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Año XII, 13 de agosto de 2020

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Paula Forttes Valdivia

Adultos mayores discriminados en Chile

Paula Forttes Valdivia | Viernes 3 de julio 2020 17:18 hrs.

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*A esta columna adhiere el Directorio Fundación Adulto Mayor Clotario Blest compueta por Betty Del Carmen Oliva Sotomayor, Secretaria; Carlos Fuentealba Mardones,Tesorero, y los directores: Francisco Iturriaga Steck, Nibaldo Inestroza Cantin, Roberto Fantuzzi Hernández, Segundo Joel Valenzuela y Darinka Aguirre Zavala.

Un estereotipo muy difundido sobre la adultez mayor es que las personas mayores son similares. Esto, sin lugar a dudas, es erróneo, la vejez es heterogénea y diversa, pero las consecuencias como algo homogéneo y generalmente negativo determinan las formas en que nos relacionamos con las personas mayores y, con ello, el tipo de políticas dirigidas a este grupo que se implementan.

Otros estereotipos homogeneizadores instalan la idea de que la edad es un impedimento para realizar proyectos, anhelos y sueños. Frases como “no tengo edad para hacer eso”, “no tengo edad para vestir aquello” o “a mi edad eso se ve ridículo” son la expresión internalizada de dichos estereotipos que logran reducir el espacio de movimiento y de realización personal.

A medida que más personas transitan a la adultez mayor y se mantienen en dicha etapa por más tiempo, tomamos consciencia de que estos estereotipos, además de ser mentirosos, terminan siendo formas de limitar nuestras vidas, marginarnos de diferentes espacios sociales, y maltratarnos. En este sentido, resulta fundamental el desarrollo de nuevos conocimientos personales, develar la multiplicidad de experiencias que se viven en esta etapa y abogar por un cambio cultural que no reproduzca imágenes engañosas con impunidad. Asimismo, se debe propiciar el apoyo de la gerontología, las ciencias a un entendimiento integral de la vejez que no de espacio a la ignorancia en la cual se sustentan esas ideas edadistas.

La vejez, como fenómeno social, es reciente. Y, pese a las cifras, tiende a ser invisibilizada. Los roles familiares, específicamente, el de abuelo y abuela, parecieran ser los únicos que la sociedad permite a las personas mayores. Este reduccionismo vuelve invisible que las personas mayores también son hijos e hijas, hermanos y hermanas, amigos y amigas, con múltiples facetas. A su vez, cuando vinculamos la vejez únicamente al retiro y la jubilación, limitamos los roles de participación social que cada vez se irán haciendo más comunes debido al aumento de la expectativa de vida después de los 65. Pero, además, cuando las personas mayores representen más del 25% de la población, será absurdo que la sociedad no se beneficie de los múltiples roles que estas personas irán adoptando.

Todo lo anterior viene acompañado de un constante proceso de infantilización. Si bien es una realidad que, a mayor edad, se hacen más frecuentes las complicaciones a la salud que generan pérdidas de autonomía y dependencia, las personas mayores no son niños ni niñas. No pueden ser tratados como tales, incluso en los casos donde haya sido declarada una interdicción por la justicia. Lamentablemente, no solo pensamos que las personas mayores son únicamente abuelos o abuelas, sino que también las y los tratamos como niños y niñas, trato que daña la identidad personal, la autonomía, la autoestima y puede, incluso, derivar en pérdida de funcionalidad.

Cuando las luchas feministas, de liberación LGBTIQ+ y antirracistas recién comenzaron, su trabajo era casi innombrable. La discriminación etaria debe ser visibilizada, no solo por las personas mayores, sino por la sociedad en su conjunto. Esta pandemia ha puesto de manifiesto que estas formas de discriminación suponen graves consecuencias para todos y todas. Ha sido posible observar que las personas mayores se encuentran en una situación de mayor vulnerabilidad, por lo que ya no existen excusas para que la salud geriátrica no sea abordada de forma profunda dentro de nuestro sistema de salud. Esta debe considerar las dimensiones éticas, de bienestar e incluso filosóficas que están asociadas al cuidado de las personas mayores, respetando su autonomía e identidad.

No es posible que las personas mayores perciban que su vida no será priorizada por los servicios de salud y de protección social, ni que se normalicen discursos que le asignan diferente valor a la muerte de un joven o una persona mayor, no puede ser tan fácilmente aceptado que sean conculcados derechos, como con la prohibición de circular de mayores de 75, las medidas por edad deben ser revisadas en especial las que discriminan buscando proteger.

Los sectores sanitario y social, irrevocablemente unidos, deben aprender de la experiencia y replantear sus políticas dirigidas a la población mayor en función de las experiencias positivas y negativas de esta crisis. Será clave cuestionarnos y plantear las preguntas precisas que desencadenen cambios beneficiosos para la sociedad en su conjunto, a partir de una garantía total de los derechos de las personas mayores.

Los efectos de la pandemia no terminarán de develarse en muchos años, debemos estar atentas y atentos y movilizarnos, en cada uno de nuestros espacios, para promover nuevas políticas, servicios y soportes para la población mayor con la población mayor.