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La desconocida vida del profesor Rolando Alarcón

"Rolando Alarcón. La canción en la noche" es un libro que recorre toda la biografía del cantautor y acaba de ser reeditado. Manuel Vilches, uno de sus autores, repasa diferentes pasajes en esta entrevista: su formación en la Escuela Normal, su relación con la Nueva Canción Chilena y su tensa relación con el PC.

Rodrigo Alarcón

  Sábado 31 de enero 2015 16:53 hrs. 
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“Vamos a probar si sube cerros, vamos a conocer a una amiga a La Reina”, le dijo Rolando Alarcón a José Luis Hernández, justo después de comprarse un auto nuevo. “Era una casa de madera, Rolando dice aló y toca la bocina y aparece una señora con el pelo hacia adelante, toda chascona. ¿Puedo decir un garabato?, le dice. ¡Y qué venís a hacer aquí vos, chuchetumadre! Al tiro reconocí quién era: Violeta Parra, en persona”, relata el entonces joven músico, en un gracioso testimonio que continúa con un generoso intercambio de garabatos. “Te voy a recibir nada más porque venís con un amigo, pa’ que no piense que soy una rota de mierda”, le dice Violeta Parra a Rolando Alarcón antes de dejarlo entrar a su casa, a la que más tarde llegan Isabel y Ángel Parra y Víctor Jara. Toman el té, pelan “a medio mundo” y juegan.

Ese es uno de los muchos episodios que recoge Rolando Alarcón. La canción en la noche, libro publicado en 2009 por la editorial Quimantú y que acaba de reeditarse, en una versión corregida y ligeramente aumentada.

Los autores son dos y trabajaron en diferentes etapas. Carlos Valladares, ex miembro del dúo Los Emigrantes, que acompañó a Rolando Alarcón en discos y conciertos, comenzó a elaborarlo hace más de 30 años desde su exilio en Canadá. En 2003 se contactó con Manuel Vilches, periodista que lo completó y editó. “Lo hicimos los dos porque yo escribí la redacción final, pero sin lo que hizo don Carlos no habría sido posible. Probablemente el material más valioso lo juntó él, que alcanzó a hablar con Héctor Duvauchelle antes que lo mataran en 1983, consiguió la cuña final de Ricardo García y tenía el testimonio de René Largo Farías vistiendo a Rolando Alarcón el día de su muerte”, explica Manuel Vilches.

“Me pasó las entrevistas que tenía y sus propios testimonios, escritos a máquina, vi lo que faltaba e hice mis propias entrevistas. Fueron como 40 ó 50 más y nos demoramos seis años y medio en hacer el libro, entre los quehaceres de cada uno”, añade.

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El punto de partida es el 5 de agosto de 1929, cuando Rolando Alarcón nace en Santiago, y el epílogo es el 4 de febrero de 1973, cuando fallece en el Hospital Salvador. Entre medio, las anécdotas y personajes son abundantes. Se relata su infancia y juventud en Sewell y Chillán, su formación como profesor normalista, sus días junto al Conjunto Cuncumén, su desarrollo como compositor y solista y sus últimos años, alineados con el gobierno de la Unidad Popular.

Una de las cosas llamativas de Rolando Alarcón es su tránsito por la proyección folclórica, el neofolclore y la Nueva Canción Chilena. ¿Es lo que más te atrae?

Lo que más admiro es su capacidad melódica, lo encuentro excepcional. No era tan buen intérprete, era afinado y agradable, pero un poco suave, entonces algunas canciones de denuncia no le quedaban tan cómodas. Melódicamente, sin embargo, era soberbio. Por eso me gusta mucho su último disco (El alma de mi pueblo, de 1972), porque cuando llevas diez discos en siete años o no te quedan melodías o te empiezas a autocitar. A él no le pasó eso, siempre fue muy original. Para el libro, sí es lo más valioso lo que dices. La gracia es que contamos su vida, pero también de la proyección folclórica, de las diferencias entre el Cuncumén y el Millaray, las discusiones con los ballets folclóricos, la relación del PC con la proyección folclórica, todo ese mundo.

Todos esos movimientos fueron discursos que atacaron a la música huasa. La proyección se genera en los ’40, desde la Universidad de Chile, y dice que es la auténtica música chilena. El neofolclore es lo mismo: esta es la música chilena que va a perdurar, la que está vigente y le canta al Chile de hoy, la que toma toda la música y no solo la tonada. Además, es imposible entender cada época sin la anterior, porque si el neofolclore ocupa el cahimbo o la sirilla es porque el Cuncumén y el Millaray lo hicieron en sus discos. La Nueva Canción Chilena es imposible sin el neofolclore, en parte, porque sus protagonistas estuvieron en las dos partes. Los Parra, Manns, Jara, Alarcón, todos fueron neofolcloristas. No estéticamente, no con esos juegos vocales, pero sí en el período.

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En ese sentido, Alarcón es muy valioso para entender todas las épocas. Además, fue muy versátil y compuso en todas las épocas, con trabajos bastante logrados. Para mí, la más valiosa son los discos El mundo folclórico de Rolando Alarcón (1969), El hombre (1970) y El alma de mi pueblo (1972). Los años de la Nueva Canción Chilena fueron muy buenos y se valoró muy poco. En la prensa de la época, en los medios oficiales del PC, salía muy de lejos. Este vínculo que se hace con la Nueva Canción Chilena, por lo tanto, es como un revisionismo. Se menciona que fue importante, pero cuando ocurrió realmente, entre 1969 y 1973, él estaba casi con un pie afuera. O estaba en la segunda división, con la gente de la peña Chile Ríe y Canta. Una cosa eran los Parra, Manns, Quilapayún e Inti Illimani, y otra cosa eran el “Gitano” Rodríguez, “Payo” Grondona, Richard Rojas, Los Curacas, Amerindios, el Dúo Coirón. Ellos mismos se definían como la segunda división al lado de la Peña de los Parra y no me queda claro por qué Rolando Alarcón quedó ahí. Creo que tenía todos los méritos, era amigo de ellos y cantó en la Peña de los Parra hasta que murió, entonces es extraño.

