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Año X, 10 de diciembre de 2018

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Felipe Portales

Chile y la noche de los cristales rotos

Felipe Portales | Viernes 16 de noviembre 2018 13:53 hrs.

Hace 80 años -el 9 de noviembre de 1938- tuvo lugar el inicio de la extrema violencia desarrollada por el régimen nazi contra los alemanes de origen judío; violencia que durante la segunda guerra mundial culminaría en el Holocausto. En esa noche se destruyeron casi todas las sinagogas de Alemania y Austria y más de siete mil comercios judíos. Además, se mató a casi un centenar de ellos. Y comenzó la última fase de deportaciones, internaciones en campos, despojos y prohibiciones previa a la “solución final” decretada a comienzos de 1942.

Notablemente, la derecha chilena tuvo una debilísima reacción frente a dicha brutalidad. Es importante tener presente que aquella ya había apoyado fervorosamente las violentas represiones de Hitler desde sus inicios. De este modo, El Mercurio editorializaba en marzo de 1933: “Los comunistas, al amparo de Gobiernos relativamente débiles (…) habían desarrollado una activísima propaganda y tenían tendidos los hilos de una red siniestra de ataques a la propiedad, de crímenes políticos, de disturbios de todo género, que habrían de culminar en el estallido de la revolución social (…). Todo esto ha sido desarmado por la actitud viril de Hitler (…). Alemania está dando ahora un ejemplo de virilidad al mundo con su actitud de hoy y es de esperar que el comunismo internacional aprenda en esta coyuntura de cuánto es capaz una sociedad que sabe defenderse y que para ello no olvida ninguna de sus reservas de energía ni desprecia ningún instrumento de acción” (5-3-1933). A su vez, “El Diario Ilustrado” afirmaba que “en Alemania ha empezado la ‘batida comunista’ con un fervor ejemplar. Se les arroja de todas partes (…) Es tiempo de imitarles” (29-3-1933). Algunas décadas después lo imitarían en nuestro país…

Posteriormente, ambos diarios comentaron positivamente “la noche de los cuchillos largos”, del 30 de junio de 1934, en la que Hitler mandó asesinar a Ernst Röhm y la plana mayor de las SA, que pretendían izquierdizar su “revolución nacional”; y a varios líderes contrarios al nazismo, como el ex primer ministro Kurt von Schleicher y el jefe de la Acción Católica, Erich Klausener. Y este respaldo se mantuvo en el tiempo. Especialmente en el caso de El Mercurio, que hizo una evaluación apologética del nazismo en 1938: “Una perfecta unidad que electriza a todos los alemanes sin distinción alguna; una mística del trabajo y del dinamismo que hace a todos ellos arrostrar cual- quier sacrificio con tal de que se emplee en provecho general; un amor ardiente al suelo natal, a sus tradiciones y glorias, y un deseo ferviente de mostrar objetivamente al mundo la potencia industrial, económica, técnica, científica y artística de Alemania; tales son los sentimientos que unen en estas horas a todos los alemanes” (1-5-1938).

En el caso de El Diario Ilustrado se hacía una salvedad doctrinaria, dado su carácter conservador católico, pero ello no impedía una clara adhesión política: “Ni tal circunstancia (doctrinaria) puede disminuir ni en pequeña parte el vivo sentimiento de admiración (…) hacia el empuje formidable de su raza, a su extraordinario resurgimiento en todo orden de actividades, especialmente en las económicas e industriales” (1-5-1938).

Asimismo, ni de la prensa ni de los partidos políticos de derecha hubo alguna reacción de crítica al régimen nazi por las medidas antisemitas adoptadas desde sus inicios. No hubo siquiera la menor crítica a las discriminatorias Leyes de Nuremberg, aprobadas por el régimen nazi el 15 de septiembre de 1935. Por medio de ellas se privó a los judíos de la ciudadanía alemana, convirtiendolos en súbditos. Además, se les prohibió casarse con no judíos y tener empleadas de hogar “arias” de menos de treinta y cinco años.

Peor fue la reacción de la derecha chilena frente a la noche de los cristales rotos; en contraste con la indignación mundial generada, incluyendo duras reacciones de los gobiernos de Estados Unidos y del Reino Unido, además de la generalidad de la prensa internacional y de los medios chilenos de centroizquierda. Así, El Mercurio demoró ¡más de diez días! en señalar débilmente que “el Estado alemán tiene el derecho de proceder dentro de su territorio a gobernarse como más le acomode; pero lo que ocurre es doloroso desde un punto de vista humano y lamentable en el interés de la armonía internacional que haya surgido este nuevo motivo de discordia y dificultades. El respeto a la persona humana es fundamento y esencia de la civilización. A esto no se puede tocar sin despertar protestas”. Pero lo peor fue que, pese a manifestarse contrario a “la expulsión en masa de grupos de hombres (…) por el mero hecho de pertenecer a una clasificación de raza”, ¡reconoció el “derecho” del gobierno nazi a seguir cometiendo la barbarie de deportar a toda su población de origen judío!: “Las razones que han inducido a las autoridades del Reich a adoptar medidas para expulsar de su territorio a los miembros de esa raza no son discutidas porque pertenecen al derecho que cada nación tiene de dictar sus leyes y administrar sus intereses como mejor le plazca” (22-11-1938).

Más tarde aún -el 25 de noviembre-, y ni siquiera como opinión editorial, apareció un artículo en El Diario Ilustrado (suscrito por H.) en que se señalaba complacientemente que “aunque nosotros no lo comprendemos, es posible que en Alemania pueda existir un grave problema judío, y es explicable que su Gobierno quiera darle a este problema una solución satisfactoria para los intereses de la nacionalidad”. Y al igual que “El Mercurio” ¡le reconoció también su “derecho” a deportar a los judíos!: “En último término, debemos convenir en que se trata de un problema propio de una nacionalidad con amplia independencia para marcarse sus propios destinos y, por ende, autoriza- da para darle el giro que más le acomode a sus cuestiones internas” (25-11-1938).

En concordancia con lo anterior, se explica el que solo dos parlamentarios de derecha (el conservador, Rafael Luis Gumucio; y el liberal, Edmundo Fuenzalida Espinoza) se integraran a los setenta y cinco del Congreso Nacional que enviaron a Hitler una comunicación de protesta “por la trágica persecución de que se hace víctima al pueblo judío de ese país” (La Opinión; 27-11-1938).