Se acerca el cierre de octubre y las vitrinas se llenan de telarañas, calabazas y criaturas que reconocemos incluso sin haber leído las historias que los originan. Halloween nos ofrece una ocasión para disfrutar del miedo y también para preguntarnos por los relatos de terror que circulan más cerca de nosotros. En Chile tenemos una larga relación con las apariciones, las brujerías y los seres que acechan en la oscuridad. Muchos llegaron a nuestras vidas en las historias que alguien contaba en la casa, bastante antes de que pudiéramos encontrarlos en un libro.
Por estos días he vuelto a pensar en “Catrala”, la novela de Francisco Ortega publicada este año por Minotauro. Llegó a mis manos y la leí en un día, porque no podía soltarla. Después tuve la oportunidad de conversar con su autor sobre ese libro y los intereses que lo movilizaron. De entrada me entusiasmó su manera de tomar un clásico de la literatura universal y hacerlo conversar con nuestro imaginario. Mientras leía, me divertía reconocer la estructura de “Drácula”, de Bram Stoker, y descubrir cómo sus personajes y situaciones encontraban nuevas posibilidades en un territorio conocido.
Ortega formula así la pregunta que puso en marcha el libro: “¿Qué hubiese pasado si Bram Stoker, en lugar de haber escuchado las historias de Erzsébet Báthory y de Vlad Tepes, hubiese escuchado las historias de la Quintrala?”. Esa posibilidad le permite imaginar a Catalina de los Ríos y Lisperguer como una criatura cuya existencia atraviesa los siglos, y recuperar las asociaciones entre su leyenda, la sangre, el deseo y el poder.
La operación tiene algo del juego de reconocer una canción en una versión muy distinta. El propio autor recurrió a esa comparación durante nuestra conversación: describió la reescritura como un cover y recordó lo que hicieron los Pet Shop Boys con “Always on My Mind” popularizada por Elvis Presley. Una obra conocida puede transformarse al pasar por otra sensibilidad, adquirir otro ritmo, provocar emociones diferentes. Parte del disfrute está en reconocerla y parte en dejarse sorprender por aquello que esta nueva versión propone.
En “Catrala”, ese reconocimiento comienza por la forma. Ortega conserva la estructura epistolar de “Drácula”: vamos entrando en la historia mediante cartas y diarios, a través de voces que escriben desde sus experiencias. “Yo tomo la estructura de ‘Drácula’ y hago un ejercicio de espejo”, explica. En ese espejo cambian los géneros de los personajes y se desplaza la geografía. Buenos Aires ocupa el lugar de la gran capital desde donde una joven argentina, Guillermina Musso, viaja a encontrarse con una anciana que vive en el valle de Putaendo.
Me gusta mucho que ese traslado se sienta tan natural. Los elementos de nuestro folclore encuentran su lugar dentro de la narración y participan de su amenaza. Ortega lo resume con una observación que da cuenta de su apuesta: “Si bien es una novela vampírica, la palabra vampiro no aparece nunca en la novela”. Aparecen los chonchones y los piguchenes, criaturas que permiten construir lo que él llama “un gótico chileno usando el folclor chileno”. En algún momento de la conversación, dice con humor: “Putaendo es como nuestra Transilvania”.
La elección de la Quintrala abre, además, preguntas sobre las maneras en que se ha construido su monstruosidad. Durante la entrevista volvimos sobre una inquietud que hemos conversado antes: cuánto de la excepcionalidad que se atribuye a su violencia tiene que ver con que quien la ejercía fuera una mujer. La pregunta exige mirar también el orden colonial, las relaciones de dominio y las violencias que podían ejercer los propietarios sobre quienes dependían de ellos.
Esto no implica absolver a Catalina, sino preguntarse por qué ciertos horrores adquieren un rostro que recordamos durante siglos, mientras otros quedan incorporados a la normalidad de una época. Ortega señala que a su figura se suman “la brujería, el satanismo […] y el hecho de que era una mujer muy poderosa”. Yo agregaría su deseo de destino y el erotismo que se le atribuye. Poder, deseo y violencia reunidos en una mujer constituyen una combinación que nuestra cultura sigue mirando con inquietud.
Frente a esa figura, la novela sitúa como protagonista a una joven profesional del siglo XX. Ortega quería explorar el encuentro entre dos mujeres de épocas distintas y sus maneras de ejercer el poder. Construir la voz de Guillermina fue uno de sus desafíos: debía imaginar a una argentina de veintitantos años en 1917. La escritura de cartas y diarios le ofreció una entrada. “El diario de vida, la carta, implica hablar desde un yo, pero desde un yo rearmado”, explica. Mientras conversábamos, pensaba en cómo, al escribir sobre nosotras mismas, también escogemos la imagen que queremos dejar de nuestra experiencia.
Disfruté mucho ese juego de voces y reconocimientos. “Catrala” permite volver a una historia que creemos conocer y encontrarla transformada por otra geografía, otras memorias y otras criaturas. Al cerrar este mes dedicado al miedo, me gusta recordar que nuestros territorios también pueden alimentar la imaginación del horror y que tenemos tantos notables creadores y creadoras trabajando en ello. Putaendo puede ser nuestra Transilvania, y una figura de la que escuchamos hablar desde niñas puede tener todavía nuevas formas de quitarnos el sueño.