El libro relata también su formación como profesor normalista, una vocación que luego aparece en el trabajo musical. Sus colaboradores cuentan cómo era muy didáctico al grabar, por ejemplo.

Sí, había una parte pedagógica en la creación y en el trabajo con los músicos, pero en sus clases también nacieron muchas de sus creaciones. Hay un acto por el 21 de mayo, por ejemplo, y hace un vals a la Esmeralda. Tiene que enseñar cómo es la sirilla y aparece “Mi abuela bailó sirilla”. “Doña Javiera Carrera” ganó una competencia de composiciones para colegios, una cosa así. Es muy importante esa dualidad. Además, era mayor que muchos músicos y estaba desde muy joven en la música. Cuando le enseñó a bailar cueca a Las Cuatro Brujas, por ejemplo, llevaba diez años desde que había fundado el Cuncumén. Era mayor, era profesor y se tomó muy en serio la docencia y la investigación folclórica, entonces esa dimensión pedagógica ha ayudado a que perdure, porque mucha gente que hoy lo recuerda fueron sus alumnos. Y sus canciones se quedaron en los colegios: “Mocito que vas remando”, “Mi abuela bailó sirilla”, “Doña Javiera Carrera”, “Niña sube a la lancha”, “Si somos americanos”, sobreviven porque se cantan en colegios y actos de Fiestas Patria, cosas de ese tipo.

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El libro menciona el tema de su homosexualidad, pero no lo profundiza. ¿Por qué?

Quizás yo lo hubiera escrito de manera más suelta y habría ahondado un poco más en la discusión sobre la homosexualidad, pero para don Carlos y toda esa generación es un drama. Para quienes fueron sus amigos fue muy complicado, porque sentían que él sufrió mucho, que lo discriminaban y que su condición sexual era mal vista, que lo desmerecía. El libro se enfoca en si la homosexualidad lo perjudicó, cuánto impidió su posterior perdurabilidad. Son preguntas que me hago en paralelo al PC, porque Alarcón se sentía comunista, pero nadie sabe si lo fue formalmente. Me fui por ese lado, porque contar su historia de amor o desamor era difícil. Hubiera sido un poco inexacto y me cuestioné si era relevante. Además, a don Carlos no le interesaba en absoluto.

¿Por qué era un drama?

Había gente a la que le preguntaba y me decía “sí, Rolando era así, pero la idea no es denostarlo”. Perdía puntos por haber sido como era. Había gente muy cercana a la que le complicaba el tema y había otros que lo negaban: “Yo nunca lo vi en una cosa así. Al contrario, creo que fueron pareja con la Silvia Urbina”, me decían, cosas así. En el libro se citan las memorias de Luis Corvalán (el secretario general del PC), quien dice que no dejó entrar a un artista porque era mariquita, lo que es bien decidor. No sé si ese artista era Alarcón, pero al PC le jodía el asunto y en ninguna parte era bien visto. Por eso llegué hasta ahí y me quedé en una biografía musical. Además, un año después salió Raro, de Óscar Contardo, quien ahondó bastante en el tema y al que yo mismo le pasé material. Lo hizo muy bien, así que no tenía mucho sentido complementarlo ahora.

¿Por qué la figura de Rolando Alarcón ha sido menos visible que la de otros músicos que en esa época compartían con él? ¿Y qué vigencia tiene en la actualidad?

Bueno, si mueres hace 42 años es cada vez más difícil que la gente te recuerde. Víctor Jara es un caso aparte, es un mito y uno de los emblemas más importantes de Chile. Lo justo sería compararlo con la gente que murió en esa época. Héctor Pavez, por ejemplo, tampoco es tan recordado y no es fácil encontrar sus discos. Ni hablar de otros, como Sofanor Tobar, que es un compositor muy importante en esa época y cuyo nombre ahora no le suena a nadie.

Por otra parte, sus discos son difíciles de encontrar, porque los sacó con su propio sello, Tiempo, que fue una muy buena idea en ese momento, pero nadie retomó luego de su muerte. Creo que nadie sabe dónde están los masters y es una obra perdida.

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Además, hay un descuido, porque hizo como tres discos en sellos grandes. Los primeros los reeditó Alerce en Todo Rolando Alarcón (1998), que es una antología incompleta de su primera época, pero es buena porque están sus canciones más populares. El resto no hay cómo pillarlo, salvo Canciones de la guerra civil española, que está reeditado en todo el mundo -no sé si con o sin permiso- y para los españoles es muy valioso. Los discos desde ahí para adelante, sin embargo, no están. Liberación alguna vez los reeditó cambiando nombres para no tener problemas y fue un aporte, pero es un sello chiquitito.

Sin embargo, pese a todo el tiempo que ha pasado y a lo difícil que es mantener su obra, Alarcón encontró una manera de perdurar. El libro intenta asociar la cara y la vida a las canciones, que han durado más que él. De hecho, están en todas partes. Hay interés por él, aunque su rostro no sea tan familiar. Finalmente trascendió, a pesar de cómo fueron las cosas.

Rolando Alarcón. La canción en la noche se encuentra en La Tienda Nacional (Merced 369), Discomanía (21 de mayo 583, local 894), Acentto (Agua Santa 397, Viña del Mar), Discos Sur y elnatrecultural@gmail.com.

A las 11 de la mañana de próximo 4 de febrero un colectivo de artistas recordará los 42 años de su muerte con un acto en el Cementerio General.