengo

del vuelta del “Fausto” y he buscado todos estos años a Juan Alacalufe

Desaparecido.” (67)

 

No es la nostalgia lo que permea este deambular, es una pulsión que se sostiene en cada uno de los libros incluidos. Hernández remite a un territorio situado y con historia, habitado, violentado y despojado, pero que a la vez sostiene ejercicios de oposición. La fundación de Santiago como hito político, por ejemplo, enunciado con la fundición de la misma ciudad, tajo sobre el que se despliega este cotidiano en la repetición con sus cicatrices, símbolos, gestos republicanos y dictatoriales. ¿Cómo se habita esta guerra fundante que deriva en el mestizaje que portamos? En estas formas de ser en la urbe, la resistencia es uno de los modos que se sostiene, instituyendo un cotidiano que se desplaza entre la observación del paso del tiempo, y de la violencia y su continuo casi inamovible:

 

“el Halley despeda-

zado en miles de

hogueras por el asfalto.” (34)

 

Hacer memoria, confrontar esa supuesta fiesta que se anunciaba en el cielo a través del paso de un cometa, mientras las hogueras, mientras los cuerpos, mientras el horror. ¿Qué representa el Halley hoy, cuando nos reencontramos casi treinta años después con el recuerdo de su enunciado y las escenas que contuvieron ese despliegue mediático acallador? Preguntas como estas se abren en la lectura de este volumen, dimensión imprescindible que se suma a la forma de nombrar de la autora, también sonoridad que refiere a la frecuente pregunta sobre la escritura, especialmente en poesía ¿quién escribe cuando se escribe?, como en Hai-ku

 

“Un grillo en el muro.

 

Ideograma nipón.

 

Escritura que está cantando.” (161)

 

Te invitamos a escuchar acá la lectura de “Restos”, uno de los poemas incluidos en este volumen, en voz de Elvira Hernández.

Restos

 

 

Título: Actas Urbe                                                                               Actas-Urbes-Frontal-221x300

Autor: Elvira Hernández

Editorial: Alquimia Ediciones

Año publicación: 2013