Quizás por nuestra supuesta idiosincrasia isleña, o por el bajo nivel de la discusión sobre temas internacionales de nuestro sistema político -que, entre otras cosas, después induce a malas decisiones en materia de relaciones exteriores-, en el país pareciera no aquilatarse del todo el momento que está viviendo el mundo y, por ende, el rol que pretendió jugar la ahora fallida candidatura de Michelle Bachelet a la Secretaría General de la ONU. Esta postulación estableció desde el principio que pretendía reivindicar los principios en torno a los cuales se ha erigido el sistema internacional desde 1945 en adelante: el multilateralismo, el respeto a la democracia y los derechos humanos. Esto, incluso por encima de las conveniencias o del resultado, tal como lo señaló la propia candidata el pasado mes de junio en Ginebra, Suiza: “Si alguien me veta porque creo en la democracia, porque creo en el multilateralismo, porque creo en los derechos de las mujeres, porque creo en los derechos humanos, me sentiré honrada”.
Durante el largo fin de semana tuvimos la ocasión de repasar un libro que cada cierto tiempo citamos en este espacio: Eichmann en Jerusalén, de Hannah Arendt. Hay, en todo caso, además de esta obra, cientos, si no miles, de fuentes a las que se puede recurrir para recordar adónde puede ser arrastrada la humanidad cuando las naciones del mundo caen en manos de líderes violentos, fanáticos, sectarios y genocidas. Es por eso que, en este momento, cuando dirigentes con esas características llegan al poder en distintas partes, la defensa de los principios que se les oponen es especialmente necesaria. Y es por eso que la reciente declaración del Canciller, señalando, tal como al principio, que el Gobierno retiró el apoyo porque “era una candidatura que veíamos con poca probabilidad de éxito”, aludiendo a una razón meramente pragmática, adolece de estatura y abre un nuevo frente de cuestionamiento a los que ya existen sobre los criterios con que se están ejecutando las relaciones exteriores del país.
Por cierto, no se puede afirmar con precisión cuánto incidió esta decisión en el debilitamiento de la candidatura de Bachelet, puesto que aquello solo es posible en el ámbito de la especulación. Pero ciertamente es una medida que, hasta el momento, no ha sido explicada con solvencia. Y hay algo más que convendría no perder de vista: en política exterior, y particularmente en la diplomacia multilateral, el valor de una candidatura no puede medirse exclusivamente por sus posibilidades de triunfo. Una postulación puede servir también para expresar una determinada visión del orden internacional, abrir conversaciones, construir relaciones y defender principios que no pierden su valor porque las circunstancias hagan improbable el éxito. Si el criterio para participar fuera únicamente la certeza de ganar, la diplomacia terminaría reducida a administrar resultados previsibles y no a intentar modificar las circunstancias que los producen.
Y esto adquiere especial relevancia en el caso de Bachelet, porque su candidatura no solo ponía sobre la mesa un nombre, sino también la posibilidad -hasta ahora inédita- de que una mujer latinoamericana encabezara Naciones Unidas, en un momento en que el multilateralismo, la democracia y los derechos humanos enfrentan desafíos particularmente severos. Reconocer que sus posibilidades eran reducidas no obliga a desconocer esa dimensión. Por eso, más que discutir retrospectivamente si la candidatura podía ganar, la pregunta que queda pendiente es qué quiso decir Chile al mundo cuando decidió respaldarla y, sobre todo, qué quiso decir cuando decidió dejar de hacerlo.






