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El exilio dorado: Crónicas migrantes para la adaptación

El periodista chileno radicado en Buenos Aires publica un contundente volumen de crónicas que examina la condición de inmigrante, la literatura y la escritura como forma de adaptación.

Felipe Reyes

  Lunes 28 de diciembre 2015 13:04 hrs. 
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Desde las páginas del desaparecido semanario La Nación Domingo, Gonzalo León dio vida a una hilarante sección llamada A sangre fría, en la que nos revelaba historias, personajes, lugares y situaciones muchas veces inverosímiles, ridículas, sórdidas o incuestionablemente verdaderas. Hechos que, sin el registro testimonial de Álvaro Hoppe, fácilmente podrían haberse tratado de las páginas de una novela. De esa irrealidad de la ficción que no es lo fantástico ni lo inverosímil sino lo siempre posible en la realidad.

Paralelamente, comenzaría a tender los puentes con parte de la escena literaria argentina y sus obras; ese mismo extenso parnaso que después poblaría sus crónicas bonaerenses. Así, una vez instalado en territorio ajeno, viviendo “a sangre fría” la condición de inmigrante, su escritura inevitablemente comenzará a dar un giro y buscará quitarse el uniforme de “chileno” para comenzar a vestirse de colores y combinar elementos, dando un paso más allá de la mera crónica periodística. Y aquí las etiquetas de clasificación son variadas, sin embargo, la experiencia personal es única e intransferible. Y pese a esa nueva condición de forastero, frente a la incertidumbre,  Gonzalo León logra conservar dos elementos claves que han caracterizado su escritura: la ironía y el humor como salvavidas ante un posible naufragio.

León“En ese momento me di cuenta de que en esa cola todos era iguales”, anota León, “había una cierta democracia en eso, y de nada valía, por ejemplo, tener educación universitaria completa. El funcionario promedio de Migraciones cree que el extranjero es idiota. Por eso ante ellos yo era un idiota más de la familia”.

De esta forma, en El Exilio Dorado (editorial Calabaza del Diablo), su nuevo libro, la escritura de Gonzalo León recupera su vocación nómade, en constante tránsito, esa que se mueve y traza posibles rutas entre puntos establecidos o significativos en el mapa personal de nuestro pensamiento.

Su auto–exilio es un laboratorio en el que León examina la genética de los textos, un lugar intermedio entre la idea y la forma y en el que se nutre de autores y palabras para emprender su propio camino de escritura.

En su papel de escritor–inmigrante, León elabora una visión desde la “perspectiva exterior”, en palabras de Juan José Saer, como cita Gonzalo en su libro, pero a la vez esa misma “perspectiva exterior” se vuelve hacia el propio país, alentándolo en la reflexión, porque la distancia geográfica permite una mirada panorámica del origen, de sus coterráneos y de la cultura a la cual se pertenece, siempre en permanente tensión con la que se adopta.

El inmigrante chileno, anota León, “mentalmente sigue viviendo en Chile. Por otro lado, el coloquial chileno parece ser su tesoro más cuidado, y lo va enriqueciendo cada día que pasa en este, su tormento o exilio, con más y más jerga, hasta que literalmente no se le entiende nada. Si ven a otro chileno saludando de beso en la mejilla (…), lo acusan de “traidor a la patria”. Y para no estar desinformados ingresan al sitio web de Las Últimas Noticias, porque creen que mientras más noticias de farándula lean serán, de alguna manera, más chilenos”.

Y en esa condición, las fronteras pierden sentido, los géneros se diluyen para León: su crónica personal se cuadra con la categoría de no ficción, ejercita decididamente su pretensión ensayística, y desborda una fuerte vocación narrativa que, a la vez, va conformando parte de una autobiografía: Vida, lectura y escritura como un triángulo equilátero.

Esta recopilación de Gonzalo León emprende su viaje por una vía de doble sentido: la del periodistas–escritor, ese que escribe “su insincera sinceridad”, como anotó Gombrowicz en su Diario, y que entiende la escritura de prensa sin la urgencia del gremio, sino como parte de la configuración de una obra.León-2

En las páginas de Exilio dorado pareciera estar toda su curiosidad y su necesidad de literatura, horas, días y años en un registro de adaptación a manera de bitácora, el ejercicio de la lectura entendida como una parte fundamental del oficio del que escribe y que trata de descifrar la obra de los otros y, a la vez, alimenta la propia. Como en un círculo infinito. Y todo eso, toda esa lectura, toda esa escritura se mezcla con el entorno –“mientras camino por Retiro”, anota León, y lo invade “una promiscuidad de olores provenientes del río de la Plata, de los tubos de escape de los camiones y de la comida al paso que se prepara aquí y allá”–; y su mirada tampoco ignora a los personajes que desfilan por esas calles, bares y cafés bonaerenses, como los negros senegaleses –“altos, delgados, como príncipes africanos”, dice León– que venden relojes y chucherías en el bar frente a la plaza del congreso, y que lo conducen a una nueva lectura, y por lo tanto, a un nuevo tema de escritura. Como en un círculo infinito.

La ciudad adoptiva trazada por Juan de Garay como un palimpsesto. Momentos y personajes  –literarios y callejeros–, lecturas que llenan las horas, plantean preguntas y respuestas… unas y otras emiten signos e imágenes, proyectan sombras que León, con inagotable inquietud, capta e interpreta para proponernos su propio itinerario argentino.

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